Rocío Silva Santisteban
La polarización en Venezuela ha llegado a separar a padres
de hijos. No lo digo en abstracto: mi prima-hermana y mi tío se encontraban en
los lados opuestos de la orilla.
El emigró en 1968 como todos esos peruanos de la primera
oleada migratoria internacional y ella se crío en Caracas durante el apogeo del
petróleo y la partidocracia entre “adecos” y “copeis”, en medio de la
frivolidad de una sociedad que gozaba de una bonanza centralizada. El golpe les
llegó a ambos cuando mi tía caraqueña murió y la crisis de los barriles de
petróleo provocó el desborde popular que años más tarde catapultó a Hugo Chávez
Frías. Mi tío Jorge murió el año pasado, siendo chavista hasta los huesos; mi
prima le dejó de hablar hace años y estoy casi segura que el 12 de febrero
salió a las calles a protestar.
No es un cuento: es la realidad de un país enfrentado por
dos maneras de entender la política y por el desgaste de una “autocracia
competitiva con partido hegemónico” según definición del politólogo Víctor
Mijares. Tengo amigos muy queridos en ambos lados de esta balanza injusta y
tuerta y todos me han comentado sus visiones de este desbarajuste que ha
ocasionado tres personas fallecidas.
