Errico Malatesta (1853-1932)
* Publicado originalmente, en tres partes, en el periódico L'Agitazione de Ancona, nos. 13-15 (4, 11, y 18 de junio de 1897). Título original: «L'organizzazione».
I
Por años ha sido éste un asunto de gran disputa entre los anarquistas. Y como a menudo sucede, cuando se acalora una discusión y en la búsqueda de la verdad se entromete la insistencia en estar en lo correcto, o cuando las discusiones teóricas no son más que intentos por justificar una conducta práctica inspirada por otros motivos muy distintos, se ha producido una gran confusión de ideas y palabras.
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lunes, 15 de marzo de 2021
Organización y anarquismo en las vigentes palabras de Malatesta
jueves, 6 de febrero de 2020
Una muchacha busca la tumba de Malatesta (video)
Mega Literatura
Excelente largometraje documental -filmado en Italia y traducido al castellano- de 1 hora 26 minutos de duración dedicado a relatar la apasionante biografía de Errico Malatesta, a partir de las peripecias de una joven que está empeñada en localizar la tumba de este personaje clave del anarquismo italiano y mundial.
Excelente largometraje documental -filmado en Italia y traducido al castellano- de 1 hora 26 minutos de duración dedicado a relatar la apasionante biografía de Errico Malatesta, a partir de las peripecias de una joven que está empeñada en localizar la tumba de este personaje clave del anarquismo italiano y mundial.
martes, 24 de septiembre de 2019
Vigencia de Errico Malatesta
Grupo Anarquista Higinio Carrocera
No cabe duda de que las ideas de Errico Malatesta (Santa María Capua Vetere, 1853) tienen, al cabo de los años, una actualidad y vigencia entre los anarquistas de hoy. Así como algunos principios de otros autores libertarios han envejecido peor, en el caso de Malatesta sus escritos parecen contemporáneos, frescos y de una rebeldía muy actual. Su ideario comunista anárquico mantiene su vigor.
Un ejemplo lo tenemos en su visión de la violencia. Su: “allí donde termina la necesidad comienza el delito” es esclarecedor. Nos explica que lo que el Estado considera delito es, en la mayoría de los casos, legítima defensa de los explotados y oprimidos en los que moralmente se justifica la violencia. Analizando sus textos, su biógrafo Luigi Fabri lo destaca con brillantez:
“A nadie se le puede escapar que quienes detentan una serie de privilegios que hunden sus raíces en los padecimientos de otros no van a renunciar a ellos por propia iniciativa. Esa sería la violencia revolucionaria, frente a la violencia conservadora de la actual organización política y económica de la sociedad”.
No cabe duda de que las ideas de Errico Malatesta (Santa María Capua Vetere, 1853) tienen, al cabo de los años, una actualidad y vigencia entre los anarquistas de hoy. Así como algunos principios de otros autores libertarios han envejecido peor, en el caso de Malatesta sus escritos parecen contemporáneos, frescos y de una rebeldía muy actual. Su ideario comunista anárquico mantiene su vigor.
Un ejemplo lo tenemos en su visión de la violencia. Su: “allí donde termina la necesidad comienza el delito” es esclarecedor. Nos explica que lo que el Estado considera delito es, en la mayoría de los casos, legítima defensa de los explotados y oprimidos en los que moralmente se justifica la violencia. Analizando sus textos, su biógrafo Luigi Fabri lo destaca con brillantez:
“A nadie se le puede escapar que quienes detentan una serie de privilegios que hunden sus raíces en los padecimientos de otros no van a renunciar a ellos por propia iniciativa. Esa sería la violencia revolucionaria, frente a la violencia conservadora de la actual organización política y económica de la sociedad”.
jueves, 25 de julio de 2019
Ideal y Realidad en la visión de Errico Malatesta
Errico Malatesta (1853-1932)
Dejemos las calificaciones “filosóficas”, es decir difíciles, confusas… e inconcluyentes. Ideal significa: lo que se desea. Realidad significa: lo que es.
Es carácter específicamente humano el estar descontento de lo que es, el desear siempre algo mejor, el aspirar a mayor bienestar, a mayor potencia, a mayor belleza. El hombre que todo lo encontrase bueno, que pensase que todo lo que existe debe ser así y no se debe ni se puede cambiar, y se adaptase tranquilamente, sin lucha, sin protesta, sin un gesto de rebelión, a la posición que las circunstancias le hacen, sería menos que hombre: sería… un vegetal, si es lícito hablar así sin calumniar a los vegetales.
Dejemos las calificaciones “filosóficas”, es decir difíciles, confusas… e inconcluyentes. Ideal significa: lo que se desea. Realidad significa: lo que es.
Es carácter específicamente humano el estar descontento de lo que es, el desear siempre algo mejor, el aspirar a mayor bienestar, a mayor potencia, a mayor belleza. El hombre que todo lo encontrase bueno, que pensase que todo lo que existe debe ser así y no se debe ni se puede cambiar, y se adaptase tranquilamente, sin lucha, sin protesta, sin un gesto de rebelión, a la posición que las circunstancias le hacen, sería menos que hombre: sería… un vegetal, si es lícito hablar así sin calumniar a los vegetales.
martes, 5 de marzo de 2019
Malatesta y el “mal menor”
Davide Turcato
El tema que quisiera abordar es el de la postura de Malatesta (y se podría decir de los anarquistas en general) respecto al principio del “mal menor”, así frecuentemente denominado tanto en política como en la vida cotidiana.
Este principio es comúnmente considerado como una expresión de realismo y sentido común. El hecho de que los anarquistas lo rechacen es a su vez considerado una confirmación de su falta de realismo y de sentido común. Por ello considero importante mostrar cómo en Malatesta este rechazo era dictado por consideraciones de realismo y de sentido común.
El tema que quisiera abordar es el de la postura de Malatesta (y se podría decir de los anarquistas en general) respecto al principio del “mal menor”, así frecuentemente denominado tanto en política como en la vida cotidiana.
