Cristina Cobo
Educar es una vocación. Es una de esas verdades absolutas, sentencias más bien, sobre mi profesión. Y no sé si estoy dispuesta a asumir la renuncia, casi entrega vaticana, que implica esa cuestión. Porque soy MAESTRA. Y en mi pupila hay decenas de ojos que no se cuestionan nada de lo que digo, apenas de lo que hago. No hay juicios imparciales porque las clases, habitualmente, te aman sólo por poner un pie en el aula. Y ese peligro potencial, el del amor incondicional, es la ventana que necesitamos para dejar entrar aire fresco en la escuela pública, heredera de olores rancios y letras que con sangre entran.
Educar es una vocación. Es una de esas verdades absolutas, sentencias más bien, sobre mi profesión. Y no sé si estoy dispuesta a asumir la renuncia, casi entrega vaticana, que implica esa cuestión. Porque soy MAESTRA. Y en mi pupila hay decenas de ojos que no se cuestionan nada de lo que digo, apenas de lo que hago. No hay juicios imparciales porque las clases, habitualmente, te aman sólo por poner un pie en el aula. Y ese peligro potencial, el del amor incondicional, es la ventana que necesitamos para dejar entrar aire fresco en la escuela pública, heredera de olores rancios y letras que con sangre entran.
