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jueves, 24 de mayo de 2018

Debatiendo sobre el Mayo del '68 francés: ¿Una revolución juvenil contra el aburrimiento?



Jaime Fernández

Uno de los grafitis que salpicaron las paredes de París aquel mes prodigioso se leía: “Desabrochen la mente tan a menudo como la bragueta” (“Déboutonnez votre cerveau aussi souvent que votre braguette”). Aunque sintonizara con el sentir de la revuelta, el grafiti fue fusilado de un folleto publicado en 1943, durante la Ocupación, por los Centros de Acción Surrealistas de París. También ellos, los surrealistas -precursores del espíritu sesentayochista-, eran jóvenes y en sus obras expresaban la rebelión contra el mundo adulto y la figura del padre, el patriarca de porte autoritario, anticuado y retrógrado, que rinde culto a las normas y presume de su positivismo. En el Manifiesto Surrealista, André Breton decía que si al hombre le quedase algo de lucidez, tendría que volver a la infancia, que siempre le parecerá maravillosa, por mucho que la hayan destrozado los educadores.

Cincuenta años después vemos Mayo del 68 como el símbolo de un cambio social de amplio alcance que habría de resultar determinante en las relaciones entre hombres y mujeres, padres e hijos, profesores y alumnos. El cambio generó, además, una influyente cultura popular ligada a la industria de entretenimiento. Al propagarse por Estados Unidos, Japón, México, Italia, Holanda y Alemania, Mayo del 68 se convirtió en una advertencia a las élites gobernantes, y en general a quienes ejercían alguna forma de poder sobre las nuevas generaciones del baby boom, para que despabilaran. Los tiempos estaban cambiando y no había manera de parar aquella tormenta. Se trataba de un movimiento horizontal y espontáneo que, al margen de directrices o estrategias premeditadas, se extendía  principalmente por las grandes ciudades de los países industrializados.


En 1964, al otro lado del Atlántico, Bob Dylan compuso la canción titulada “Los tiempos están cambiando” (“The times they are a-changin”), en la que advertía, mediante metáforas un tanto enigmáticas, que las aguas habían crecido y sólo se salvaría quien nadara, de lo contrario se hundiría como las piedras. La advertencia apuntaba en primer lugar a los escritores y críticos, “que profetizáis con vuestra pluma”. Les aconsejaba que mantuvieran los ojos bien abiertos y no se precipitasen al hablar. La ruleta giraba demasiado deprisa “y no ha nombrado al elegido”. El perdedor de ahora sería el ganador más tarde. A los senadores y congresistas les rogaba que oyeran la llamada, que no bloqueasen la entrada. En el exterior se desarrollaba “una batalla furibunda”, y quien se opusiera resultaría herido. A los padres y madres les pedía que no criticasen lo que no podían entender. La canción terminaba con un vaticinio: los lentos de ahora, serían rápidos más tarde. El orden se desvanecía rápidamente y el que ahora ocupaba el primer puesto, más tarde ocuparía el último. La alusión a los padres y a los hijos y al “viejo camino carcomido” ofrecía la clave de la balada. Quien tuviese oídos que oyera.

La advertencia de Dylan chocaba porque provenía de un muchacho de 23 años y sus destinatarios eran adultos con responsabilidades, cuando lo normal es que sean éstos quienes, desde su experiencia y conocimiento, adviertan a los jóvenes de los peligros a los que se hallan expuestos. La letra de la balada sonaba a revolución, que a fin de cuentas no es más que una inversión del statu quo. No había que ser muy sagaz para deducir que “los tiempos estaban cambiando” iba mucho más allá del previsible reemplazo generacional.

Esta revolución rompía con el esquema de las anteriores, en las que los esclavos se habían levantado contra los amos, los campesinos contra sus señores y los obreros contra sus explotadores. Ahora toda una generación de jóvenes se alzaba contra los adultos, a los que consideraba opresores. Desde esta perspectiva, si adulto era sinónimo de opresión, joven lo era de oprimido. De repente, juventud y madurez, ciclos naturales en la evolución del ser humano, se transformaban en identidades antagónicas e igual de inmutables, prestas para una guerra larga. Pero aún más desconcertante que esto era que la juventud, una edad de paso, adquiriese el rango de identidad, con las características propias de un sujeto autónomo, dispuesto a perpetuarse en su condición incluso contra su enemigo natural, el tiempo.