Este principio es comúnmente considerado como una expresión de realismo y sentido común. El hecho de que los anarquistas lo rechacen es a su vez considerado una confirmación de su falta de realismo y de sentido común. Por ello considero importante mostrar cómo en Malatesta este rechazo era dictado por consideraciones de realismo y de sentido común.
jueves, 27 de julio de 2017
Anarquistas sin adjetivos: los orígenes de un movimiento
Kevin Carson (Traducción por Mario Murillo)
Centro para una sociedad sin estado – Estudio No. 21 (invierno de 2016)
Introducción
La designación «anarquismo sin adjetivos» (la frase, o al menos el concepto, como veremos abajo, puede haberse originado con Malatesta) fue originalmente obra de dos anarquistas españoles, Ricardo Mella y Fernando Tárrida del Mármol. Mella y Tárrida del Mármol desarrollaron su teoría en respuesta a disputas doctrinales en el seno del movimiento anarquista europeo que estaban desmembrando el movimiento para 1880, entre el colectivismo de los seguidores de Bakunin y el comunismo que lo estaba suplantando.
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lunes, 19 de junio de 2017
Con amor frente al odio: el alma del programa anarquista
Errico Malatesta (1853-ñ1932)
La revuelta retumba en todas partes. Aquí es la expresión de una idea, y allá el resultado de una necesidad; a menudo es la consecuencia del entrecruce de necesidades e ideas que mutuamente se generan y refuerzan. Se ata a las causas del mal o golpea de cerca, es consciente o instintiva, es humanitaria o brutal, generosa o estrechamente egoísta, pero siempre crece y se extiende.
Es la historia la que avanza: es inútil tomarse el tiempo para quejarse de las rutas que escoge, ya que estas rutas han sido demarcadas por toda la evolución previa. Pero la historia la hacen las personas; y ya que no queremos seguir siendo espectadores indiferentes y pasivos para con la tragedia histórica, ya que queremos contribuir todas nuestras fuerzas para determinar los eventos que nos parecen más favorables a nuestra causa, debemos tener un criterio que nos guíe en la evaluación de los hechos que se producen, y especialmente en la elección del lugar que ocuparemos en el combate.
La revuelta retumba en todas partes. Aquí es la expresión de una idea, y allá el resultado de una necesidad; a menudo es la consecuencia del entrecruce de necesidades e ideas que mutuamente se generan y refuerzan. Se ata a las causas del mal o golpea de cerca, es consciente o instintiva, es humanitaria o brutal, generosa o estrechamente egoísta, pero siempre crece y se extiende.
Es la historia la que avanza: es inútil tomarse el tiempo para quejarse de las rutas que escoge, ya que estas rutas han sido demarcadas por toda la evolución previa. Pero la historia la hacen las personas; y ya que no queremos seguir siendo espectadores indiferentes y pasivos para con la tragedia histórica, ya que queremos contribuir todas nuestras fuerzas para determinar los eventos que nos parecen más favorables a nuestra causa, debemos tener un criterio que nos guíe en la evaluación de los hechos que se producen, y especialmente en la elección del lugar que ocuparemos en el combate.
lunes, 13 de febrero de 2017
Anarquismo y Ciencia
* Texto preparado por Vernon Richards, biógrafo y conocedor profundo de la obra del autor, en base a artículos publicados por E.M. entre 1913 y 1926. En las notas se indica el lugar de publicación original de lo citado y la fecha respectiva.
La ciencia es un arma que
puede servir para el bien o para el mal; pero ella misma ignora completamente
la idea de bien y de mal.
Por lo tanto, no somos
anarquistas porque la ciencia nos diga que lo seamos; lo somos, en cambio, por
otras razones, porque queremos que todos puedan gozar de las ventajas y las
alegrías que la ciencia procura.[1]
sábado, 22 de octubre de 2016
La base moral del anarquismo
Errico Malatesta (1853-1932)
Ya que es un hecho que el hombre es un animal social que no puede existir como hombre sino estando en continuas relaciones materiales y morales con los otros hombres, es necesario que estas relaciones sean o de afección, de solidaridad, de amor, o de hostilidad y de lucha. Si cada uno piensa sólo en su propio bien, o en el del pequeño grupo consanguíneo o coterráneo, se encuentra necesariamente en conflicto con los otros y sale vencedor o vencido: opresor si vence, oprimido si es vencido. Las armonías naturales, la natural confluencia del bien de cada uno con el bien de todos son invenciones de la pereza humana, la que más bien que luchar por realizar sus propios deseos imagina que ellos se realizarán espontáneamente, por ley natural. En el hecho, en cambio, el hombre en la naturaleza se encuentra continuamente en oposición de intereses con los otros hombres por la ocupación del sitio más bello o más sano, por la cultivación de los terrenos más fértiles y, a menudo, por las explotación de todas las diferentes oportunidades que la vida social va creando para los unos y para los otros, y por ello la historia humana está llena de violencias, de guerras, de desastres, de explotación feroz del trabajo ajeno, de tiranías y de esclavitudes infinitas.
Ya que es un hecho que el hombre es un animal social que no puede existir como hombre sino estando en continuas relaciones materiales y morales con los otros hombres, es necesario que estas relaciones sean o de afección, de solidaridad, de amor, o de hostilidad y de lucha. Si cada uno piensa sólo en su propio bien, o en el del pequeño grupo consanguíneo o coterráneo, se encuentra necesariamente en conflicto con los otros y sale vencedor o vencido: opresor si vence, oprimido si es vencido. Las armonías naturales, la natural confluencia del bien de cada uno con el bien de todos son invenciones de la pereza humana, la que más bien que luchar por realizar sus propios deseos imagina que ellos se realizarán espontáneamente, por ley natural. En el hecho, en cambio, el hombre en la naturaleza se encuentra continuamente en oposición de intereses con los otros hombres por la ocupación del sitio más bello o más sano, por la cultivación de los terrenos más fértiles y, a menudo, por las explotación de todas las diferentes oportunidades que la vida social va creando para los unos y para los otros, y por ello la historia humana está llena de violencias, de guerras, de desastres, de explotación feroz del trabajo ajeno, de tiranías y de esclavitudes infinitas.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
El código secreto del anarquista Malatesta
Agente Provocador
Parece una escena de una película de espías o una novela de misterio, pero fue real. A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en Londres se refugiaron numerosos anarquistas italianos, entre otros activistas de medio mundo. Allí fundaron grupos y publicaron periódicos revolucionarios, y tenían en jaque a la policía, aún con técnicas de investigación criminal muy precarias. Esta, para contrarrestar el alto grado de penetración que tenían las ideas anarquistas y la ejecución de atentados contra jefes de Estado, aristócratas y oficiales, decidió infiltrar a decenas de agentes, que intentaron adelantarse a sus actividades. Una y otra vez, se sucedieron extraños atentados que el tiempo demostró haber sido provocados por las mismas autoridades.
