El
cadáver llegó a Barcelona tarde por la noche. Había llovido todo el día, y los coches que escoltaban el
féretro estaban llenos de barro.
La bandera rojinegra que cubría el coche fúnebre estaba sucia. En la casa de los anarquistas, que antes de
la revolución había sido la
sede de la Cámara de Industria y Comercio, los preparativos ya habían comenzado el día anterior. El
vestíbulo había sido transformado
en capilla ardiente. Como por milagro, todo se había hecho a tiempo. La ornamentación era simple,
sin pompa ni detalles artísticos.
De las paredes colgaban paños rojos y negros, un baldaquín del mismo color, algunos candelabros,
flores y coronas: eso era todo. Sobre las dos puertas laterales, por
donde debía pasar la multitud
en duelo, se habían colocado, a la usanza española, grandes letreros donde se
leía: “Durruti os dice que
entréis” y “Durruti os
dice que salgáis”.
Murió, como todos los héroes, demasiado joven. Y, pese a llevarla en el nombre, tuvo de todo menos buenaventura. El director de cine leonés Gonzalo Mateos va a rescatar la historia del legendario anarquista Durruti. Gracias a 267 mecenas lleva recaudados 9.180 euros. El documental Durruti: hijo del pueblo intenta reconstruir la vida de uno de los personajes más destacados de la Guerra Civil cuya biografía y trayectoria han sido silenciadas cuando no manipuladas. Eso fue lo primero que llamó la atención de Gonzalo Mateos.
El anarquismo en España se
inicia con fuerte influencia de Mikhail Bakunin, desde que el italiano Giuseppe
Fanelli estuvo allá, en 1868, para divulgar las propuestas del ala
antiautoritaria de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT).[16] La
pasión destructiva podría ser atribuida a esa procedencia, mas nuevamente no se
trata de conferir causas a efectos posteriores. Otro trazo relevante que coloca
la experiencia española fuera de una racionalidad estatal es su desprecio por los
registros sistemáticos de los hechos y las acciones, en contramano de la cultura
estatal, que tiene predilección por los registros oficiales y por la
compilación de documentos. Como ya se ha dicho respecto al corto verano de los
anarquistas, esa no fue una preocupación, como anota Orwell al final de su
relato: “nunca será posible hacer un relato completamente cierto e imparcial de
los combates de Barcelona, porque no existen los registros. Los historiadores futuros
no tendrán nada en qué basarse, salvo que se trate de un gran volumen de
acusaciones y propaganda partidaria. Yo mismo poseo pocos datos además de lo
que vi con mis propios ojos y de lo que supe por intermedio deotros testimonios
oculares que considero dignos de crédito”[17]. Aun así, hay momentos que pueden
ser vistos como pequeños acontecimientos capaces de resumir esa forma de ver el
mundo. Entre los episodios en torno de la figura de Durruti y sus actitudes,
tanto en relación a los enemigos, como en relación a sus compañeros, se muestra
eso.
Anarchy Comics fue una serie de cómics clandestinos publicados por Last Gasp entre 1978 y 1987, como parte de la subcultura underground de la época. Cada edición de los tebeos de la anarquía exhibió un molde internacional de los artistas que identificaron como anarquistas, o socialistas no-sectarios. Un ejemplo de esto es España Rodríguez, un marxista, que fue considerado de “suficiente inclinación libertaria” para ser incluido. Colaboradores como Rodríguez, Gilbert Shelton, Jay Kinney y Paul Mavrides fueron distintos por “agregar nuevas dimensiones al cómic político” en la prensa clandestina de los años setenta y ochenta.
La Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, celebra comunicar la apertura de su local en la calle Peñuelas 41 de Madrid, el 18 de noviembre de 2016 a las 19:00 horas, después de haber llevado a cabo un intenso proceso de rehabilitación en sus dependencias, quedando así configurado para cumplir tanto las funciones propias, como las asignadas por la CNT desde el momento en que creó la Fundación:
- Biblioteca
- Librería y editorial
- Salón y actos culturales
- Memoria histórica
- Atención a investigadores y estudiosos del movimiento libertario
- Archivo y oficinas
Este film se grabó durante los meses de febrero y marzo de 1999 en La Cúpula, sala de ensayos de Els Joglars en Pruit. El documental refleja el sistema de trabajo de la compañía a través del proceso de creación seguido para recrear el personaje de Durruti y las circunstancias históricas que le rodearon y de las que fue protagonista.