La juventud dejaba de ser el “divino tesoro” cuya pérdida inevitable añoraba el poeta. Ahora se quedaría para siempre, espoleada por su infatigable combate contra todo cuanto representaba el universo adulto: seriedad, madurez, responsabilidad, aceptación de la repetición, del paso del tiempo, de las contradicciones, y, por supuesto, del dolor, la decrepitud, la enfermedad y la muerte. Su labor de proselitismo, respaldada por el aparato publicitario y la industria de la diversión, alcanzaría a los propios adultos, muchos de los cuales empezaron a pasarse al bando enemigo por si encontraban el elixir de la juventud que la conserva sine die en su vigor y belleza.

Los ecos de "The times they are a-changin" vibraron en las calles parisinas en plena primavera. Si las revoluciones anteriores habían cambiado el régimen político imperante, ésta cambiaría algo de mucha mayor trascendencia: la mentalidad -esa prisión en la que se está, aunque el recluso sea el único que no lo sabe-, las costumbres, el lenguaje, los pequeños detalles de la vida cotidiana e íntima de las personas. Y todo ello sin decretos, sin cañones, sin cárceles, sin campos de concentración ni exterminios masivos.

Al igual que ocurriera con otras revoluciones, ésta se presentó cuando los cambios que preconizaban los jóvenes más inquietos del Estados Unidos o Europa ya se estaban produciendo desde hacía unos años. Sólo hacía falta un impulso catalizador para que se extendiese y un escaparate vistoso en el que escenificarla. París estuvo a la altura de los acontecimientos. El mes se puso de su parte. La rigidez en las costumbres heredada de la sociedad anterior a la guerra se reveló incompatible con la nueva sociedad masificada del bienestar, dominada por el consumo, el ocio y el espectáculo televisivo, en la que estaban creciendo los hijos del primer baby boom de Occidente. A ello se sumaba el hartazgo ante la polarización provocada por la Guerra Fría, como lo demostraba no sólo su repulsa a la guerra del Vietnam sino el surgimiento de facciones izquierdistas ajenas al Partido Comunista de órbita soviética.

Tarde o temprano la explosión tenía que producirse. Uno de los síntomas del huracán que se avecinaba se manifestó en una difusa sensación de aburrimiento. En Francia el ennui es tan típico como cualquier producto nacional, y desde comienzos del siglo XIX tiene una presencia notable en su literatura. También en la vida política. El 15 de marzo de 1968 el periodista Pierre Viansson-Ponté publicó en la primera plana de Le Monde un artículo titulado “Cuando Francia se aburre”, en el que alertaba de que el país permanecía ajeno a las “grandes convulsiones que sacuden al mundo” y los estudiantes sólo se preocupaban “por saber si las chicas de Nanterre y de Antony podrán acceder libremente a las habitaciones de los chicos, una concepción un tanto limitada de los derechos del hombre”. Viansson-Ponté ignoraba la trascendencia de esa preocupación estudiantil que tachaba de banal en su artículo.

No era la primera vez en la historia del país en que se apelaba al aburrimiento como síntoma de un malestar. Tras la caída del imperio napoleónico, una generación de jóvenes se sintió presa de la impotencia, que Alfred de Musset plasmó en Confesiones de un hijo del siglo. “Condenados al reposo por los soberanos del mundo, en brazos del ocio, del aburrimiento y de patanes de la peor especie, los jóvenes veían retirarse las encrespadas olas contra las que habían preparado sus fuerzas”. Musset los comparaba con “gladiadores ungidos para el combate”, pero huérfanos de ilusiones y humillados por sus propias miserias.

¿Cómo no iban a sentirse extraños, solos y consumidos por el aburrimiento, al que tachaban de  “contrarrevolucionario”, en ese mundo árido, que no les ofrecía ninguna perspectiva de futuro y en compañía de unos adultos con los que era imposible entenderse porque hablaban un lenguaje distinto del suyo? También cuestionaban el orden no menos mezquino que regía sus vidas, la jaula de hierro, como la llamó Max Weber, en la que estaban cautivos, aunque ellos se sintieran seguros entre sus barrotes invisibles. El clima de opresión se manifestaba en la multitud de reglas, reglamentos, formalismos y convenciones anacrónicas que coartaban la autonomía y el desarrollo personal, impidiendo al individuo realizarse (otra palabra del léxico sesentayochista) y cumplir sus aspiraciones más auténticas. Ya lo dijo Sartre cuando le preguntaron por el legado de Mayo del 68: “El yo”.