Parece una escena de una película de espías o una novela de misterio, pero fue real. A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en Londres se refugiaron numerosos anarquistas italianos, entre otros activistas de medio mundo. Allí fundaron grupos y publicaron periódicos revolucionarios, y tenían en jaque a la policía, aún con técnicas de investigación criminal muy precarias. Esta, para contrarrestar el alto grado de penetración que tenían las ideas anarquistas y la ejecución de atentados contra jefes de Estado, aristócratas y oficiales, decidió infiltrar a decenas de agentes, que intentaron adelantarse a sus actividades. Una y otra vez, se sucedieron extraños atentados que el tiempo demostró haber sido provocados por las mismas autoridades.
viernes, 29 de abril de 2016
El primero de mayo (1893)
Errico Malatesta (1853-1932)
* Publicado originalmente en The Commonwealt (Londres) 1, nueva serie, no. 1 (1 de mayo de 1893).
Por tercera vez el proletariado consciente de todos los países afirma por medio de una manifestación internacional, la solidaridad real entre los trabajadores, el odio a la explotación, y la voluntad, día tras día más determinada, de darle fin al sistema existente.
Los gobiernos y las clases tiemblan, y tienen buena razón. No porque en este día romperá la revolución — pues ese es un evento que puede ocurrir cualquier día del año — sino porque cuando los oprimidos comienzan a sentir el peso y la deshonra de la opresión, cuando se sienten como hermanos, cuando olvidan todos los odios históricos fomentados por las clases gobernantes, cuando se toman de las manos cruzando las fronteras y sienten la solidaridad en la lucha por una emancipación común, entonces el día de la liberación se acerca.
¿Qué importa si los hombres y los partidos ofrecen diversas razones hoy por hoy para sus fines inmediatos y en acuerdo al beneficio que esperan derivar de ellos? El hecho principal sigue siendo que los trabajadores anuncian que están todos unidos, y son unánimes en la lucha contra los dominadores. Este hecho sigue siendo, y seguirá siendo, uno de los eventos más importantes del siglo, y uno de los signos que proclaman la Gran Revolución — una revolución que dará a luz a una nueva civilización fundada sobre el bienestar de todos, y la solidaridad del trabajo: Es un hecho, cuya importancia sólo es equiparada en el presente por aquel otro anuncio proletario de la asociación internacional entre los trabajadores.
Y el movimiento es de suma relevancia por ser obra directa de las masas, y bien separada e incluso en oposición a la acción de los partidos.
Cuando los socialistas de estado en el Congreso de París de 1889, definieron el 1º de Mayo como un día de huelga internacional, fue meramente una de esas definiciones platónicas que se hacen en los congresos simplemente por declarar un principio, y que son olvidadas tan pronto como el congreso termina. Tal vez pensaron que esa decisión podría ayudar a darle importancia a su partido, y a serle útil a ciertos hombres como cabecera electoral; pues desgraciadamente estas personas parecen tener corazones que solo laten con entusiasmo por propósitos electorales. En cualquier caso, sigue siendo cierto que desde el momento en que percibieron que la idea se había abierto paso, y que las manifestaciones se volvieron imponentes y que amenazaban con llevarles por senderos revolucionarios, se esforzaron por controlar el movimiento y por despojar el significado que el instinto popular le había dado. Para probar esto, no se requiere más que recordar los esfuerzos que se han hecho por cambiar la manifestación desde el primer día de mayo al primer domingo de mayo. Puesto que no es la regla trabajar los domingo, hablar de suspensión del trabajo en ese día es simplemente una farsa y un fraude. Ya no es una huelga, ya no es un medio para afirmar la solidaridad de los trabajadores y su poder de resistir las órdenes de los empleadores. Queda como un simple fête o feriado — un poco de marcha, unos cuantos discursos, unas pocas e indiferentes resoluciones, con el aplauso de grandes o pequeñas congregaciones — ¡eso es todo! Y para matar con aún más eficacia al movimiento que sin pensarlo comenzaron, han llegado a tal punto de querer pedir al gobierno ¡que declare el 1º de Mayo feriado oficial!
La consecuencia de todas estas tácticas adormecedoras es que las masas, que en un comienzo se lanzaban al movimiento con entusiasmo, comienzan a perder su confianza en él, y están empezando a considerar el 1º de Mayo como un mero desfile anual, con la única diferencia con otros desfiles tradicionales de ser más apagado y más aburrido.
Es asunto de los revolucionarios salvar este movimiento, que podría en algún momento u otro dar ocasión a consecuencias más importantes, y que en cualquier caso es siempre un poderoso medio de propaganda al cual renunciar sería un desatino.
Entre los anarquistas y los revolucionarios hay algunos que no tienen ningún interés en el movimiento, algunos incluso lo objetan porque el primer impulso, en Europa al menos, fue dado por los socialistas parlamentaristas, que utilizaron las manifestaciones como una forma de obtener poderes públicos, las ocho horas legales, legislación internacional con respecto al trabajo, y otras reformas que sabemos que son meras carnadas, que sirven solo para engañar a la gente, y para desviarles de introducir demandas sustanciales, o bien para apaciguarles cuando amenacen al gobierno y a las clases propietarias.
Estos objetores están equivocados en nuestra opinión. Los movimientos populares comienzan como pueden; casi siempre brotan de alguna idea ya trascendida por el pensamiento contemporáneo. Es absurdo esperar que en la condición presente del proletariado la gran masa esté capacitada antes de concebir y aceptar un programa formulado por un pequeño número a quienes las circunstancias han dado medios excepcionales de desarrollo, un programa que solo puede llegar a ser conscientemente aceptado por el gran número por la acción de condiciones morales y materiales que el movimiento mismo debe suministrar. Si esperamos, para saltar a la palestra, a que el pueblo monte los colores anarquistas comunistas, correremos gran riesgo de ser eternos soñadores; veremos la corriente de la historia fluir a nuestros pies mientras contribuimos escasamente algo en la determinación de su curso, dejando mientras el campo libre a nuestros adversarios quienes son enemigos, consciente o inconscientemente, de los reales intereses del pueblo.
Nuestra bandera debemos montarla nosotros mismos, y hemos de llevarla en alto donde sea que haya personas que sufren, particularmente donde sea que haya personas que demuestran estar cansadas de sufrir, y luchan de cualquier modo, bueno o malo, contra la opresión y la explotación.
