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jueves, 28 de enero de 2021

Impronta anarquista en el grafiti

 

Rock Blackbloc

 

* Fragmentos  de una reflexión más extensa de un artista de la calle sobre este tema.

 

Si hablamos del Grafiti, como manifestación artística, lo primero que debemos hacer es excluir de la misma un segmento de esta actividad, porque gran parte del grafiti no tiene interés estético, ni vocación artística alguna. Todo lo que se pinta en los muros no es arte. Lo primero que ha de tener es voluntad de serlo. Una pintada de las de toda la vida no es arte, puede llegar incluso a ser poesía callejera, pero no es arte, es protesta. Y esto hay que respetarlo porque en su propia definición, a un nivel ortodoxo, el grafiti se considera como un movimiento contracultural en el que, a veces, impera más la cantidad que el contenido.

 

Hay que tener en cuenta que el grafiti, como tal, empieza por poner el nombre, con «letra de palo», sin pretensión estética alguna. Estamos hablando del New York de principios de los setenta. Luego fue esa virtud que, como arma de doble filo, tiene el ser humano la que le hizo evolucionar hacia otras tipologías que nacen de la expresión innata e intrínseca, incluso instintiva, de su creatividad. Hoy esa diversidad ha hecho un recorrido tan amplio que incluso nos obliga a huir de la idea de que el Grafiti es una actividad pictórica. El abanico de las intervenciones va añadiendo más y más posibilidades y parece no tener fin: Incrustar, proyectar, inserir, rascar… Y de aquí nace precisamente un primer punto de fricción. Una parte de las grafiteras y grafiteros, los más ortodoxos, consideran que el Grafiti nada tiene que ver con el Street Art, Muralismo o como se le quiera definir, porque ese movimiento nace del momento en el que un miembro de la sociedad decide bombardear -se dice asíla ciudad con su firma en un intento que tiene más de autoafirmación que de acción artística.

 

Ahí aparecen las crews, las batallas entre ellos y toda una serie de códigos no escritos, muchas veces exaltados, que son los que enmarcan esta actividad. Es algo que ha quedado siempre al margen de los movimientos culturales que definen la imagen hegemónica de una ciudad. Parte del Grafiti no ha hecho nada por ocupar un lugar en ese sector. Pero otros, partiendo de él, han desarrollado piezas con otra intencionalidad que podemos enmarcar dentro de la creatividad artística. Es en esa transición, cuando los1 artistas que vienen de ese entorno han sentido la necesidad de acuñar nuevos términos como postgrafiti o muralismo contemporáneo que utilizamos hoy, sin un consenso absoluto de uso.

 

Hay un gran sector de gente que está tomando los muros como soporte y que saben que lo que hacen no se le puede llamar grafiti, pero también son conscientes de que han bebido estética y culturalmente de ese movimiento y, esa dualidad, supone también una controversia. El grafiti se siente acorralado y les ofende que haya grafiteros que no sean tan ortodoxos y cataloguen su obra como Street Art. Eso explica, por ejemplo, acciones como la de «bombardear» con la frase si es legal, no es grafiti una iniciativa del Ayuntamiento de Barcelona para decorar las persianas de un mercado.

 

Una zona de tensión que quizás tenga que ver más con la beligerancia de individuos concretos que con la colectividad en sí porque también hay muchas personas, que se consideran grafiteras, y que saben ubicar perfectamente sus otras actividades o que, como en mi caso, trata de encontrar puntos de consenso para compartir la calle sin que eso suponga hacerlo desde la hostilidad.

 

Muchas veces, las vecinas y vecinos te dicen: «Eso que tú pintas sí es bonito, no como los grafitis» y entonces tienes que hacer pedagogía y explicar a la gente que la ciudad está llena de inputs gráficos, la mayoría de ellos comerciales, sexistas, patriarcales y capitalistas que nos bombardean a cada minuto y, sin embargo, sólo nos fijamos en los que tienen que ver con los individuos que han decidido plasmar ahí su firma.

 

Visiones y posicionamientos los hay para todos los gustos. Un día, hablando con un estudioso del grafiti, le planteaba que, como expresión, tenía algo de antiautoritario y antisistema porque tomaba la calle sin pedir permiso y él, quizás para provocarme, me respondía: «Pero, qué dices, si el grafiti es capitalismo en estado puro, si es una cuestión de producción, de bombardeo, de superación, de competición…» y quizás, lo que sucede es que, tristemente, el grafiti puede tomar cualquiera de estas caras y muchas más.

 

El grafiti ortodoxo, se enmarca y tiene todo su sentido y esplendor, en espacios marginales. Otra cosa es que el capitalismo lo esté fagocitando, domesticando y, una vez digerido, lo escupa otra vez en forma de distintas manifestaciones descafeinadas como son algunas de las vertientes más extremas del Street Art.

