Carlos León Moya (desde Perú)
Venezuela me entusiasmó, y mucho. ¿Qué otra cosa podía pasar? ¿Me iba a entusiasmar con la aburrida Concertación chilena y su administración sin nervio? ¿Con los programas sociales brasileros? ¿Me iba a emocionar con una Revolución Cubana que subsistía de milagro, como ese abuelo que quieres mucho pero que ya no puede caminar? ¿Cómo no emocionarme con Chávez, con su radicalismo, con su incontinencia verbal, con las mareas rojas en las calles, con la organización de la gente?
Fui dos veces a Venezuela, primero con ilusión y luego con precaución, y corroboré muchas de las cosas que me emocionaban. Pero también vi otras que me generaban grandes sospechas.
Hoy veo lo que ocurre en Venezuela y ya no siento entusiasmo. Me da más bien pena y tristeza. Es un autoritarismo chabacano con un líder limitado que permite la actividad impune de civiles armados. ¿O acaso debo considerar saludable que los motorizados anden amedrentando gente, disparando y hasta robando, solo porque tienen un polo con una estrella roja y escuchan Alí Primera?
Un país con una economía insostenible. Un gobierno que tiene todo consigo para demoler a la oposición: el aparato del Estado, el dinero del petróleo, las Fuerzas Armadas, la Guardia Nacional Bolivariana, el Poder Judicial, el Poder Electoral, los medios de comunicación televisivos, y hasta la provisión del servicio de internet. Con todo eso a favor del gobierno, ¿creen que voy a tomar en serio a quienes hablan de una oposición fuerte y octópoda? Eso fue el 2002-2003. Estamos en el 2014.
No hay argumentos válidos para defender al gobierno de Maduro. Para mí, es el fin de una ilusión.
Venezuela me entusiasmó, y mucho. ¿Qué otra cosa podía pasar? ¿Me iba a entusiasmar con la aburrida Concertación chilena y su administración sin nervio? ¿Con los programas sociales brasileros? ¿Me iba a emocionar con una Revolución Cubana que subsistía de milagro, como ese abuelo que quieres mucho pero que ya no puede caminar? ¿Cómo no emocionarme con Chávez, con su radicalismo, con su incontinencia verbal, con las mareas rojas en las calles, con la organización de la gente?
Fui dos veces a Venezuela, primero con ilusión y luego con precaución, y corroboré muchas de las cosas que me emocionaban. Pero también vi otras que me generaban grandes sospechas.
Hoy veo lo que ocurre en Venezuela y ya no siento entusiasmo. Me da más bien pena y tristeza. Es un autoritarismo chabacano con un líder limitado que permite la actividad impune de civiles armados. ¿O acaso debo considerar saludable que los motorizados anden amedrentando gente, disparando y hasta robando, solo porque tienen un polo con una estrella roja y escuchan Alí Primera?
Un país con una economía insostenible. Un gobierno que tiene todo consigo para demoler a la oposición: el aparato del Estado, el dinero del petróleo, las Fuerzas Armadas, la Guardia Nacional Bolivariana, el Poder Judicial, el Poder Electoral, los medios de comunicación televisivos, y hasta la provisión del servicio de internet. Con todo eso a favor del gobierno, ¿creen que voy a tomar en serio a quienes hablan de una oposición fuerte y octópoda? Eso fue el 2002-2003. Estamos en el 2014.
No hay argumentos válidos para defender al gobierno de Maduro. Para mí, es el fin de una ilusión.