Los trabajadores que sufren, pero que poco o nada comprenden de teorías, los trabajadores que tienen hambre y frío, que ven a sus hijos languidecer y morir de inanición, que ven a sus esposas y hermanas darse a la prostitución, trabajadores que saben que ellos mismos marchan al asilo o al hospital — estos no tienen tiempo que esperar, y están naturalmente dispuestos a preferir cualquier mejora inmediata, no importa cuál — incluso una transitoria o una ilusoria, ya que la ilusión mientras perdure pasa por realidad. Sí, mejor eso que esperar por una transformación radical de la sociedad, que destruya por siempre las causas de la miseria y de las injusticias del hombre contra el hombre.
Esto es fácil de comprender y de justificar, y explica por qué los partidos constitucionales que explotan esta tendencia hablando siempre de las pretendidas reformas como “practicables” y “posibles” y de las mejorías parciales pero inmediatas, generalmente triunfan mejor que nosotros en su propaganda entre las masas.
Pero donde los trabajadores cometen un error (y es labor nuestra corregirles) es en suponer que las reformas y mejorías son más fáciles de obtener que la abolición del sistema salarial y la completa emancipación del trabajador.
En una sociedad basada en un antagonismo de intereses, donde una clase retiene toda la riqueza social y se organiza en el poder político para defender sus privilegios, la pobreza y el sometimiento de las masas desheredadas siempre tenderán a alcanzar su máximo compatible con la existencia básica del hombre y con los intereses de la clase dominante. Y esta tendencia no encuentra obstáculo alguno excepto en la resistencia de los oprimidos: la opresión y la explotación nunca se detiene hasta que se alcanza el punto en que los trabajadores se muestran decididos a no soportarlas más.
Si se obtienen pequeñas concesiones en vez de grandes, no es porque sean más fáciles de obtener, sino porque las personas se contentan con ellas.
Siempre ha sido por medio de la fuerza o del miedo que se ha obtenido algo de los opresores; siempre ha sido la fuerza o el miedo lo que ha impedido a los opresores quitar lo que han concedido.
Las ocho horas y otras reformas — sea cual sea su mérito — solo pueden obtenerse cuando los hombres se muestran resueltos a tomarlas por la fuerza, y no traerán mejora alguna a la suerte de los trabajadores a menos que éstos estén determinados a no sufrir más lo que sufren hoy.
Lo sabio entonces, e incluso lo oportuno, requiere que no malgastemos tiempo y energía en reformas sedantes, sino que luchemos por la completa emancipación de todos — una emancipación que solo puede volverse realidad mediante la puesta en común de la riqueza, y mediante la abolición de los gobiernos.
Esto es lo que los anarquistas han de explicar a las personas, pero para hacerlo deben no mantenerse distantes desdeñosamente, sino unirse a las masas y luchar junto a ellas, empujándolas mediante el razonamiento y el ejemplo.
Además, en países en que los desheredados han intentado una huelga el 1º de Mayo han olvidado las “8 horas” y lo demás, y el 1º de Mayo ha tenido todo el significado de una fecha revolucionaria, en la que los trabajadores del mundo entero cuentan sus fuerzas y se prometen ser unánimes en los días venideros de la batalla decisiva.
Por otra parte, los gobiernos se esmeran en remover toda ilusión que cualquiera pueda albergar, en cuanto a la intervención de los poderes públicos en favor de los trabajadores; pues en vez de concesiones, todo lo que se ha obtenido hasta ahora ¡han sido arrestos al por mayor, cargas de caballerías, y descargas de armas de fuego! — ¡asesinato y mutilación!
Entonces ¡QUE VIVA el 1º de Mayo!
No es, como hemos dicho, el día de la revolución, pero sigue de todos modos siendo una buena oportunidad para la propagación de nuestras ideas, y para volcar las mentes de los hombres hacia la revolución social.
Tomado de https://periodicoelsolacrata.wordpress.com/2016/04/25/el-primero-de-mayo-1893/#more-3337.]
* Publicado originalmente en The Commonwealt (Londres) 1, nueva serie, no. 1 (1 de mayo de 1893).
Por tercera vez el proletariado consciente de todos los países afirma por medio de una manifestación internacional, la solidaridad real entre los trabajadores, el odio a la explotación, y la voluntad, día tras día más determinada, de darle fin al sistema existente.
Los gobiernos y las clases tiemblan, y tienen buena razón. No porque en este día romperá la revolución — pues ese es un evento que puede ocurrir cualquier día del año — sino porque cuando los oprimidos comienzan a sentir el peso y la deshonra de la opresión, cuando se sienten como hermanos, cuando olvidan todos los odios históricos fomentados por las clases gobernantes, cuando se toman de las manos cruzando las fronteras y sienten la solidaridad en la lucha por una emancipación común, entonces el día de la liberación se acerca.
¿Qué importa si los hombres y los partidos ofrecen diversas razones hoy por hoy para sus fines inmediatos y en acuerdo al beneficio que esperan derivar de ellos? El hecho principal sigue siendo que los trabajadores anuncian que están todos unidos, y son unánimes en la lucha contra los dominadores. Este hecho sigue siendo, y seguirá siendo, uno de los eventos más importantes del siglo, y uno de los signos que proclaman la Gran Revolución — una revolución que dará a luz a una nueva civilización fundada sobre el bienestar de todos, y la solidaridad del trabajo: Es un hecho, cuya importancia sólo es equiparada en el presente por aquel otro anuncio proletario de la asociación internacional entre los trabajadores.
Y el movimiento es de suma relevancia por ser obra directa de las masas, y bien separada e incluso en oposición a la acción de los partidos.
Cuando los socialistas de estado en el Congreso de París de 1889, definieron el 1º de Mayo como un día de huelga internacional, fue meramente una de esas definiciones platónicas que se hacen en los congresos simplemente por declarar un principio, y que son olvidadas tan pronto como el congreso termina. Tal vez pensaron que esa decisión podría ayudar a darle importancia a su partido, y a serle útil a ciertos hombres como cabecera electoral; pues desgraciadamente estas personas parecen tener corazones que solo laten con entusiasmo por propósitos electorales. En cualquier caso, sigue siendo cierto que desde el momento en que percibieron que la idea se había abierto paso, y que las manifestaciones se volvieron imponentes y que amenazaban con llevarles por senderos revolucionarios, se esforzaron por controlar el movimiento y por despojar el significado que el instinto popular le había dado. Para probar esto, no se requiere más que recordar los esfuerzos que se han hecho por cambiar la manifestación desde el primer día de mayo al primer domingo de mayo. Puesto que no es la regla trabajar los domingo, hablar de suspensión del trabajo en ese día es simplemente una farsa y un fraude. Ya no es una huelga, ya no es un medio para afirmar la solidaridad de los trabajadores y su poder de resistir las órdenes de los empleadores. Queda como un simple fête o feriado — un poco de marcha, unos cuantos discursos, unas pocas e indiferentes resoluciones, con el aplauso de grandes o pequeñas congregaciones — ¡eso es todo! Y para matar con aún más eficacia al movimiento que sin pensarlo comenzaron, han llegado a tal punto de querer pedir al gobierno ¡que declare el 1º de Mayo feriado oficial!