 

Este ejemplo me parece plenamente significativo de este proceso digestivo. Hace un par de años se emprendió una campaña viral que emplazaba a la ciudadanía a acudir a unas cocheras de Madrid en las que iban a participar algunos de los mejores muralistas del estado español y que acabó siendo una campaña de marketing para presentar un nuevo modelo de BMW. Y es que, el neoliberalismo, lo traga todo y es capaz de sacar beneficio económico de la cosa más insólita.

 

Grafiti y anarquismo

En la propia esencia del grafiti hay una posición y una actitud antiautoritaria, antagonista, autónoma, antifascista, antirracista… Muchos de los elementos que definen y son intrínsecos al imaginario libertario. Pero tampoco debemos hacer del arte un absoluto. Hay anarquistas en todo tipo de profesiones y, quienes son artistas, ahí vuelcan sus convicciones, y lo dejan entrever igual que lo hacen los paletas, escritoras o músicos. Ahora bien, que se proyecten hacia afuera y se reivindiquen como libertarios/as es otro cantar. Dentro del mundo del grafiti Grafiti de Rock Blackbloc: Kasa de la muntanya sí lo han hecho pero no creo que se pueda generalizar ni se deba ir más allá porque es un ámbito de manifestación artística muy diverso.

 

El muralismo siempre ha sido un recurso y una herramienta que han usado todos los movimientos revolucionarios y, en particular, el anarquismo. Todos los desposeídos han encontrado en los muros un vehículo de comunicación para ensalzar ciertos valores marginalizados. Sirva como ejemplo la bonita historia de Helios Gómez. Un gitano artista y anarquista -una combinación fantástica y maravillosa-, con una biografía tremenda que culmina con un pleito contra la Consellería de Justicia por restaurar una capilla en la cárcel.

 

Un artista se nutre de inquietudes y necesidades por lo que resulta difícil generalizar los vínculos entre grafiti y anarquismo. Quien está impregnado/a de ambiciones con connotaciones de contrapoder que tiene el añadido de una acción creativa y liberadora. Posee un ingrediente de democracia en el mejor sentido de la palabra en cuanto que el acceso al muro no está privilegiado. Yo he visto gente con 20 años de experiencia y una gran proyección internacional pintando al lado de un chaval de 15 que está haciendo su segundo grafiti y eso, en sí mismo, me parece revolucionario.

 

Aunque, para ser justo, debo decir que muchas veces no se es consciente de esa acción política o, al menos, no es reivindicada, ni se sustenta en una voluntariedad. Supongo que, además, habría quien, si fuera consciente de ese significado, no lo defendería. De hecho, hay gente que hace una lectura distinta y lo percibe como una actuación invasiva y de falta de respeto. Hay quienes lo perciben como esa exaltación de la individualidad mal entendida del «todo empieza y acaba en mí mismo», sin ningún respeto por el entorno, por la comunidad o por el resto de congéneres. Como tampoco podemos olvidar ese componente competitivo ni el hecho de que haya intervenciones tan sexistas como las de cualquier anuncio publicitario. Y, en esos casos, tiene poco de revolución social y mucho más de subproducto de esta sociedad.

 

Por mi parte, sigo defendiendo un combate contra el gris, simbolizando en él esa manifestación del capitalismo que hace de la ciudad un ámbito aséptico y convierte a sus ocupantes en borregos, trabajadores y clientes. Sigo reivindicando esas acciones en la calle que no requieren pagar entrada y que sólo exigen salir y pasear por el barrio para sentir que, así como en el mayo del 68 se pedía pan y orgasmo, el arte forma parte de la vida y nos permite interpelar y convertir nuestro entorno en algo propio donde expandirnos, crear, expresarnos… Porque creo que, en la acción artística, en la toma de la creatividad sin limitaciones ni compraventas, hay algo de liberación individual y personal, ¡vamos a hacerlo juntas! Dentro del espacio público tiene que haber de todo: espacios históricos, de conservación, zonas limpias… pero la ciudad también genera lugares en los que un aporte de color y el uso de esos muros de forma creativa, no práctica, constituye una mejora en lo social.