Dirigido por el cineasta francés Jean Louis Comolli autor de seis películas de ficción y una veintena de documentales.
Recorriendo la vida y muertes de Buenaventura Durruti, anarquista, el film se presentó en el Festival Internacional de Cine de Valladolid, fuera de concurso, dentro de la sección Tiempo de historia.
Roja y negra es la
bandera de la CNT. Rojo y negro es el mito de Durruti. Un hombre con una vida
apasionada que murió prematuramente, con 40 años cumplidos, en un episodio
lleno de misterio. No queda rastro de la casa en la que vio la luz, con un
sonoro llanto vital, el líder anarquista aquel 14 de julio de 1896.
El rollo de Santa Ana
desapareció bajo la piqueta en los años 80 y, entre los escombros, la humilde
vivienda de Santiago Durruti y Anastasia Domínguez, el padre de origen
vasco-francés y la madre de ascendencia catalana. Le bautizaron José por gusto
y Buenaventura porque era el santo del día. Una costumbre de la madre.
Pepe, así le llaman en
la familia, era el segundo de los ocho retoños del matrimonio: Santiago, Pepe,
Rosa, Castorio Vicente, Pedro Catero, Benedicto, Pedro Marciano y Manuel. El
padre era curtidor y participó junto a su hermano Ignacio en la huelga que este
gremio protagonizó en 1903 en León para reivindicar la jornada de 10 horas.
El abuelo Lorenzo, que
abrió una cantina en la calle Renueva tras llegar de Aiherre (Laburdi),
Francia, en los años 60 del siglo XIX, prófugo de las tropas de Napoleón III,
tuvo que cerrar el establecimiento por la solidaridad que mostró con los
huelguistas. Y también se hizo curtidor. Tiempos difíciles y violentos. «La
gente se piensa que la jornada de ocho horas, las pensiones y todo lo demás
vino de bobilis-bobilis…», reflexiona José Buenaventura Durruti, un célebre
ferroviario que dedica su jubilación a cuidar las máquinas y la historia de los
caminos de hierro, y que es sobrino del mito revolucionario.
La huelga dejó a la
familia tocada económicamente y los chicos pasaron de la escuela de la calle
Misericordia a las aulas, más humildes, que regentaba el maestro Ricardo Fanjul
en la calle El Cid. Muy cerca de allí, en el asilo de ancianos que estaba en la
actual audiencia, dio Durruti su primer mitin. O por lo menos una soflama.
Pepe se sintió muy
impresionado por las condiciones de vida de aquellos hombres que recogían
colillas del suelo para fumar, tal y como relató su hermano Santiago a Julio
Llamazares. Durruti se puso a trabajar en una una huerta de Santa Ana y vendió
los melones con los que le pagaron (y alguno más que apartó con un amigo) para
comprarles tabaco.
Les llevó las
cajetillas y en presencia del maestro cuentan que proclamó: «Lo más triste de
un hombre es trabajar toda la vida y llegar a viejo sin recursos y tener que ir
a un asilo de mendicidad para vivir malamente. Yo, como soy chico, pido a mis
maestros que me eduquen como mejor sepan para poder ser útil a los
trabajadores» (Ceranda. 1979). La entrevista es recogida en el libro Los
Durruti. Apuntes sobre una familia de vanguardia de José Antonio Martínez
Reñones (Lobo Sapiens).
Una de las figuras
clave del anarquismo en España y a nivel internacional y uno de los principales
protagonistas de la revolución obrera y campesina en Cataluña y Aragón
posterior al golpe militar del 18 de julio de 1936, el carismático miliciano
que se lanzó con la columna Durruti al frente de Aragón y fue llamado para
impedir la caída de Madrid, se vio un rebelde desde crío.