La consecuencia de todas estas tácticas adormecedoras es que las masas, que en un comienzo se lanzaban al movimiento con entusiasmo, comienzan a perder su confianza en él, y están empezando a considerar el 1º de Mayo como un mero desfile anual, con la única diferencia con otros desfiles tradicionales de ser más apagado y más aburrido.
Es asunto de los revolucionarios salvar este movimiento, que podría en algún momento u otro dar ocasión a consecuencias más importantes, y que en cualquier caso es siempre un poderoso medio de propaganda al cual renunciar sería un desatino.
Entre los anarquistas y los revolucionarios hay algunos que no tienen ningún interés en el movimiento, algunos incluso lo objetan porque el primer impulso, en Europa al menos, fue dado por los socialistas parlamentaristas, que utilizaron las manifestaciones como una forma de obtener poderes públicos, las ocho horas legales, legislación internacional con respecto al trabajo, y otras reformas que sabemos que son meras carnadas, que sirven solo para engañar a la gente, y para desviarles de introducir demandas sustanciales, o bien para apaciguarles cuando amenacen al gobierno y a las clases propietarias.
Estos objetores están equivocados en nuestra opinión. Los movimientos populares comienzan como pueden; casi siempre brotan de alguna idea ya trascendida por el pensamiento contemporáneo. Es absurdo esperar que en la condición presente del proletariado la gran masa esté capacitada antes de concebir y aceptar un programa formulado por un pequeño número a quienes las circunstancias han dado medios excepcionales de desarrollo, un programa que solo puede llegar a ser conscientemente aceptado por el gran número por la acción de condiciones morales y materiales que el movimiento mismo debe suministrar. Si esperamos, para saltar a la palestra, a que el pueblo monte los colores anarquistas comunistas, correremos gran riesgo de ser eternos soñadores; veremos la corriente de la historia fluir a nuestros pies mientras contribuimos escasamente algo en la determinación de su curso, dejando mientras el campo libre a nuestros adversarios quienes son enemigos, consciente o inconscientemente, de los reales intereses del pueblo.
Nuestra bandera debemos montarla nosotros mismos, y hemos de llevarla en alto donde sea que haya personas que sufren, particularmente donde sea que haya personas que demuestran estar cansadas de sufrir, y luchan de cualquier modo, bueno o malo, contra la opresión y la explotación.
Los trabajadores que sufren, pero que poco o nada comprenden de teorías, los trabajadores que tienen hambre y frío, que ven a sus hijos languidecer y morir de inanición, que ven a sus esposas y hermanas darse a la prostitución, trabajadores que saben que ellos mismos marchan al asilo o al hospital — estos no tienen tiempo que esperar, y están naturalmente dispuestos a preferir cualquier mejora inmediata, no importa cuál — incluso una transitoria o una ilusoria, ya que la ilusión mientras perdure pasa por realidad. Sí, mejor eso que esperar por una transformación radical de la sociedad, que destruya por siempre las causas de la miseria y de las injusticias del hombre contra el hombre.
Esto es fácil de comprender y de justificar, y explica por qué los partidos constitucionales que explotan esta tendencia hablando siempre de las pretendidas reformas como “practicables” y “posibles” y de las mejorías parciales pero inmediatas, generalmente triunfan mejor que nosotros en su propaganda entre las masas.
Pero donde los trabajadores cometen un error (y es labor nuestra corregirles) es en suponer que las reformas y mejorías son más fáciles de obtener que la abolición del sistema salarial y la completa emancipación del trabajador.
En una sociedad basada en un antagonismo de intereses, donde una clase retiene toda la riqueza social y se organiza en el poder político para defender sus privilegios, la pobreza y el sometimiento de las masas desheredadas siempre tenderán a alcanzar su máximo compatible con la existencia básica del hombre y con los intereses de la clase dominante. Y esta tendencia no encuentra obstáculo alguno excepto en la resistencia de los oprimidos: la opresión y la explotación nunca se detiene hasta que se alcanza el punto en que los trabajadores se muestran decididos a no soportarlas más.
Si se obtienen pequeñas concesiones en vez de grandes, no es porque sean más fáciles de obtener, sino porque las personas se contentan con ellas.
Siempre ha sido por medio de la fuerza o del miedo que se ha obtenido algo de los opresores; siempre ha sido la fuerza o el miedo lo que ha impedido a los opresores quitar lo que han concedido.
Las ocho horas y otras reformas — sea cual sea su mérito — solo pueden obtenerse cuando los hombres se muestran resueltos a tomarlas por la fuerza, y no traerán mejora alguna a la suerte de los trabajadores a menos que éstos estén determinados a no sufrir más lo que sufren hoy.
Lo sabio entonces, e incluso lo oportuno, requiere que no malgastemos tiempo y energía en reformas sedantes, sino que luchemos por la completa emancipación de todos — una emancipación que solo puede volverse realidad mediante la puesta en común de la riqueza, y mediante la abolición de los gobiernos.
Esto es lo que los anarquistas han de explicar a las personas, pero para hacerlo deben no mantenerse distantes desdeñosamente, sino unirse a las masas y luchar junto a ellas, empujándolas mediante el razonamiento y el ejemplo.
Además, en países en que los desheredados han intentado una huelga el 1º de Mayo han olvidado las “8 horas” y lo demás, y el 1º de Mayo ha tenido todo el significado de una fecha revolucionaria, en la que los trabajadores del mundo entero cuentan sus fuerzas y se prometen ser unánimes en los días venideros de la batalla decisiva.