 

Desgraciadamente hay muchos ámbitos de esta sociedad en los que reivindicar, pero también sé que cada época tiene unos que son más pujantes y determinan una posición personal y de entorno en función de con cuál de ellos te sientes más sensibilizado. Ahora bien, a fuerza de ser sincero, difiero de la supuesta desestabilización que esas manifestaciones artísticas hacen del mercantilismo. Daniel Sorando en First we take Manhattan habla de la gentrificación, de la destrucción creativa de las ciudades. Sin embargo, el emblemático Wynwood Walls es un buen ejemplo de que desestabiliza más el mercado del arte a la creatividad que a la inversa. Wynwood es el paradigma de la gentrificación, no como proceso lento y paulatino, sino especulativo. Un modelo para muchas ciudades que proyectan hacia afuera un muralismo y un grafiti totalmente inserido en el mercado del arte.

 

Un tema, inherente a esa transformación social, en el que es necesario incidir, es el de la legalidad, para aceptarla o cuestionarla. El planteamiento es muy simple: ¿Hasta qué punto respetas la autoridad? Como miembro del movimiento insumiso, siempre he reivindicado el derecho, no sólo a cometer una ilegalidad, sino a intentar forzar con esa acción un cambio de leyes, incluso la disolución del Estado.

 

Cuando he ocupado una casa me he sentido perfectamente legitimado para allanar una propiedad privada y, por tanto, cometer un delito de mayor o menor gravedad. El tema no es si el grafiti es legal o ilegal, sino en qué contexto se hace. A nivel individual, lo importante es sentirte legitimado, sentir que no estás siendo irrespetuoso al invadir un espacio. Otra cosa es que esa decisión se tome de forma colectiva. Ahí lo importante es asumir la parte de responsabilidad que conlleva esa decisión colectiva.

 

Ahora bien, una cosa es la legitimidad y otras las leyes. En Barcelona el Ayuntamiento ha utilizado el grafiti para hablar de la multiculturalidad en algún anuncio de la ciudad y, sin embargo, si no pintas en las zonas habilitadas te arriesgas a que te multen, poniendo en uso esa doble moral de «te persigo y te censuro, pero… si empiezas a brillar te convierto en una medalla que poder colgarme».

 

¿Quo vadis grafiti?

La aceptación del grafiti como fenómeno urbano ha ido aumentando a lo largo del tiempo. Ahora bien, una cosa es la opinión pública y otra la opinión publicada. Una cosa es el modelo hegemónico, que se proyecta como único e incuestionable y, otra, que debajo haya tantos matices y formas de entender las cosas que quede completamente eclipsado. El poder ha pretendido siempre asociar grafiti y rechazo social pero, ese rechazo no se transmite a pie de calle ni es extensible a todo el grafiti. De hecho, hay mucha gente que celebra las intervenciones en el espacio público y las recibe con mucho más entusiasmo de lo que esa proyección hegemónica pretende afianzar. En New York, por ejemplo, antes de que el alcalde Giuliani, desarrollara un trabajo encubierto para convertir el grafiti en algo sucio, sinónimo de deterioro, el grafiti no suponía un problema para nadie. No sólo eso, la ciudadanía aplaudió los primeros grafitis que se hicieron en los trenes.

 

Por otra parte, las redes sociales han sido un detonante indiscutible de este movimiento artístico al tiempo que convertían en un sprint una pausada evolución. La posibilidad de saber instantáneamente lo que está pasando en cualquier parte del mundo ha creado una comunidad de intereses que comparte tus inquietudes, pero eso hace que se pinte un mural más pensando en la foto y en los like que en los vecinos que están a pie de calle. Pero, por contra, esas mismas redes nos proyectan como artistas más allá del entorno inmediato sin tener que depender de intermediarios/as o de una compleja infraestructura para darte a conocer.

 

El grafiti que ya es muy distinto de cómo nació, seguirá evolucionando y lo hará incluso en el purismo más extremo, simplemente porque está vivo y en movimiento pero, sobre todo, porque nace de esa necesidad instintiva, tan intrínseca y primaria, como es marcar el propio terreno y colonizarlo. Y eso no se puede interpretar de forma peyorativa. Lo que hace es usar el espacio público como parte y extensión de uno mismo, como una forma de entender la ciudad como espacio compartido. No nos atribuye un derecho, lo evidencia. Y, al igual que cuando te alojas en una pensión no te preocupas de dejar tu huella en ella, sí lo haces cuando el lugar en el que habitas lo incorporas a ti con una actitud de permanencia. El problema nace de que esa imagen hegemónica del paradigma del buen ciudadano/a que tiene más de moralista y cliente que de miembro activo de esa comunidad.

 

El grafiti es, tan intrínsecamente humano, que intentar acabar con él es como intentar atrapar la atmósfera en una bolsa de papel.

 

[Tomado de un articúlo más extenso de igual título, publicado en la revista Libre Pensamiento # 104, Madrid, otoño 2020. Número completo accesible en http://rojoynegro.info/sites/default/files/AAFF_LP%20N%C2%BA%20104_Web.pdf.]

 


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