Iba a la catequesis con
los franciscanos, pero no quiso comulgar y a un fraile le dio con su tirador.
Dicen que era despierto y travieso y que cayó en gracia al obispo Gómez de
Salazar. Cierto día, el obispo, que visitaba a los enfermos con un carro, se
paró frente a un puesto de huevos donde estaban Buenaventura y su hermano
Santiago con otros chavales. Andaban descalzos y el prelado les llevó a un
comercio de la plaza Mayor para comprarles unos zapatatos. «Pero cuando
estábamos en el comercio mi hermano le preguntó: «Oiga, señor obispo, ¿usted es
comunista?», relató Santiago.
La curiosidad tenía su
explicación. La mujer de Santiago Eguiagaray —apellido con el que están
emparentados los Durruti y que también viene del País Vasco francés a León—uno
de los patrones de los talleres de curtidos, había prometido a los chavales que
les daría unas peras de las que se caían al suelo si llamaban comunista al
obispo.
«¡Tacaña!», habría
replicado Buenaventura. «Por lo menos, dénoslas del árbol». Gómez de Salazar
quiso salir por la tangente y dijo que no sabía qué es ser comunista; pero
Durruti insistió: «Mira, muchacho, si ayudar a los pobres es ser comunista
entonces aquí tienes a un obispo comunista».
A los 14 años, empezó a
trabajar en el taller de Melchor Martínez. Allí se inició en la mecánica y en
el socialismo. Su hermana Rosa contaba que «venía con un real a casa y decía:
«Madre, mire lo que la traigo; mientras ellos se enriquecen mire usted lo que
la traigo», relata Wenceslao Álvarez Oblanca en la Historia del anarquismo
leonés.
Ingresó en la Unión de
Metalúrgicos de la UGT y en 1913 trabajó en las obras del lavadero de la
compañía Anglo-Hispana de Matallana de Torío como operario de los talleres
mecánicos de Antonio Mijé. Allí fue testigo de una huelga de mineros por el
trato de uno de los ingenieros y mandó parar a los mecánicos para no perjudicar
el paro obrero.
A los 20 años, en 1916,
ingresó en el Depósito de Máquinas del ferrocarril e cuando su hermano Santiago
fue llamado al servicio militar. Poco le duró aquel empleo fue despedido tras
la huelga de 1917. Hubo 200 detenidos en toda la provincia y de los mil
ferroviarios que se presentaron a trabajar tras terminar la huelga, sólo fueron
admitidos 600.
A partir de este
momento su vida es un peregrinaje, de país en país y de cárcel en cárcel. José
Buenaventura Durruti se estrenó como presidiario en León. «Estuvo quince días
en la cárcel vieja, de donde salió al interceder su padre ante Fernando Merino
Villarino», el conde consorte de Sagasta y el más influyente de los caciques
leoneses.
Marchó a Asturias y al
poco tiempo a Francia para no hacer el servicio militar. Regresó en 1919 y se
afilió a la CNT estando empleado como mecánico en La Felguera. Uno de sus
contactos fue El Toto, Gregorio Martínez Garmón, de Santa María del Páramo, que
le informó de los progresos del sindicato en la provincia con Laurentino
Tejerina a la cabeza, mientras otro leonés, Ángel Pestaña, impulsaba su
expansión en Barcelona.
«Un obrero de cada dos
estaba afiliado a la Confederación», señala Abel Paz, autor de Durruti en la
revolución española. Quizá por eso no es tan extraño que ahora aparezca el
carné cenetista de Paco Martínez Soria, el actor y empresario que prosperó
durante la época franquista.
Durruti vuelve a su
tierra a apoyar las huelgas mineras en La Robla y, camino de Ponferrada, donde
le habían encargado hacer un sabotaje es detenido por la Guardia Civil.
Descubren su deserción y le someten a un consejo de guerra en San Sebastián.
Logra fugarse y huir de nuevo a Francia. En 1921 se encuentra con Ascaso —uno
de los dirigentes más célebres del movimiento anarcosindicalista junto con
Federica Montseny, Durruti y Juan García Oliver— en Zaragoza.