Al fin la juventud arrebataba el poder a los adultos. “Todo el poder para los jóvenes”, podría haber sido el lema de los sublevados, emulando a los bolcheviques que derrocaron al zar en octubre de 1917. El alzamiento juvenil contra los mayores tenía un precedente siniestro en Europa. El fascismo y el nazismo abanderaron sus revoluciones esgrimiendo la fuerza de la juventud –La Giovinezza fue el himno del Partido Fascista-, sólo que sus líderes eran hombres maduros (aunque unos inmaduros en todo lo demás: la inmadurez puede ser peligrosa), a la que adulaban para ponerla al servicio de sus propios intereses: conquistar el poder e implantar regímenes dictatoriales.

En cambio, la revolución del 68 estaba encabezada por jóvenes y concebida exclusivamente para jóvenes. No aspiraba a desalojar del poder a las clases dirigentes y mucho menos destruir la democracia parlamentaria. Pero vista desde una amplia perspectiva histórica, representaba el corolario perfecto para el siglo del hijo que comenzó tras la masacre de la Primera Guerra Mundial. Entonces los hijos se sublevaron contra los padres al sentirse estafados por la engañifa patriotera que los empujó a la guerra. Medio siglo después los mataban de nuevo por motivos diferentes, pisoteando la herencia que debían recibir de ellos y renunciando a sus derechos de herederos. Simplemente, se negaban a que les dictasen su futuro.

Desde finales de los años cincuenta la Internacional Situacionista venía haciéndose eco del malestar de las nuevas generaciones nacidas después de la Segunda Guerra Mundial, beneficiarias de la prosperidad económica que les proporcionaba el sistema capitalista contra el que decían sublevarse. Entre el conformismo al que se prestaba la bonanza económica, que favorecía el acceso masivo a la universidad y al consumo, y el inconformismo con el régimen de costumbres, aquellos jóvenes de clase media optaron por este último. ¿Para qué vivir en una sociedad que les garantizaba que no morirían de hambre si luego los mataba de aburrimiento? Esa era la cuestión crucial que planteó Raoul Vaneigem, uno de sus miembros más inflyentes, en su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones (1967). La primera revuelta estudiantil de 1968, en enero, fue organizada en la Universidad de Estrasburgo por este grupo crítico con el capitalismo, que participó en las movilizaciones parisinas. Otro ensayo que avivó las protestas fue El hombre unidimensional (1964), en el que Herbert Marcuse, profesor en la Universidad de Berkeley, criticaba a la sociedad de consumo, el funcionamiento del sistema productivo y la contaminación del medio ambiente.

Las revueltas pillaron a los padres por sorpresa. No entendían que sus hijos se rebelaran cuando tenían todas las necesidades materiales cubiertas. ¿De qué se quejaban entonces? Su experiencia les había enseñado que uno se queja y se rebela cuando la necesidad se lo exige, no porque se aburra. Hacer la revolución por aburrimiento, ¿dónde se había visto tal cosa? Detrás de la petición estudiantil, incomprensible y banal para el ministro de Juventud francés, de que compañeros de ambos sexos compartiesen espacios de convivencia fuera del horario académico, latía un deseo de autonomía y de libertad personal, frente a las directrices oficiales que las coartaban. Por primera vez cuestiones que afectaban al ámbito de la intimidad, como la libertad sexual, se incorporaban a la agenda política, un hecho insólito en la historia moderna.

Hasta entonces los gobiernos, los partidos y los sindicatos sólo se habían ocupado de asuntos relacionados con la vida material de los ciudadanos -el crecimiento económico, el coste de la vida, los índices de producción industrial y consumo, la revisión de los salarios, la formación profesional de los futuros empleados. De ahí que la petición de los estudiantes se juzgase extemporánea incluso en los partidos de izquierdas. Sin embargo, la idea matriz que alentaba Mayo del 68 era que el Estado dejase de entrometerse en los sentimientos de los jóvenes, que no regulara sus vidas personales. El éxito de la insurrección, más que revolución, radicó en su propósito de ir en contra de casi todo. Ya se sabe que estar “en contra” atrae siempre a más público que “estar a favor de”. Normalmente, la lista de “contras” suele ser mucho más larga y amena que la de “a favor de”.