Por otra parte, los gobiernos se esmeran en remover toda ilusión que cualquiera pueda albergar, en cuanto a la intervención de los poderes públicos en favor de los trabajadores; pues en vez de concesiones, todo lo que se ha obtenido hasta ahora ¡han sido arrestos al por mayor, cargas de caballerías, y descargas de armas de fuego! — ¡asesinato y mutilación!
Entonces ¡QUE VIVA el 1º de Mayo!
No es, como hemos dicho, el día de la revolución, pero sigue de todos modos siendo una buena oportunidad para la propagación de nuestras ideas, y para volcar las mentes de los hombres hacia la revolución social.
Tomado de https://periodicoelsolacrata.wordpress.com/2016/04/25/el-primero-de-mayo-1893/#more-3337.]
viernes, 5 de febrero de 2016
La violencia como factor social
Errico Malatesta (1853-1932)
La violencia, es decir, la fuerza física usada para el daño de un otro, que es la forma más brutal que puede asumir la lucha entre las personas, es eminentemente corruptora. Tiende, por su naturaleza misma, a sofocar los mejores sentimientos del ser humano, y a desarrollar todas las cualidades antisociales: la ferocidad, el odio, la venganza, el espíritu de dominación y la tiranía, el desprecio por el débil, el servilismo hacia el fuerte.
Y esta dañina tendencia surge también cuando la violencia se usa para un buen fin. El amor a la justicia que le incitara a uno a la lucha, en medio de todas las buenas intenciones originales, no es suficiente garantía contra la influencia corruptora ejercida por la violencia sobre la mente y los actos de quien la usa. En la vorágine de la batalla uno a menudo pierde de vista el fin por el que se lucha, y solo piensa en devolver, por cientos si es posible, los golpes recibidos; y cuando al fin la victoria corona los esfuerzos de la parte que luchó por la justicia y la humanidad ya está ésta corrupta y es incapaz de realizar el programa que le inspiró.
La violencia, es decir, la fuerza física usada para el daño de un otro, que es la forma más brutal que puede asumir la lucha entre las personas, es eminentemente corruptora. Tiende, por su naturaleza misma, a sofocar los mejores sentimientos del ser humano, y a desarrollar todas las cualidades antisociales: la ferocidad, el odio, la venganza, el espíritu de dominación y la tiranía, el desprecio por el débil, el servilismo hacia el fuerte.
Y esta dañina tendencia surge también cuando la violencia se usa para un buen fin. El amor a la justicia que le incitara a uno a la lucha, en medio de todas las buenas intenciones originales, no es suficiente garantía contra la influencia corruptora ejercida por la violencia sobre la mente y los actos de quien la usa. En la vorágine de la batalla uno a menudo pierde de vista el fin por el que se lucha, y solo piensa en devolver, por cientos si es posible, los golpes recibidos; y cuando al fin la victoria corona los esfuerzos de la parte que luchó por la justicia y la humanidad ya está ésta corrupta y es incapaz de realizar el programa que le inspiró.
miércoles, 13 de enero de 2016
¿Lucha de clase u odio entre clases?
Errico Malatesta (1853-1932)
Yo dije, antes los jueces de Milán, algo sobre la lucha de clases y sobre el proletariado, que ha tenido la virtud de suscitar críticas y extrañezas. Es bueno volver sobre lo mismo.
Protesté indignado contra la acusación de haber incitado al odio; dije como en mi propaganda había siempre procurado demostrar que los males sociales no dependen de la maldad de éste o aquel patrón, de éste o aquel gobernante, sino de la misma institución del patronato y del gobierno, y que, por lo tanto, no se pueden remediar los males cambiando las personas de los dominadores, sino que es necesario abatir el principio mismo de la dominación del hombre por el hombre; dije también que siempre había insistido sobre el hecho de que los proletarios personalmente no son mejores que los burgueses; y lo prueba el hecho de que cuando por una causa cualquiera un obrero llega a una posición de riqueza o de mando, se conduce generalmente como un burgués ordinario o peor aún.
martes, 27 de enero de 2015
Ni demócratas, ni dictadores: ¡ANARQUISTAS!
Errico Malatesta
Teóricamente, ‘democracia’ significa gobierno del pueblo; gobierno de todos para todos mediante los esfuerzos de todos. En una democracia el pueblo deben poder decir lo que desee, nominar a los ejecutores de sus deseos, monitorear su actuar y removerlos cuando sea adecuado.
Naturalmente esto presume que todos los individuos que componen un pueblo tienen la capacidad de formar una opinión y expresarla respecto a todos los temas que les interese. Implica que todos son política y económicamente independientes y por lo tanto nadie, para vivir, estaría obligado a someterse a la voluntad de otros.
Si existen clases e individuos que son privados de los medios de producción y por ende dependientes de otros con el monopolio sobre esos medios, el así llamado sistema democrático puede solamente ser una mentira, que sirve para engañar a las masas del pueblo y mantenerlas dóciles con un aspecto externo de soberanía, mientras el gobierno de la clase privilegiada y dominante está de hecho siendo salvaguardado y consolidado. Tal es la democracia y tal ha sido siempre en la estructura capitalista, sea la forme que tome, desde la monarquía constitucional hasta el así llamado gobierno directo.
No podría existir una cosa llamada democracia, un gobierno del pueblo, más que en un régimen socialista, cuando los medios de producción y de vida están socializados y el derecho de todos a intervenir en los asuntos públicos corrientes se basa y se garantiza en la independencia económica de cada persona. En este caso parecería que el sistema democrático fuese el más capaz de garantizar la justicia y de armonizar la independencia individual con las necesidades de la vida en sociedad. Y así les parecía, más o menos claro, a aquellos que, en la era de los monarcas absolutos, lucharon, sufrieron y murieron por la libertad.
Pero el hecho es que, mirando las cosas como realmente son, el gobierno de todo el pueblo resulta ser una imposibilidad, debido al hecho de que los individuos que conforman el pueblo tienen opiniones y deseos diferentes y nunca, o casi nunca ocurre, que en algún asunto o problema puedan todos estar de acuerdo. Por lo tanto el ‘gobierno de todo el pueblo’, se hemos de tener gobierno, puede como mucho ser solo el gobierno de la mayoría. Y los demócratas, ya sean socialistas o no, están dispuestos a concordar. Añaden, es cierto, que se deben respetar los derechos de las minorías; pero ya que es la mayoría la que decide cuáles son estos derechos, resulta que las minorías solo tienen el derecho a hacer lo que la mayoría quiere y permite. El único límite a la voluntad de la mayoría sería la resistencia, y esto lo saben las minorías y pueden levantarla. Esto significa que siempre habría una lucha social, en la que una parte de los miembros, bien sea la mayoría, tiene el derecho a imponer su propia voluntad sobre los demás, enyugando los esfuerzos de todos para sus propios fines.