Durruti ya forma parte
de Los Solidarios —luego los Justicieros— grupo al que se atribuye el asesinato
de Fernando González Regueral en León, en la calle Cervantes, en 1923. «Mi tío
no tuvo arte ni parte, estaba en la prisión de San Sebastián y luego le
trasladaron al hospital militar de Burgos porque tenía una hernia», asegura su
sobrino Manuel Durruti Cubría.
«Dicen que nosotros
matamos a Regueral y a Regueral le mató su actuación como gobernador civil de
Bilbao», proclamó en León años después durante el mitin que dio en el campo del
Petardo en 1931 de León (actual plaza La Inmaculada) cuando vino al entierro de
su padre.
La fama hizo que
Buenaventura Durruti cargara con muchos sucesos a sus espaldas. Unas veces como
«autor intelectual» y otras como material. O ambas cosas, como el asalto al
Banco de España en Gijón el 1 de septiembre de 1923 en el que fue tiroteado el
director Luis Azcárate Álvarez. Dicen que Durruti «era el hombre de la voz
ronca» que se abalanzó sobre uno de los asaltantes al grito de ‘canalla’.
El juez miliar de
Oviedo dijo que tenía una cicatriz de bala en la mano derecha, pero no se pudo
«demostrar fehacientemente que Buenaventura Durruti hubiera participado en el
atraco», aprecia Reñones. Sin embargo, se exilió desde entonces hasta 1931,
cuando la II República declara la amnistía.
Argentina, México,
París, Bruselas, Berlín… Son algunos de los países y ciudades en los que reside
Durruti. En 1926 es detenido en Francia y encarcelado. Sus cartas dejan
constancia de las ideas que le mueven: «Las Navidades son tan solo para los
ricos, que la celebran con el sudor del trabajador (…) Las juergas de los ricos
son hijas de las miserias de los pobres. Pero pronto esto terminará. La
revolución pondrá fin a este desorden social», escribe a su familia, hablando a
su hermano Clateo (sic), desde la cárcel de París a su familia en León.
En el exilio conoce y
se enamora de Èmmiliene Morin., Mimi. Su compañera y la madre de su única hija,
Colette que aún vive en la Bretaña francesa. La niña nació en 1931 en
Barcelona, poco antes de la muerte del padre. Tras una visita, Rosa confesó su
angustia por las condiciones en que vivían: «Un par de sillas, una mesa y una
cama sin colchón, sobre cuyo somier se extiende una manta que sirve para dormir
mi cuñada, embarazada…». No quiso dinero ni para un colchón, le dijo tras
anunciarle que tendrían un hijo hermoso: «¿Qué podía hacer yo? Mi hermano será
siempre un incurable optimista».
Durruti estaba en una
lista negra y no encontraba trabajo, así que su compañera se empleó de
acomodadora en un cine. Y él se ocupaba de la casa. Barría, cocinaba y cambiaba
los pañales a su hija con la misma facilidad que cogúa el fusil.
La imagen de Durruti en
delantal simboliza para los jóvenes anarquistas de hoy, y también para su
familia y quienes le han estudiado, la figura del «hombre nuevo». «Vivió
adelnatado a su tiempo», sentencian sus sobrinos.
Y era extremadamente
honesto. «Una vez mi madre fue a verle a Barcelona y en una zona de viñedos se
puso a coger racimos de uva. Mi tío le llamó la atenciín y le recordó que esos frutos
pertenecían al sudor de quien cultivaba la tierra», comenta Manuel Durruti.
«Respetaba la propiedad», recalca. Algo que no firmarían los terratenientes que
eran expropiados en la España revolucionaria.
«¿Cómo van a salir mis
hijos si mi padre era igual?», solía decir Anastasia, según cuenta de su abuela
José Buenaventura Durruti, el sobrino ferroviario, a quien bautizaron con el
mismo nombre porque nació 1 año, 1 mes y 1 día después de que Durruti muriera
en el Clínico de Madrid tras recibir un disparo el 19 de noviembre de 1936
cuando subía al coche.
