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miércoles, 30 de diciembre de 2020

2020, cuando se derrumbaron los mantras y dogmas de la economía

 

Yago Álvarez
 
Repetir una y otra vez hasta que las suposiciones se conviertan en dogmas. Aplastar el conocimiento y la imaginación machacando con que there is no alternative. Tratar como locos o ignorantes a todo aquel que se descarrile de la ortodoxia que ellos mismos han convertido en ley divina. Y, si esas supuestas normas inviolables fallan, pues se le echa la culpa a las “externalidades”, o sea, se exculpa de todo error y pecado a sus métodos y recetas: si la mano invisible no funciona es porque no le dejan. Así se ha fraguado la corriente económica dominante de las últimas décadas y todo el tinglado financiarizado al servicio del capital que se ha construido sobre él. Pero el 2020 lo ha cambiado todo.

viernes, 5 de julio de 2019

El discurso barato del emprendimiento



Agustín Franco M.

Emprender para qué, en qué, de qué manera? Si se trata de emprender bajo las reglas del capitalismo, esto es, para explotar al prójimo, lo mejor sería abstenerse. Ahora bien, si se trata de emprender un viaje a vida o muerte en patera para buscar una vida mejor, ¿por qué los primeros, llamados empresarios, son más alabados y celebrados que los segundos, a los que se tilda de lo peor?

Más aún, ¿por qué son menos emprendedores los jóvenes que se marchan de su país a buscarse la vida por causa de las políticas conservadoras y neoliberales?, ¿por qué son menos emprendedores los trabajadores que luchan por sus derechos o contra un ERE [Expediente de Regulación de Empleo, mecanismo para despedir trabajadores utilizado por los capitalistas ibéricos]?, ¿por qué son menos emprendedoras las mujeres que cargan con las responsabilidades laborales y familiares? ¿De qué emprendimiento hablamos?

lunes, 24 de junio de 2019

Capitalismo hoy: La nueva esclavitud por deudas



Enrico Voccia (periódico Umanita Nova)

La esclavitud antigua y moderna

De todas las formas de dominación del hombre por el hombre, la esclavitud es ciertamente la más odiosa desde el punto de vista moral: un ser humano se convierte literalmente en una cosa, una herramienta de trabajo de propiedad permanente de otro ser humano, en un proceso de degradación absoluta. Es cierto que, como señala Hegel, [1] la cosifición del ser humano siempre está presente de alguna manera en cada relación jerárquica en la que algunos pueden obligar a otros a trabajar para su beneficio, apropiándose del producto del trabajo ajeno, pero en el caso de la subordinación esclavista, esta sujeción es personal, total y permanente, sin mencionar el hecho de que la construcción también está sancionada a nivel de representación jurídica y social. Una persona es un trabajador, un granjero, un maestro, etc. Mientras que un individuo reducido a este estado de subordinación no es sólo un esclavo, es también una herramienta, como el martillo aunque no simplemente una herramienta, pues sigue siendo un ser, con su personalidad que no está sólo en las tareas que tiene que realizar, diferenta del martillo. cuya esencia solo está en su tarea

domingo, 5 de mayo de 2019

Debate (A): ¿No es el dinero un objeto?


Mike Peters

El dinero no es imaginario: parece ser tan objetivo como un muro de hormigón, pero esta objetividad es social. No tiene nada que ver con la forma sólida de las monedas, sino en última instancia con la solidaridad de la burguesía. Cuando la sociedad es burguesa, el poder del dinero equivale al poder concentrado de la burguesía. El cadáver de Marx ha vuelto como un aparecido para atormentarnos en el presente.

La tan cacareada ‘inmaterialidad’ del dinero no afecta a aquellos que nunca tienen suficiente para sus necesidades. Si no existe tal cosa, ¿cómo puede estar distribuida tan desigualmente? Su presencia fantasmagórica espanta a todos los que no pueden comprender su funcionamiento, es decir, a casi todo el mundo incluyendo a los supuestos expertos. Su ausencia fantasmal está provocando actualmente la misma consternación (¿dónde ha ido a parar?). Cualquiera que se tome en serio la idea de que el dinero ‘no tiene sustancia’, o que finja hacerlo, nunca podrá comprender el capitalismo, porque toda la gente actúa exactamente de la forma opuesta: esta sociedad se imagina que el dinero es la única cosa realmente vital de la que depende el resto de la creación, pues al convertirse en la vara de medir general se ha vuelto más importante que las cosas que mide. No es ilusión, la locura es que haya que darse cuenta de que es demasiado real.

martes, 1 de mayo de 2018

Bitcoin y criptomonedas: ¡Es el mercado capitalista, estúpido!



