Orlando Esquizo
“Tu trabajo no te satisface, simplemente está impuesto por la Sociedad, sólo es una carga, un deber, una tarea. Recíprocamente, tu Sociedad no te satisface porque no te suministra más que trabajo. El trabajo debería satisfacerte en cuanto hombre, pero, por el contrario sólo satisface a la Sociedad; la Sociedad debería emplearte como Hombre, pero no te emplea sino como un trabajador indigente o un indigente trabajador.”
Max Stirner
El ocioso es un fugitivo y revoltoso histórico, en su rechazo al trabajo se encuentra su revuelta, es la piedra en el zapato de los estados disciplinarios y del orden burgués, no por su fracaso para la sociedad capitalista, sino porque es portador del ocio, el que al igual que la soledad son elementos prohibidos. Resulta inaceptable para el orden social que existan ociosos en un mundo donde la obligación al trabajo no es sólo un asunto económico, sino también cuestión ética y moral. Esa tortura que es el trabajo se presenta no como una obligación -aunque obviamente lo es-, sino mucho más como valor simbólico. Dirán que “el trabajo dignifica”, o inclusive será correctivo o terapéutico para el delincuente, para el miserable y por supuesto, para el ocioso; esto no será mera casualidad. Si revisamos la historia pasada entenderemos el acercamiento del ocio (incluyendo cualquier tipo de rechazo al trabajo) a la patología y enfermedad. El ocio como una forma de fuga no fue entendido como una conducta política (a veces fue pecado para la religión), pero fue sometido mucho más desde el discurso médico-psiquiátrico. El ocio, por ser un peligro para el capitalismo, se objetivará como una enfermedad, a la vez, con su respectiva cura: el trabajo.



