A Manuel Durruti Cubría
le pusieron el nombre de otro tío que fue abatido en 1934 en el puente de San
Marcos y murió posteriormente en el hospital. Otro hijo de Anastasia y
Santiago, Pedro Marciano, que sufrió cárcel en Madrid con José Antonio por
falangista fue fusilado en el monte de El Ferral en 1937 por los fascistas.
Bonifacio Durruti, un primo que era maestro, también fue pasado tras el golpe
militar.
Sangre Caliente
«Desde mi más tierna
edad lo primero que vi a mi alrededor fue el sufrimiento, no sólo de nuestra
familia, sino también de la de nuestros vecinos. Por intuición, yo ya era un
rebelde. Creo que entonces se decidió mi destino», escribió a la familia el 31
de octubre de 1931. Era la respuesta a otra misiva de su hermano Perico —Pedro
Marciano, que era falangista— quien le pedía que abandonara la vida que llevaba
en Barcelona.
«Los Durruti son gente
de sangre caliente, con una idea utópica de la sociedad, una familia
apasionante», afirma José Antonio Martínez Reñones. Pero la figura de
Buenaventura Durruti, añade, requiere una «historia grande y más neutral» que
aún no se ha acometido pese a las decenas de libros y artículos que ha
inspirado el personaje y el hombre.
Tampoco hay apenas
rastro de la figura del leonés más universal en su patria chica. Una calle en
Trobajo del Camino y una escultura de Diego Segura en la plaza de Santa Ana,
promovida por la CGT, son la única memoria pública de uno de los personajes más
controvertidos del siglo XX.
A su familia no le
preocupa los nombres ni los monumentos. «Sólo me importa que se le recuerde
como un hombre honesto, adelantado a su tiempo y desprendido, que dio hasta su
vida», afirma su sobrino Buenaventura Durruti.
«Las calles no me
importan, pero es lamentable que la Universidad de León no haya aprovechado
para crear una cátedra del anarquismo a nivel mundial», afirma otro sobrino de
la singular saga. Manuel Durruti Cubría, bioquímico de formación y botánico por
pasión y conocimientos.
La CNT de León también
se opone a los símbolos para recordar al mito. Están seguros, dicen, de que «él
no lo hubiera aprobado» aunque su imagen se multiplica en el local de la
organización en la calle Fruela II y el 120 aniversario de su nacimiento va a
servir como telón de fondo de la presentación del Grupo de Investigación y
Memoria Viva de la CNT en León, con la proyección de un documental sobre su
figura el día de su cumpleaños, 14 de julio. El 20 harán una comida fraternal
en La Candamia. Para ellos es el «compañero universalmente conocido», «un
ejemplo de coherencia», el paradigma de «hombre nuevo», adelantado a su tiempo,
y «no sólo un hombre de acción» que nunca se olvidó de su tierra natal.
«Pepe, siempre que
podía, venía por casa a ver los padres. Venía con frecuencia pero estaba poco,
un día o dos, y aprovechaba para arreglarse un poco, porque venía con la
chaqueta toda rota. Mi hermano Catero le decía: «Oye, eres un gandul, siempre
vienes igual» Y les miraba con una risa… Andar, que vosotros habéis cobrado la
´grati´, comprarme una chaqueta», contaba su hermana Rosa.
Era un hombre jovial y
disfrutó de los buenos momentos con alegría, como se ve en las numerosas fotos
que guardan memoria de su vida. Incluso cuando estuvo deportado en Canarias
aprovechó para hacer deporte. «Cuando estaba en casa se sentaba ahí y cantaba a
mis hermanos, a los pequeños, a Manolín y a Pedro. Si decía mi madre: ¡pero
este hombre está tonto, hasta cantares saca de su organización!», es otro de
los testimonios de Rosa,
«Es el leonés más
universalmente conocido», recalca su sobrino. Todos están convencidos de que a
Durruti «le mataron», no fue un accidente. Y sospechan de Manzana, un sargento
que tenía como lugarteniente y de cuyo fusil salió el disparo que le rozó el
corazón, tenía algo importante que ocultar para perderse en el exilio en México
tras la guerra civil.