Y aquí haría un alto para mostrar cómo, en base al razonamiento respaldado por la evidencia de los eventos pasados y presentes, ni siquiera es verdad que donde hay gobierno, llámese autoridad, aquella autoridad resida en la mayoría y cómo en realidad toda ‘democracia’ ha sido, es y debe ser nada menos que una ‘oligarquía’ — un gobierno de los pocos, una dictadura.
Pero, para propósitos de este artículo, prefiero vagar por el lado de los demócratas y asumir que pueda realmente haber un verdadero y sincero gobierno de la mayoría.
Gobierno significa el derecho de hacer la ley y de imponerla sobre todos por la fuerza: sin una fuerza policial no hay gobierno.
Ahora, ¿puede una sociedad vivir y progresar pacíficamente para el bien mayor de todos, puede adaptarse gradualmente a las circunstancias siempre cambiantes si la mayoría tiene el derecho y los medios para imponer su voluntad por la fuerza sobre las minorías recalcitrantes?
La mayoría es, por definición, retrógrada, conservadora, enemiga de lo nuevo, aletargada de pensamiento y acción y al mismo tiempo impulsiva, inmoderada, sugestionable, simplista en sus entusiasmos e irracionales temores. Toda nueva idea brota de uno o unos pocos individuos, es aceptada, si es viable, por una minoría más o menos cuantiosa y conquista a la mayoría, si es que ocurre, solo después de haber sido sustituida por nuevas ideas y nuevas necesidades y ya se ha vuelto obsoleta y quizás un obstáculo, en vez de un estímulo al progreso.
Pero ¿queremos, entonces, un gobierno de la minoría?
Ciertamente no. Si es injusto y dañino que una mayoría oprima minorías y obstruya el progreso, es aún más injusto y dañino que una minoría oprima a toda la población o imponga sus propias ideas por la fuerza, las que aún si son buenas excitarían repugnancia y oposición por el hecho de ser impuestas.
Y luego, no debemos olvidar que existe todo tipo de minorías distintas. Hay minorías de egoístas y villanos como las hay de fanáticos que se creen poseedores de la verdad absoluta y, en perfecta buena fe, buscan imponer a los demás lo que ellos sostienen que es la única vía a la salvación, aún si es una simple estupidez. Hay minorías de reaccionarios que buscan darle la espalda al reloj y están divididos respecto a los caminos y límites de la reacción. Y hay minorías de revolucionarios, también divididos respecto a los medios y fines de la revolución y sobre la dirección que el progreso social ha de tomar.
¿Qué minoría debiese asumir?
Este es un asunto de fuerza bruta y capacidad para la intriga, y las probabilidades de que el éxito caiga a la más sincera y más devota al bien general no son favorables. Para conquistar el poder se requieren cualidades que no son exactamente aquellas que se requieren para asegurar que la justicia y el bienestar triunfen en el mundo.
Pero he de continuar dando a los demás el beneficio de la duda y asumir que una minoría llegase al poder y que, entre aquellas que aspiran al gobierno, yo considerara la mejor por sus ideas y propuestas. Quiero asumir que los socialistas llegaran al poder y añadiría, también los anarquistas, si no se me previene por una contradicción en los términos.
¿Sería esto el peor escenario de todos?
Sí, para obtener el poder, ya sea legalmente o ilegalmente, se requiere haber dejado en el camino gran parte del propio bagaje ideológico y haberse desecho de todos los escrúpulos morales. Y luego, una vez en el poder, el gran problema es cómo permanecer ahí. Se requiere crear un interés compartido en el nuevo estado de las cosas y adjuntar a aquellos en el gobierno a una nueva clase privilegiada, y suprimir todo tipo de oposición mediante todos los medios posibles. Quizás en nombre del interés nacional, pero siempre con resultados destructores de la libertad.
Un gobierno establecido, fundado sobre el pasivo consenso de la mayoría y fuerte en números, en tradición y en el sentimiento —a veces sincero— de estar en lo cierto, puede dar algo de espacio a la libertad, al menos por tanto como las clases privilegiadas no se sientan amenazadas. Un nuevo gobierno, que dependa del apoyo solamente de una a menudo escasa minoría, está obligada por necesidad a ser tiránica.
Se requiere solamente pensar qué hicieron los socialistas y comunistas cuando llegaron al poder, o bien traicionando sus principios y a sus camaradas o enarbolando colores en nombre del socialismo y el comunismo.
Es por esto que no estamos ni por el gobierno de una mayoría ni por el de una minoría; ni por la democracia ni por la dictadura.
Estamos por la abolición del gendarme. Estamos por la libertad de todos y para el libre acuerdo, que estará ahí para todos cuando nadie tenga los medios para forzar a otros, y todos estén involucrados en el buen concurso de la sociedad. Estamos por la anarquía.
[Tomado de http://es.theanarchistlibrary.org/library/errico-malatesta-ni-democratas-ni-dictadores-anarquistas.]
Teóricamente, ‘democracia’ significa gobierno del pueblo; gobierno de todos para todos mediante los esfuerzos de todos. En una democracia el pueblo deben poder decir lo que desee, nominar a los ejecutores de sus deseos, monitorear su actuar y removerlos cuando sea adecuado.
Naturalmente esto presume que todos los individuos que componen un pueblo tienen la capacidad de formar una opinión y expresarla respecto a todos los temas que les interese. Implica que todos son política y económicamente independientes y por lo tanto nadie, para vivir, estaría obligado a someterse a la voluntad de otros.
Si existen clases e individuos que son privados de los medios de producción y por ende dependientes de otros con el monopolio sobre esos medios, el así llamado sistema democrático puede solamente ser una mentira, que sirve para engañar a las masas del pueblo y mantenerlas dóciles con un aspecto externo de soberanía, mientras el gobierno de la clase privilegiada y dominante está de hecho siendo salvaguardado y consolidado. Tal es la democracia y tal ha sido siempre en la estructura capitalista, sea la forme que tome, desde la monarquía constitucional hasta el así llamado gobierno directo.
