Por Pedro Santander Molina (Chile)
Hace cientos de años que en la humanidad se desarrolla una lucha por el control de la comunicación social. Diferentes actores compiten en distintos momentos y usando diversos medios por emitir discursos y ojalá a gran escala, para que sus planteamientos sean escuchados y atendidos por la mayor cantidad posible de personas.
Poseer la capacidad de poner en circulación de manera masiva la palabra es un recurso por el cual se lucha y un ámbito al cual se ha trasladado de manera cada vez más notoria la pugna política que diversos actores protagonizan.
Por cientos de años fue la Iglesia quien poseyó el monopolio de la comunicación social en Occidente. En ese sentido, la comunicación masiva no es sólo un fenómeno moderno. Durante la Edad Media la Iglesia ejerció un control estricto y centralizado sobre la producción y circulación de todo tipo de contenido simbólico. Como bien lo señala James Curran (Media and Power), para comprender el sorprendente ascenso del Papado como nuevo centro de poder en Occidente hay que considerar también su influencia sobre los “procesos institucionales de producción ideológica que crearon una base para su ejercicio del poder”. En ese contexto la Iglesia establece canales de comunicación jerarquizados y muy eficientes en diversos ámbitos: los monasterios controlaban la producción de libros, se establece el latín como lengua oficial y de la misa, se domina la transmisión de conocimiento mediante la educación formal y para la masificación y circulación de los discursos menos formales se cuenta con el púlpito y la misa. Estas dos tribunas actúan como verdaderos medios de comunicación desde los cuales se predica y proclaman puntos de vista a una audiencia masiva que concurre regularmente a dicho lugar de encuentro comunicacional.
Pero con el paso del tiempo las estructuras de poder también cambian y sufren alteraciones. La producción de libros comenzó a pasar desde los monasterios a las universidades, el latín fue reemplazado por el francés y luego el inglés, a la educación religiosa le salió al camino la laica.