Michael Lowy
El
socialista libertario Gustav Landauer [1870-1919], prácticamente desconocido en
Francia, es un personaje singular en el paisaje del pensamiento revolucionario
moderno: muy pocos expresaron como él, con toda su fuerza subversiva, la
dimensión romántica de la revolución.
¿Qué
es el romanticismo? Al contrario de lo que clama la doxa imperante, el
romanticismo no puede reducirse a una escuela literaria del siglo XIX, o a una
reacción tradicionalista contra la Revolución francesa, dos ideas que se
encuentran en un amplísimo número de obras de eminentes especialistas de
historia de la literatura o de historia de las ideas políticas. Se trataría,
antes bien, de un tipo de sensibilidad que impregna todos los ámbitos de la
cultura, una visión del mundo que se extiende desde la segunda mitad del siglo
XVIII hasta nuestros días, un cometa cuyo «núcleo» incandescente es la revuelta
contra la civilización industrial capitalista moderna en nombre de ciertos
valores sociales o culturales del pasado. Nostálgicos de un paraíso perdido
—real o imaginario—, el romanticismo se opone, con la energía melancólica de la
desesperación, al espíritu cuantificador del universo burgués, a la reificación
mercantil, a la mediocridad utilitarista y, sobre todo, al desencantamiento del
mundo. Esta idealización del pasado conduce a menudo a posiciones
tradicionalistas, con-servadoras e incluso reaccionarias; pero este no es
siempre el caso, ni mucho menos. En la historia del romanticismo existe
asimismo una corriente revolucionaria, que no aspira a volver al pasado, sino
en rodear el pasado en dirección a un futuro nuevo. En el romanticismo
revolucionario, al que pertenecen desde Jean-Jacques Rousseau y William Blake a
William Morris y Gustav Landauer, la nostalgia de las épocas precapitalistas
está investida de una esperanza utópica en una sociedad libre e igualitaria [1].









