Lukas Stella
El cambio no se puede pensar en término de
recetas, de direcciones y restricciones, de rentabilidades obligatorias, de
explotaciones y ganancias, de campañas político-publicitarias, de mayoridad ficticia,
de manipulaciones y condicionamientos, de competencias de negocios mafiosos, de
estafas y especulaciones, de guerras y victorias aplastantes… se trata
solamente de pensar en los que uno ama o con quienes le gustaría encontrarse, a
lo que deseamos de mejor para ellos y también para nosotros. Es en las
voluntades de vivir juntos sin barreras, que empieza el cambio en el mundo de
la gratuidad, en donde las potencias financieras y sus sirvientes ignoran todo.
La idea de hacer de otra forma las cosas no es
lejana, porque la construcción de nuestra realidad actual limita nuestras
posibilidades. Nuestra aptitud en cambiar viene en gran medida de nuestra
capacidad en poner al día los recursos escondidos detrás de las discapacidades
o las resistencias que solo son visibles. Se trata de extraer de nuestras
inhibiciones y de nuestros defectos, nuestras reservas de sueño, reconociendo y
usando sus funciones útiles. Para tener el deseo de cambiar y tomar placer en
ello, sintiéndose capaz, es necesario entender que sí tenemos el potencial. Si
uno busca los límites de los otros, uno se limita a si-mismo, pero buscando los
recursos que tenemos, a uno se los devuelve. Esta es una manera eficaz e
inventiva de autogestionarnos.
Nuestras capacidades sensoriales enriquecen nuestros
recursos. El desarrollo de nuestra agudeza sensorial depende de nuestra
capacidad en discernir y aprehender las diferencias. Sin usar todas nuestras
capacidades sensoriales, disminuimos nuestro campo de conocimiento, y limitamos
nuestras posibilidades de acción.
Todo pasa como si hubiéramos olvidado la
extensión sorprendente de nuestros recursos humanos, perdiendo confianza en la
fuerza de nuestra naturaleza, de la cual, la esencia es un cambio permanente.
La explotación del hombre por el hombre es una
guerra devastadora, y no puede ser abolida sin el adelanto de la lucha del
hombre consigo mismo, entre las fuerzas del inconciente y las del conciente. Cambiando
de perspectiva, el inconciente no es más nuestro adversario sino un tesoro,
estanque inagotable con el cual uno coopera en el curso poético de la vida así
recompuesta. Nuestra inteligencia inconciente de nuevo accesible, nuestras
inciertas intuiciones pueden inventar las incredulidades necesarias al cambio
vuelto inevitable.