No podría existir una cosa llamada democracia, un gobierno del pueblo, más que en un régimen socialista, cuando los medios de producción y de vida están socializados y el derecho de todos a intervenir en los asuntos públicos corrientes se basa y se garantiza en la independencia económica de cada persona. En este caso parecería que el sistema democrático fuese el más capaz de garantizar la justicia y de armonizar la independencia individual con las necesidades de la vida en sociedad. Y así les parecía, más o menos claro, a aquellos que, en la era de los monarcas absolutos, lucharon, sufrieron y murieron por la libertad.
Pero el hecho es que, mirando las cosas como realmente son, el gobierno de todo el pueblo resulta ser una imposibilidad, debido al hecho de que los individuos que conforman el pueblo tienen opiniones y deseos diferentes y nunca, o casi nunca ocurre, que en algún asunto o problema puedan todos estar de acuerdo. Por lo tanto el ‘gobierno de todo el pueblo’, se hemos de tener gobierno, puede como mucho ser solo el gobierno de la mayoría. Y los demócratas, ya sean socialistas o no, están dispuestos a concordar. Añaden, es cierto, que se deben respetar los derechos de las minorías; pero ya que es la mayoría la que decide cuáles son estos derechos, resulta que las minorías solo tienen el derecho a hacer lo que la mayoría quiere y permite. El único límite a la voluntad de la mayoría sería la resistencia, y esto lo saben las minorías y pueden levantarla. Esto significa que siempre habría una lucha social, en la que una parte de los miembros, bien sea la mayoría, tiene el derecho a imponer su propia voluntad sobre los demás, enyugando los esfuerzos de todos para sus propios fines.
Y aquí haría un alto para mostrar cómo, en base al razonamiento respaldado por la evidencia de los eventos pasados y presentes, ni siquiera es verdad que donde hay gobierno, llámese autoridad, aquella autoridad resida en la mayoría y cómo en realidad toda ‘democracia’ ha sido, es y debe ser nada menos que una ‘oligarquía’ — un gobierno de los pocos, una dictadura.
Pero, para propósitos de este artículo, prefiero vagar por el lado de los demócratas y asumir que pueda realmente haber un verdadero y sincero gobierno de la mayoría.
Gobierno significa el derecho de hacer la ley y de imponerla sobre todos por la fuerza: sin una fuerza policial no hay gobierno.
Ahora, ¿puede una sociedad vivir y progresar pacíficamente para el bien mayor de todos, puede adaptarse gradualmente a las circunstancias siempre cambiantes si la mayoría tiene el derecho y los medios para imponer su voluntad por la fuerza sobre las minorías recalcitrantes?
La mayoría es, por definición, retrógrada, conservadora, enemiga de lo nuevo, aletargada de pensamiento y acción y al mismo tiempo impulsiva, inmoderada, sugestionable, simplista en sus entusiasmos e irracionales temores. Toda nueva idea brota de uno o unos pocos individuos, es aceptada, si es viable, por una minoría más o menos cuantiosa y conquista a la mayoría, si es que ocurre, solo después de haber sido sustituida por nuevas ideas y nuevas necesidades y ya se ha vuelto obsoleta y quizás un obstáculo, en vez de un estímulo al progreso.
Pero ¿queremos, entonces, un gobierno de la minoría?
Ciertamente no. Si es injusto y dañino que una mayoría oprima minorías y obstruya el progreso, es aún más injusto y dañino que una minoría oprima a toda la población o imponga sus propias ideas por la fuerza, las que aún si son buenas excitarían repugnancia y oposición por el hecho de ser impuestas.
Y luego, no debemos olvidar que existe todo tipo de minorías distintas. Hay minorías de egoístas y villanos como las hay de fanáticos que se creen poseedores de la verdad absoluta y, en perfecta buena fe, buscan imponer a los demás lo que ellos sostienen que es la única vía a la salvación, aún si es una simple estupidez. Hay minorías de reaccionarios que buscan darle la espalda al reloj y están divididos respecto a los caminos y límites de la reacción. Y hay minorías de revolucionarios, también divididos respecto a los medios y fines de la revolución y sobre la dirección que el progreso social ha de tomar.
¿Qué minoría debiese asumir?
Este es un asunto de fuerza bruta y capacidad para la intriga, y las probabilidades de que el éxito caiga a la más sincera y más devota al bien general no son favorables. Para conquistar el poder se requieren cualidades que no son exactamente aquellas que se requieren para asegurar que la justicia y el bienestar triunfen en el mundo.
Pero he de continuar dando a los demás el beneficio de la duda y asumir que una minoría llegase al poder y que, entre aquellas que aspiran al gobierno, yo considerara la mejor por sus ideas y propuestas. Quiero asumir que los socialistas llegaran al poder y añadiría, también los anarquistas, si no se me previene por una contradicción en los términos.
¿Sería esto el peor escenario de todos?
Sí, para obtener el poder, ya sea legalmente o ilegalmente, se requiere haber dejado en el camino gran parte del propio bagaje ideológico y haberse desecho de todos los escrúpulos morales. Y luego, una vez en el poder, el gran problema es cómo permanecer ahí. Se requiere crear un interés compartido en el nuevo estado de las cosas y adjuntar a aquellos en el gobierno a una nueva clase privilegiada, y suprimir todo tipo de oposición mediante todos los medios posibles. Quizás en nombre del interés nacional, pero siempre con resultados destructores de la libertad.
Un gobierno establecido, fundado sobre el pasivo consenso de la mayoría y fuerte en números, en tradición y en el sentimiento —a veces sincero— de estar en lo cierto, puede dar algo de espacio a la libertad, al menos por tanto como las clases privilegiadas no se sientan amenazadas. Un nuevo gobierno, que dependa del apoyo solamente de una a menudo escasa minoría, está obligada por necesidad a ser tiránica.
Se requiere solamente pensar qué hicieron los socialistas y comunistas cuando llegaron al poder, o bien traicionando sus principios y a sus camaradas o enarbolando colores en nombre del socialismo y el comunismo.
Es por esto que no estamos ni por el gobierno de una mayoría ni por el de una minoría; ni por la democracia ni por la dictadura.
Estamos por la abolición del gendarme. Estamos por la libertad de todos y para el libre acuerdo, que estará ahí para todos cuando nadie tenga los medios para forzar a otros, y todos estén involucrados en el buen concurso de la sociedad. Estamos por la anarquía.
[Tomado de http://es.theanarchistlibrary.org/library/errico-malatesta-ni-democratas-ni-dictadores-anarquistas.]
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