Agustín Tomás
No me inscribo entre los que adhieren a alguna fe religiosa. Sin embargo la elección de un nuevo Papa, cabeza de más de mil millones de creyentes no puede ser un hecho ignorado. Más cuando por primera vez en la historia ese Papa es jesuita y americano, argentino para mayor precisión, que conoce al dedillo nuestras fortalezas y debilidades. Por supuesto que no voy a hacer una nueva versión del ombliguismo latinoamericano, como Maduro que adjudicó a Chávez y su influencia en Cristo para que lo nombraran, o a los argentinos que dicen tener a Dios-Maradona, el Mesías-Messi y ahora al Papa-Bergoglio, o a Dilma diciendo que si bien el Papa es argentino, Dios es brasilero, sin hablar de otras por el estilo que pululan en todos los medios. Pero no cabe duda que la actuación de Francisco I va a influir en estas tierras porque las conoce, aunque no conozcamos mucho de lo que hay en su cabeza. Recordemos que en la iglesia católica hay tres grandes misterios: cuántas congregaciones de monjas hay, cuál es la riqueza de los salesianos y qué hay en la mente de un jesuita.
Después del Concilio Vaticano II una parte del catolicismo hizo su opción por los pobres siguiendo, más o menos de cerca, las banderas de la Teología de la Liberación, nacida precisamente en Latinoamérica. Entre ellos estaban los jesuitas. A juicio de la curia romana muchos se pasaron de maraca y hubo que llamarlos a botón, de lo cual se hicieron cargo Juan Pablo II con su asistente Ratzinger, luego Benedicto XVI, y medio pararon el empuje. Pero entonces sucedió que varios líderes de la región vieron que el terreno estaba sembrado y aprovecharon el discurso a favor de los pobres, que tanto escuchamos entre nosotros en boca de los jesuitas más connotados, y lo hicieron suyo. Y lo promovieron de la misma manera que los jesuitas, mucho discurso, muchas promesas del cielo en la Tierra, pero con apenas algunas obritas para justificar. En esto mantenían la exitosa tradición de la iglesia tipo aspiradora, mucho entra y poco o nada sale. Como lo que salió de los políticos fue más que lo que salía de la iglesia, fácilmente los pobres siguieron a estos nuevos embaucadores. Los teólogos de la liberación y sus consignas, como resultado de sus propias contradicciones y de haberles robado el discurso, tuvieron que llamarse a silencio o a una labor de hormiga.