El programa revolucionario abarcaba un extenso pliego de contras que habrá que resumir para no cansar a los lectores. De entre ellos, destacaba el “contra” la autoridad en sus distintas modalidades: el Estado, los padres, el patriarcado (palabra esencial en el léxico de Mayo del 68), las jerarquías, la educación castradora, la represión sexual (concepto freudiano rescatado por los sesentayochistas), los muros escolares, las tarimas de los centros educativos, las cátedras, la clase magistral, el libro de texto, los exámenes (“En los exámenes, responde con preguntas”) y el mandarinato intelectual. Un penoso ejemplo de esto último fue el incidente que sufrió Adorno en 1969. Mientras impartía una clase en la Universidad de Frankfurt, una alumna se dirigió al estrado y escribió un eslogan en la pizarra, al mismo tiempo que tres compañeras se levantaban y descubrían los pechos. Abrumado por la escena, el viejo profesor abandonó el aula. Lacan tuvo que soportar un incidente parecido protagonizado por un alumno seguidor de la corriente situacionista.

Estas anécdotas son reveladoras de los siguientes “contras” que aquellos jóvenes proclamaron a los cuatro vientos: contra la cultura oficial, contra la academia y el academicismo, contra los cánones, contra lo venerable y solemne, contra los formalismos y convencionalismos, contra lo viejo y polvoriento -“No te fíes de alguien que tenga más de treinta años”-, contra cualquier cosa que llevase el epíteto de clásico, contra el “vigilar y castigar”, contra las fronteras, contra las guerras, contra los prejuicios, contra la hipocresía de la doble moral y la doble vida, contra las apariencias, contra “el qué dirán”, contra la idea de la “buena familia”.

Defensores ardientes de la sinceridad, los jóvenes sublevados no querían parecerse a sus padres ni a los adultos que tenían a su alrededor -seres vacíos, enfundados en sus trajes oscuros. Así que lo primero que hicieron fue peinarse de una forma muy diferente de la de ellos y vestir unas ropas de estilo también distinto para que su apariencia externa cuadrase con su espíritu juvenil. La ropa de sport se impuso sobre la de vestir, el sombrero masculino desapareció definitivamente, al igual que el traje de chaqueta femenino, la permanente y los rulos. ¡Pantalones vaqueros y zapatillas para todos! ¡Viva la minifalda! ¡Melenas al viento! El tuteo desbancó al tratamiento de usted. La música pop cambió la forma de bailar y la discoteca reemplazó al salón de baile. Que cada cual moviese su cuerpo como le diera la gana. ¡Fuera reglas! Con el aligeramiento del vestuario vino la revolución sexual, tan deseada por las generaciones de los años cuarenta y cincuenta (William Styron confesó en su novela La decisión de Sophie (1979) que si en esas décadas la sexualidad estaba saliendo de la clandestinidad, el modo de tratarla era una preocupación universal), el uso de la píldora anticonceptiva, el divorcio, el derecho al aborto y el acceso libre a la imagen pornográfica, que empezaba a industrializarse.

Ahora se podía hablar libremente de aquello que hasta entonces se había silenciado para guardar las formas, por pudor o por cualquier otro prejuicio. En esta libertad, la vida sexual ocupaba un lugar preferente, como si quisiera resarcirse de siglos de mutismo. El sexo traspasó las barreras de la privacidad para colarse en la escena pública, como lo demostraba el reproche que Daniel Cohn-Bendit hizo al ministro de Juventud por que los problemas sexuales estuviesen ausentes en el informe elaborado por su Ministerio. En vísperas de la rebelión mayo, el dirigente estudiantil transformó aquel reproche en sarcasmo en el curso del interrogatorio al que fue sometido ante el Consejo disciplinario de la Universidad de Nanterre. Cuando el presidente le preguntó dónde había estado en la mañana del 22 de marzo, Cohn-Bendit respondió que en su casa. “¿Y qué hacía en su casa a las 15 horas?”, insistió el presidente: “Hacía el amor, señor presidente. Eso que probablemente usted no haga nunca”.

Si la generación de jóvenes contemporáneos de Musset combatió el aburrimiento cultivando el sentimiento amoroso, influidos por la literatura romántica de la época, la generación de los años sesenta se propuso neutralizarlo con la liberación sexual anhelada por sus hermanos mayores. Si aquellos hacían el amor, en el sentido galante de la palabra, éstos también lo harían pero en el sentido sexual del término, sin eufemismos ni trampantojos. Los jóvenes de Mayo del 68 alegaron a favor de su causa libertaria que cada cual es dueño de su cuerpo (“¡Mi sexo no es tabú!”) y puede hacer con él lo que quiera (“¡Viva el coito revolucionario!”), sin necesidad de rendir cuentas ante nadie y menos aún ante los poderes, como la religión o el Estado, enemigos tradicionales del placer sexual. El marqués de Sade no lo habría expresado mejor.

