
Luigi Fabbri (1877-1935)
Una de las razones por las que a la propaganda revolucionaria y especialmente a la anarquista, le es costoso hacerse escuchar, y más aún persuadir a los que la escuchan, radica precisamente en que esta propaganda se efectua en una forma y un lenguaje tan violento que en lugar de atraer rechaza la simpatía y el interés de quienes escuchan. Recuerdo que la primera vez que cayeron en mis manos y ante mis ojos periódicos anarquistas, su estilo, en lugar de persuadirme me ofendía, y probablemente no habría llegado a ser nunca un anarquista sin más que la lectura de los periódicos, no hubiera abierto brecha en mi ánimo la discusión benévola con algún amigo y la atenta lectura de los folletos y los libros, por su naturaleza mucho más serios y serenos y nada virulentos. Y recuerdo asimismo, que lo que llamó mi atención y simpatía hacia el anarquismo, fue precisamente la violencia del lenguaje con que se le atacaba en aquel periodo -1892-1893-, por parte de los escritores burgueses de todos los matices.
En aquella violencia de los ataques, advertía yo toda la debilidad de los argumentos autoritarios, y más tarde fue precisamente esta mezquindad de los argumentos contra el anarquismo lo que me persuadió, por una parte de las razones libertarias, y por otra -persuasión que cada vez se ha hecho más firme en mi ánimo-, de que en la polémica y en la propaganda, que es cuando se trata de convencer y no de vencer, emplea un lenguaje más violento aquel que se encuentra más pobre de argumentos. Desde entonces, cada vez que he tenido que sostener una polémica, nunca me he sentido tan seguro de mi mismo como cuando se me ha atacado groseramente: ¿Te enfadas? Pues es que no tienes razón. Este ha sido en tales ocasiones mi pensamiento acerca de mi adversario. Y me place que esta opinión mía he podido hallarla en todos los anarquistas más notables por la ciencia y la cultura y por la eficacia de su propaganda. En sus Memorias de un revolucionario, al narrar, Pedro Kropotkin la fundación del Révolté, dice lo siguiente: Nuestro periódico era moderado en la forma, pero sustancialmente revolucionario... Los periódicos socialistas tienden a menudo a convertirse en una jeremiada sobre las condiciones existentes... se describe con vivos colores la miseria y el sufrimiento, etc. Para contrabalanzar el efecto deprimente que esta lamentación produce, se recurre entonces a la magia de las palabras violentas, con las cuales se pretende dar ánimo a los lectores... Yo creo, al contrario, que un periódico revolucionario debe dedicarse, sobre todo, a recoger los síntomas que por todas partes preludian el advenimiento de una nueva era, la germinación de nuevas formas de vida social, la rebelión que aumenta contra las viejas instituciones. Hacer sentir al obrero que su corazón late al unísono con el corazón de la humanidad en el mundo entero, que toma parte en su rebeldía contra la secular injusticia, en sus tentativas para crear nuevas condiciones sociales... He aquí cuál debería ser la misión principal de un periódico revolucionario.