«No era un doctrinario,
era un ‘condottiero’, un tipo atrevido y valiente. También se le podía
encontrar como una encarnación del guerrillero español». escribió Pío Baroja,
quien le conoció personalmente.
La familia nunca olvidó
al hombre. La madre solía decir que «cada tantos años nace un revolucionario y
éste ha sido mi hijo». Después de la guerra fue a Barcelona con una vecina a
visitar la tumba de su hijo en el cementerio de Monjuic: «¿Podríais decirme
donde están las tumbas de los revoltosos, uno que dicen Ascaso y otro Durruti?»
Cuando volvió a casa le dijo a su hija: ¿Sabes, Rosa? Están llenas de flores».
Entrevista hecha por el
periodista Van Passen al compañero Buenaventura Durruti en Barcelona el 24 de
julio de 1936 en donde, con gran lucidez y firmeza, deja bien claro el ideal
libertario. Entrevista que aun hoy se mantiene vigente y es muy importante
escucharla con detenimiento y análisis por las mujeres y hombres que elegimos
este largo camino. ¡Salud y anarquía!
Coincidiendo con los 120 años del nacimiento de Buenaventura Durruti y los 80 años de la Revolución Española, ya estamos distribuyendo el título nº 58 de la colección Utopía libertaria Durruti en el laberinto de Miquel Amorós. Se trata de una nueva edición de la original de 2006, revisada y ampliada por el autor entre 2009 y enero de 2016. En breve estará disponible el correspondiente pdf de descarga libre en nuestra renovada página web.
Desde una celda de la cárcel Modelo de Valencia,donde se hallaba Durruti, escribía esta carta que diríamos, se encontraba en plena lucha contra los Comités de la CNT, por lo que se nos revela, no el Durruti “disciplinado” que nos describe siempre Manuel Buenacasa, sino el militante consecuente que no oculta su pensamiento “por responsabilidad orgánica”, formula tras la que muchos militantes silenciaban su critica Ninguno de los escritos de Durruti refleja mejor que el presente su estado critico y, a la vez, su afirmación revolucionaria anarquista.
En toda la carta trasciende ese orgullo que él quisiera retransmitir a los otros para mantener con valor la grandeza de la CNT por el papel revolucionario a la que estaba llamada.
La carta en cuestión lleva fecha del 11 de setiembre de 1935 y va dirigida a José Mira en respuesta a una de éste. Dicha carta dice así:
[Texto tomado del libro Bitácora
de la Utopía, UCV, Caracas, 2001.]
Condensar en pocas líneas la
biografía de quien fue expresión cabal de la rebeldía y la utopía anarquista es
tarea complicada pero necesaria, porque el testimonio de libertad en lucha que
fue la vida de Buenaventura Durruti debe divulgarse ayer, ahora y siempre.
Nació segundo de 8 hermanos el 14 de julio de 1896 en León, capital de la
provincia española del mismo nombre. Se inicia de adolescente en la misma senda
de su padre, obrero afiliado al sindicato socialista UGT. Como miembro de su
sección ferroviaria, participa con ardor en la huelga general revolucionaria de
agosto de 1917, impulsada en conjunto con la Confederación Nacional del Trabajo
(CNT, anarcosindicalista); eso le costó la expulsión de la UGT por radical, la
persecución policial y la huida a Francia, donde se relaciona con exilados
anarquistas, afiliándose a la CNT de Asturias al retornar a España en enero de
1919.