Las confidencias en el diván del psicoanalista -el sustituto del confesor en la sociedad secularizada- salieron de la clínica para inmiscuirse en las conversaciones de los estudiantes y jóvenes cultos. Philip Roth las trasladó incluso a la novela. En El lamento de Portnoy (1969) un hombre de 33 años, soltero y sin hijos, le cuenta su atormentada vida sexual a su psicoanalista, que el lector lee atónito, sintiéndose como un molesto voyeur. Hasta hubo lectores que creyeron que Portnoy era el alter ego de Roth. El propio novelista comentó casi a los cincuenta años de la publicación de su novela que la idea grotesca que Alexander Portnoy tiene de su vida se debe “a las normas, a las inhibiciones y a los tabúes” que imperaban en los años cuarenta en Estados Unidos y que “ya no predominan entre los jóvenes eróticamente liberados ni siquiera en las aldeas estadounidenses más remotas”.

El cine se liberó del estricto Código Hays. En las películas se abría la puerta de las alcobas que los amantes solían cerrar ante las narices del espectador. En el terreno sexual, la revolución del 68 fue la revolución del 69.

Saul Bellow se hizo eco de este movimiento pendular en el relato autobiográfico Un recuerdo que dejo (1991). Así como en su adolescencia, los años treinta del siglo XX, los padres “no titubeaban al hablar de la muerte y de los que agonizaban” y rara vez hablaban de sexo, ahora era al revés. No se hablaba de otra cosa. Aunque Bellow se limita constatar la disparidad entre ambas mentalidades, su reflexión sugiere que aquellos padres hablaban de la muerte y nunca de sexo influidos por un exceso de realismo, mientras que sus hijos y nietos procuran evadirse de esa realidad tenebrosa por la puerta trasera de la sexualidad, o sea, la manifestación más palpable de vitalidad (“¡La vida! ¡la vida! ¡Erecciones!”, anotó Flaubert, lector devoto de Sade). T.S. Eliot desveló en un célebre verso de Cuatro cuartetos la respuesta al contraste generacional apuntado por Bellow:    “La especie humana no puede soportar mucha realidad”.

En Mayo del 68 los libros ocuparon un lugar secundario, al revés que en las revoluciones comunistas, en las que las obras de los maestros pioneros, empezando por el Manifiesto comunista, guiaban las acciones de los dirigentes. El talante ácrata de las revueltas rechazaba la prosa marxista, farragosa y a menudo escolástica, inaccesible al común de las gentes. Además, los jóvenes insurrectos parecían no fiarse de los libros mismos, símbolos también de la autoridad, como indica la etimología de la palabra autor. Es probable que esta desconfianza les llevara a elegir un original medio para expresarse: los grafitis. Aquel mes de mayo las paredes, en las que está prohibido escribir, hablaron sin parar.

El objetivo era que los viandantes leyesen los eslóganes, frases breves, ingeniosas e irónicas unas, otras algo simplonas. Amparado en el anonimato, el grafiti reniega de la autoría, al contrario que el libro, y aspira a ser la voz del pueblo, una especie de escritura colectiva que se expresa en la calle, fuera de la biblioteca doméstica, de la sala de lectura, del aula y del recinto académico. El grafiti era una reminiscencia de las pintadas que abarrotaban las paredes de los urinarios públicos, sólo que sin su chabacanería. Por suerte, el programa alternativo de los sublevados en Mayo del 68 se reducía a una retahíla de contras, con sus correspondientes deseos. A lo sumo reivindicaban lo nuevo, por oposición a lo viejo, en una dialéctica similar a la promovida por las revoluciones anteriores. Pero disponer de un programa concreto habría significado la posibilidad de implantarlo y eso era lo peor que podría haber ocurrido.

Entre la protesta y la utopía, entre la queja y la añoranza de la Edad de Oro, aquellos jóvenes materialmente satisfechos reclamaban la satisfacción absoluta en un mundo imperfecto y contradictorio y siempre en lucha consigo mismo. De momento tenemos bastante con leer la pesadilla huxliana de un mundo feliz como para trasladarla a la realidad.

[Versión resumida de un post más extenso accesible en https://enlenguapropia.wordpress.com/2018/05/22/revolucion-contra-aburrimiento.]


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