Raoul Vaneigem
Cuestionar el peligro del coronavirus es claramente absurdo. Por otra parte, ¿no es igual de absurdo que una perturbación del curso habitual de las enfermedades sea objeto de tal explotación emocional y despierte la arrogante incompetencia que una vez barrió la nube de Chernóbil de Francia? Por supuesto, sabemos con qué facilidad el espectro del apocalipsis sale de su caja para apoderarse del primer cataclismo que se produce, para retocar el imaginario del diluvio universal y para hundir la reja de la culpabilidad en el suelo estéril de Sodoma y Gomorra.
La maldición divina apoya útilmente al poder. Al menos hasta el terremoto de Lisboa de 1755, cuando el Marqués de Pombal, amigo de Voltaire, aprovechó el terremoto para masacrar a los jesuitas, reconstruir la ciudad según sus designios y liquidar alegremente a sus rivales políticos con juicios “proto-estalinistas”. No insultaremos a Pombal, por más odioso que sea, comparando su golpe dictatorial con las miserables medidas que el totalitarismo democrático aplica en todo el mundo por la epidemia de coronavirus.
Cuestionar el peligro del coronavirus es claramente absurdo. Por otra parte, ¿no es igual de absurdo que una perturbación del curso habitual de las enfermedades sea objeto de tal explotación emocional y despierte la arrogante incompetencia que una vez barrió la nube de Chernóbil de Francia? Por supuesto, sabemos con qué facilidad el espectro del apocalipsis sale de su caja para apoderarse del primer cataclismo que se produce, para retocar el imaginario del diluvio universal y para hundir la reja de la culpabilidad en el suelo estéril de Sodoma y Gomorra.
La maldición divina apoya útilmente al poder. Al menos hasta el terremoto de Lisboa de 1755, cuando el Marqués de Pombal, amigo de Voltaire, aprovechó el terremoto para masacrar a los jesuitas, reconstruir la ciudad según sus designios y liquidar alegremente a sus rivales políticos con juicios “proto-estalinistas”. No insultaremos a Pombal, por más odioso que sea, comparando su golpe dictatorial con las miserables medidas que el totalitarismo democrático aplica en todo el mundo por la epidemia de coronavirus.