Se une a la pelea frontal contra
la agresiva patronal de las minas asturianas y cae preso por primera vez en
marzo de 1919; se fuga y en diciembre está en San Sebastián, ciudad industrial
del país vasco, trabajando como metalúrgico. La burguesía impulsaba entonces
una ola de asesinatos de sindicalistas y Durruti se integra a un grupo de
autodefensa - Los Justicieros - que en represalia planea un golpe sensacional:
atentar contra el rey Alfonso XIII que visitaría la ciudad en agosto de 1920,
pero son descubiertos y deben escapar. Durruti prosigue en la labor ilegal más
arriesgada por toda la península; así conoce a Francisco Ascaso, quien sería
fraterno amigo y camarada. En agosto de 1922 van a Barcelona y con gente afín
fundan el grupo Crisol, que luego tomará un nombre que se hará celebre en la
historia libertaria: Los Solidarios. El grupo reunió a lo más valioso del
proletariado catalán golpeando a la reacción donde le dolía, hasta que la
crisis política hispana trajo la dictadura del general Primo de Rivera,
instaurada en septiembre de 1923 con pleno apoyo del rey. De Los Solidarios
nunca se resaltará bastante la valiente defensa que hicieron de la CNT en hora
tan desesperada, cuando cientos de militantes cayeron y sólo pudo sobrevivir y
recuperarse por sus nexos profundos con los trabajadores, pero el costo para
ese colectivo combatiente y decidido fue alto: casi todos Los Solidarios
murieron o purgaron largas condenas, mientras que Durruti y Ascaso tuvieron que
refugiarse en París.
El fracaso de los planes
insurreccionales cocinados en el exilio les impulsa a viajar a Latinoamérica en
diciembre de 1924, acompañados por Gregorio Jover, en procura de fondos para el
proscrito y agobiado anarcosindicalismo ibérico. Siguieron 15 meses de andanzas
increíbles con acciones de guerrilla urbana para agenciarse recursos inéditas
por estos lares, persecuciones y fugas escalofriantes, la ayuda solidaria de un
sinfín de compañeros, las burladas furias policiales, la frugal supervivencia
como asalariados en los momentos de calma, el trabajo sindical de base
desarrollado en varios países y, por supuesto, la creciente leyenda en torno a
la figura de aquellos hombres. En abril de 1926 regresan a Europa y les seduce
una idea espectacular: secuestrar al monarca y al dictador españoles cuando
visiten París el 14 de julio; antes de eso la policía los captura y, luego de
un agitado proceso, son expulsados de Francia en julio de 1927, prosiguiendo
como militantes semi-clandestinos en el exterior hasta la caída de Primo de
Rivera y la proclamación de la República en abril de 1931.
La vuelta a Barcelona es de
efervescente actividad para Durruti, ahora con su compañera Emilienne
embarazada de Colette, que nacerá en diciembre de 1931. Se integra a la
Federación Anarquista Ibérica- FAI,
organización específica anarquista creada secretamente en julio de 1927 - y con
militantes allegados forma el grupo Nosotros, animadores en la CNT de una
tendencia radical que no se hacía ilusiones tácticas con el recién proclamado
régimen político, pues afirmaban que el momento era para seguir avanzando. El
enfrentamiento interno en la Confederación fue agriándose hasta la escisión,
mientras arreciaba la represión y las provocaciones gubernamentales contra esos
sencillos obreros - cuando no estaban presos, Durruti y Ascaso laboraban como
mecánicos en una empresa mediana de Barcelona - que eran vistos por los
bienpensantes de toda laya como el aterrador puño de la Revolución Social. La
histeria represiva cayó sobre Durruti y otros anarquistas en enero de 1932,
deportándolos a Canarias y al Sahara “español”. La presión popular los liberó
en septiembre, pero Durruti fue arrestado de inmediato por dos meses más.
Aún encarcelando a sus supuestos
“líderes”, las posiciones más ofensivas crecían en el seno de la CNT y del
proletariado, lo que llevó al fallido intento insurreccional anarquista de
enero de 1933, tras el cual Durruti debe ocultarse hasta caer preso a fines de
marzo. En julio ya está en la calle, con la CNT y la FAI encarando las
variaciones de la escena política, pues la derecha se aprestaba a asumir las
riendas del gobierno ante el fiasco de republicanos y socialistas, lo que ocurre
tras los comicios de noviembre. En diciembre hay otra tentativa fracasada de
huelga general insurreccional; Durruti y cientos de anarquistas van a los
calabozos, pero una amnistía les permitió salir en mayo de 1934, a tiempo para
que Durruti tenga papel decisivo en el traslado por carretera de 13.000 hijos
de huelguistas aragoneses a Barcelona, para acogerse a la solidaridad de las
familias obreras.
