Patricia Marcano
[Nota de El Libertario: Para quienes no conozcan Caracas y el local del comercio estatal al que se refiere esta crónica, deben saber que es el más grande y concurrido de la ciudad, situado en el lugar más céntrico, inaugurado con bombos, platillos y anaqueles repletos de variados rubros por el Difunto Eterno en 2012 para que fuese la referencia del abastecimiento popular garantizado por la "revolución bolivariana", al que desde entonces la fraudulenta propaganda oficial suele mostrar como ejemplo de lo magnífico que funciona la distribución gubernamental de alimentos y otros bienes de primera necesidad.]
Sábado, fin de semana de quincena, 3:30 pm. Quienes llegan al Gran Abasto Bicentenario de Plaza Venezuela se encuentran con las tres hileras de sillas casi vacías. No están una detrás de otra sino al lado y en doble fila, espaldar con espaldar; como en el juego de la sillita pero sin música ni diversión. Son al menos 750 asientos ubicados frente a la feria de comida rápida que en nada promueve la alimentación balanceada y criolla, contrastando con los grandes afiches de la Misión Alimentación, ubicados a pocos metros
En una fila hay unas diez personas de la tercera edad, sentadas, y en otra unas 20. Vigilantes vestidos de azul, guardias nacionales y policías nacionales frenan el paso a quienes van llegando, les piden sentarse y esperar. El flujo no para, en segundos se ocupan las sillas y los funcionarios quitan la cinta para dar paso. Dejan entrar a un lote, la gente se rueda de asiento, sigue esperando. Hay familias completas (papá, mamá y los dos niños), madres con hijos, parejas, familiares. Pocos van solos. Casi nadie habla, solo hay gestos de cansancio y hábitos de rutina: leer el periódico, tejer, hablar con la amiga, llamar por teléfono. 10 minutos después pasa otro grupo y en el camino a la rampa mecánica un joven bromea: “pareciera que vamos al matadero, señora”. Ambos se ríen y continúan, uno detrás del otro.
Una vez arriba comienza la primera batalla: conseguir un carrito de supermercado. Algunos lo logran montándoles cacería a los clientes que salen del supermercado rodando el carrito con la compra adentro; se paran al lado y agarran el “vehículo” mientras los desconocidos sacan las bolsas de su mercado. No hay pena que valga. A otros no les importa y van directo a la segunda cola, esta vez de pie y más breve, para ingresar al establecimiento.
[Nota de El Libertario: Para quienes no conozcan Caracas y el local del comercio estatal al que se refiere esta crónica, deben saber que es el más grande y concurrido de la ciudad, situado en el lugar más céntrico, inaugurado con bombos, platillos y anaqueles repletos de variados rubros por el Difunto Eterno en 2012 para que fuese la referencia del abastecimiento popular garantizado por la "revolución bolivariana", al que desde entonces la fraudulenta propaganda oficial suele mostrar como ejemplo de lo magnífico que funciona la distribución gubernamental de alimentos y otros bienes de primera necesidad.]
Sábado, fin de semana de quincena, 3:30 pm. Quienes llegan al Gran Abasto Bicentenario de Plaza Venezuela se encuentran con las tres hileras de sillas casi vacías. No están una detrás de otra sino al lado y en doble fila, espaldar con espaldar; como en el juego de la sillita pero sin música ni diversión. Son al menos 750 asientos ubicados frente a la feria de comida rápida que en nada promueve la alimentación balanceada y criolla, contrastando con los grandes afiches de la Misión Alimentación, ubicados a pocos metros
En una fila hay unas diez personas de la tercera edad, sentadas, y en otra unas 20. Vigilantes vestidos de azul, guardias nacionales y policías nacionales frenan el paso a quienes van llegando, les piden sentarse y esperar. El flujo no para, en segundos se ocupan las sillas y los funcionarios quitan la cinta para dar paso. Dejan entrar a un lote, la gente se rueda de asiento, sigue esperando. Hay familias completas (papá, mamá y los dos niños), madres con hijos, parejas, familiares. Pocos van solos. Casi nadie habla, solo hay gestos de cansancio y hábitos de rutina: leer el periódico, tejer, hablar con la amiga, llamar por teléfono. 10 minutos después pasa otro grupo y en el camino a la rampa mecánica un joven bromea: “pareciera que vamos al matadero, señora”. Ambos se ríen y continúan, uno detrás del otro.
Una vez arriba comienza la primera batalla: conseguir un carrito de supermercado. Algunos lo logran montándoles cacería a los clientes que salen del supermercado rodando el carrito con la compra adentro; se paran al lado y agarran el “vehículo” mientras los desconocidos sacan las bolsas de su mercado. No hay pena que valga. A otros no les importa y van directo a la segunda cola, esta vez de pie y más breve, para ingresar al establecimiento.


