Antón Fernández de Rota.
1.Más allá del obrerismo.
Dentro del anarquismo existieron y existen muy diversas
tendencias, muchas veces incluso irreconciliables. Tal es el caso del
liquidador neo-primitivismo (Zerzan, et al) frente al progresismo reformador de
Chomsky o el recientemente fallecido Bookchin, por citar un par de ejemplos.
Hay también vertientes radicalmente individualistas, inspiradas por el
excéntrico Max Stirner, que nunca se refirió a sí mismo como anarquista, pero,
sin duda, si una fue la mayoritaria esa fue el anarco-sindicalismo, una
corriente socialista (libertaria) fundada sobre la (crítica obrera) de la
Economía Política, crítica aunque dentro de ella
El anarcosindicalismo, hoy minoritario en algunos países
(EEUU), mayoritario en otros (España), sigue siendo una fracción muy importante
del movimiento. No cabe duda de que el anarcosindicalismo actual, por mucho que
siga refiriéndose al 1936 y que este acontecimiento continúe siendo central en
la constitución de su identidad, ya no es lo que fue. Muchas cosas han mutado
en su composición con el devenir de los tiempos y el cambio en las
subjetividades. Su discurso obrerista es casi el de siempre, su burocratismo
similar, pero la subjetividad de los sindicatos del siglo XXI ha cambiado. Ya
no es necesario un grupo como fue en su tiempo Mujeres Libres para combatir el
machismo interno, tampoco sería hoy necesario crear un colectivo gay con las
mismas intenciones anti-homófobas. De igual modo, la crítica de la retórica del
progreso, cínica o miope, tiene hoy el terreno allanado en muchas federaciones
locales y el ecologismo rezumba en casi todas ellas, mucho más que en sus
tiempos gloriosos. Sin embargo, la estrategia sindical, el fin de esa estrategia,
la forma de entender la revolución, el discurso economicista, el obrerismo y su
forma burocrática siguen siendo hoy sus santos y señas, marcas de fábrica que
poco ha sido lo que han cambiado. Poco o más bien nada ha mutado la percepción
que se tiene del papel que debería jugar el sindicato en el proceso
revolucionario. La idea sigue siendo crear un sindicato de masas que
progresivamente se vaya haciendo con el poder en el reino económico, hasta que
consiga derribar el estado. Sobra decir, y así nos lo hicieron saber los
planificadores de la sociedad futura en vísperas de la revolución (véase el
Congreso de la CNT de 1936), que en la vieja utopía anarcosindical las
estructuras del sindicato con todo su entramado adyacente (ateneos,
cooperativas de consumo, etc.) deberían ser quienes llevasen las nuevas riendas
sociales, o al menos así debería ser en la situación ideal, esto es, si en el
momento revolucionario el sindicato es omnipotente y no necesita pactar con
otras fracciones revolucionarias.