En octubre del 34 es la
insurrección de Asturias, 14 días de heroica y desigual batalla de los trabajadores
unidos contra el ejército, mientras que la represión y la indecisa conducta de
la UGT y otros sectores dejaron a los anarquistas aislados en su afán de
extender la flama revolucionaria. De nuevo Durruti pasa por el vaivén de meses
de cárcel alternando con semanas de febril militancia pública, hasta que el
triunfo electoral del Frente Popular en febrero de 1936, con el crucial voto de
muchos afiliados de la CNT (que esta vez no hizo campaña notoria por la
abstención), marcó otro vuelco a la situación. En medio de un explosivo clima
político-social, se reúne en Zaragoza el IV Congreso de la CNT del 1 al 15 de
mayo, donde parte esencial de los debates y el ambiente de pletórico fervor
anarquista que allí se vivió fue el grupo Nosotros, entregado en esos días a
prepararse junto a los trabajadores para el tremendo reto que se aproximaba.
Derechas e izquierdas iban al choque inevitable, iniciado más temprano que
tarde con el alzamiento militar del 19 de julio de 1936.
La CNT y la FAI enfrentaron con
coraje, organización y movilización de masas la superioridad fascista en armas
y recursos; su contribución fue decisiva para resistir el zarpazo en toda la
península y casi a solas derrotaron a los alzados en Cataluña, con Durruti como
una de las figuras más arrojadas de esta victoria popular y sufriendo la
dolorosa baja de Francisco Ascaso. El 24 de julio, desde una Barcelona donde el
comunismo libertario empezaba a ser una realidad, Durruti partió con una
columna armada a Zaragoza, ocupada por los golpistas. Luego de duros combates
aquella milicia igualitaria, sin oficiales ni demás tramoya castrense, avanzó y
estabilizó el frente de Aragón contra tropas regulares mejor equipadas, aun
cuando no pudieron recuperar la ciudad. Paralelamente, las fuerzas anarquistas apoyaron
la transformación social que significo el establecimiento de las colectividades
agrarias aragonesas, para escándalo de comunistas, socialistas y demás acólitos
del credo según el cual no se podía ganar la guerra si al mismo tiempo se hacía
la Revolución. En su persona, Durruti encarnaba lo que eran los sentimientos y
metas de los trabajadores en armas, siendo un peculiar “jefe” cuyo privilegio
principal era combatir en primera fila, con la única jerarquía de la estima con
que lo distinguían sus iguales.
Esa vida radiante y corajuda -
“El Corto Verano de la Anarquía” la llamó su cronista Enzensberger - terminaría
en noviembre de ese mismo año. El día 15, Durruti llegó a reforzar la defensa
de Madrid con una columna de 1800 hombres, de inmediato van a lo más duro del
combate y el 19lo alcanza una bala,
cuando transitaba en área supuestamente segura. Murió en la madrugada del 20,
siendo sepultado 2 días después en el cementerio de Montjuich en Barcelona,
acompañado del duelo más multitudinario visto en la urbe. Como con Zamora, el
Che o Zapata, su muerte tiene estigmas de traición y el principal sospechoso,
el PCE stalinista, desatará pocos meses más tarde una brutal persecución contra
anarquistas y demás radicales que no sólo liquidó la Revolución Social
amenazante, sino que fue el comienzo del fin de la propia República que decían
salvaguardar.
40 años de existencia intensa
tuvo este hombre que luchó por sus ideales sin treguas ni fanatismos; que nunca
dejó de vivir de su trabajo; que actuaba tanto como leía y pensaba; que amó,
soñó y tuvo amigos entrañables. En fin, Buenaventura Durruti fue lo que fue, y
también lo que de mejor queda en nosotros cuando compartimos su trayectoria
luminosa.