
Gatos Sindicales
Dicen de los anarquistas que son terroristas, que ponen bombas, que queman el mobiliario de las plazas públicas, que atentan contra los bancos, las multinacionales y los organismos responsables de la deforestación, el calentamiento global y los abusos gubernamentales, en cambio, nosotros jamás hemos conocido a un solo anarquista violento, jamás hemos conocido a un anarquista que no esté dispuesto a luchar por los derechos de los refugiados, que abandone a un amigo en apuros, que no se esfuerce al máximo para cambiar los hábitos perjudiciales para la naturaleza y para los animales que la habitan, inclusive los humanos. Jamás hemos conocido a un anarquista que no cuestione su propia vida y su forma de actuar ante las injusticias para poder exigir en un futuro, alejado de la hipocresía, cambios reales y sustanciales. El potencial del anarquismo radica, entre otras cosas, en la subversión del orden establecido, el anarquismo es capaz de combatir la desidia de la sociedad, colapsando y entorpeciendo el libre transcurso de la rutina asfixiante e inerte que teletransporta a los transeúntes a un mundo apático e insustancial. Los medios de comunicación los acusan de odiar la democracia y el Estado, mienten a medias, los anarquistas aman la democracia y odian al Estado. Los anarquistas no delegan en nadie más que ellos mismos para tomar decisiones vitales que inevitablemente condicionarán su futuro. El empoderamiento personal y la lucha por la libertad es un pilar elemental para cualquier anarquista. Por ese motivo son constantes las discusiones internas, los debates, las asambleas, las fragmentaciones, las alianzas y las disputas. El anarquismo no tiene estructuras políticas jerarquizadas ni dependientes de ningún organismo que represente la autoridad moral o política impuesta a base de doctrinas del shock, leyes restrictivas o operaciones represivas contra centros donde se imparten clases magistrales sobre valores tan básicos como la solidaridad, la cooperación y la ayuda mutua.