
Paula Jiménez (diario Página 12, Buenos Aires)
* El kurdo es un pueblo negado: unas 40 millones de personas distribuidas en cuatro países, Irán, Irak, Siria y Turquía, que desde la conformación de los Estados luchan por su reconocimiento y existencia. Sus habitantes, a pesar de la persecución permanente, han logrado construir un modo de vida que se asienta en una visión feminista, anarquista y ecologista del mundo. En conversación con Soy, Mehmet Tarhan, activista kurdo y lgbti, cuenta por qué no concibe los dos activismos de manera separada y alienta a enfrentar las opresiones con una respuesta organizada.
Para comprender la situación de la población kurda -repartida entre los cuatro países: Irán, Irak, Siria y Turquía- y particularmente la situación de sus ciudadanos LGBT, es necesario entender que el enemigo común de las luchas de clase, raza, sexualidad y género, es básicamente el mismo patrón liberal y patriarcal -valga la redundancia- en cualquier parte del mundo. Si lo viéramos como un juego de mamushkas seguramente la muñeca más grande representaría en este caso a los kurdos en general, y la persecución se iría afinando de muñeca a muñeca, hasta llegar a la última identidad, representativa, probablemente, de las travestis, quienes soportan como en todas partes las peores condiciones de desprotección. El núcleo de organización social kurda se asienta por sobre todo en la idea de una diversidad real pero, según el activista refugiado Mehmet Tarhan, esto resulta una gran amenaza para el Estado turco, presidido por el absolutista Recep Tayyip Erdogan. Los grupos nacionalistas y conservadores premian en toda Turquía con sus votos la persecución a la población más vulnerable: “Para conquistar votos de nacionalistas -que si no son suficientes se apela al fraude ya denunciado y comprobado-, el gobierno turco empezó a perseguir y encarcelar kurdos, porque cuando atacás kurdos, los turcos apoyan”, explica Mehmet. ¿Esto no nos suena conocido? ¿No son las políticas duras y represivas en Europa y en ciertos países de América, la música de la flauta con la que se levanta la serpiente clasista a la hora de dar sus votos? Aunque estemos lejanos en distancia respecto del pueblo kurdo, todo está sucediendo acá, en este mundo. “A mí me dieron cuatro años de prisión, pero estuve once meses. Soy objetor de conciencia -explica Mehmet-. Es una obligación en Turquía hacer el servicio militar, pero yo no quise ir y declaré. Soy antimilitarista y no quise matar a mis hermanos. Por eso me dieron cuatro años. En Turquía hay un genocidio contra los kurdos”.