Periódico Todo por Hacer

*Aunque el Bitcoin no es algo nuevo, nació en 2009, es desde hace aproximadamente un año que comenzó “la fiebre” de esta criptomoneda, y de muchas otras.

Las criptomonedas son monedas digitales, no respaldadas ni avaladas por una entidad oficial que centralice su política económica. Es decir, no existe un Banco Central que regule su emisión y/o valor. El valor depende de varias variables, pero al final es un mercado libre, basado en oferta y demanda, el que autorregula el valor. La tecnología en la que se basan las criptomonedas es la conocida como Blockchain, o Cadena de Bloques. Esta tecnología garantiza la seguridad de las transacciones y la no falsificación de la moneda. Básicamente, la cadena de bloques es una serie de algoritmos que se generan en cada transacción y que deben ser resueltos para confirmar un intercambio. Y aquí es donde entra el último factor clave dentro de las criptomonedas: los Mineros. Sí, al igual que el oro se extraía picando en una mina, en las criptomonedas se realiza este símil pero en versión digital. Los mineros son los ordenadores encargados de descifrar la cadena de bloques, resuelven los algoritmos, y al resolverlos se quedan con una pequeña recompensa.

viernes, 9 de marzo de 2018

Perspectivas libertarias en economía: Muchos apellidos y un objetivo común





Salvador Pérez

Los innumerables adjetivos que ponemos al término economía, buscando con ello encontrar y definir modelos alternativos que abran nuevas líneas de comprensión de este concepto y que den algo de luz al negro túnel en el que el capitalismo neoliberal nos ha metido a todas, son un síntoma más de la necesidad del encuentro de nuevos espacios de vida, que se presenten como alternativas a este insostenible sistema.

La mera acumulación de riquezas, haciendo caso omiso a las señales de alarma por sobreexplotación que el planeta nos envía, y el hecho de ignorar la parte reproductiva de la vida en sus principios de funcionamiento, forman parte de las múltiples realidades en base a las cuales se concluye, sin miedo a equivocarse, que el capitalismo no funciona, la vida es otra cosa. Pese a la claridad con la que muchas personas observamos la podredumbre social y ambiental con la que el capitalismo impregna todos los espacios que ocupa, esta visión no es la mayoritaria y dificulta un cambio, imprescindible, hacia otro modo de comprender la economía.

sábado, 27 de enero de 2018

Anarquismo y Economía: Lo que debe saberse (y se suele ignorar o falsificar)



Redacción

Entre los lugares comunes más frecuentes al querer rebatir al anarquismo, está lo referido a atribuirle bien sea la ausencia de propuestas económicas con algún grado de racionalidad, o si acaso sostener acusarle de ideas absurdamente quiméricas o del todo desajustadas frente a la complejidad de los temas económicos. Quienes esgrimen tales alegatos ignoran -o pretenden hacerlo- la riqueza y diversidad que ayer y hoy han caracterizado a los planteamientos en este ámbito.

Como continuamente dicho tema sale a debate, en este blog no podiamos ser ajenos alno es  mismo, así que nos interesamos en dar difusión a documentos que exponen lo que desde el anarquismo se propone y práctica en cuanto a Economía, donde entre otras cosas se busca dejar en claro que, como teoría y acción, hay continua renovación y actualización en un ideal que genera propuestas coherentes frente a las circunstancias y problemas contemporáneos.

martes, 19 de enero de 2016

Finanzas, economía real y políticas económicas

Francesco Mancini
En el análisis de las variables económicas, se distingue entre breve y largo plazo, y entre economía real y economía monetaria. Lo que cuenta en la economía real y de largo plazo son las dotaciones de capital fijo, la capacidad productiva de los diversos sectores del sistema económico, el estado de los conocimientos científicos y de las aplicaciones tecnológicas, y los precios relativos, es decir, las relaciones de intercambio entre los bienes.

Tales factores, con la tasa de interés y el nivel medio de beneficio, constituyen las condiciones de oferta y determinan los costes de los bienes y servicios producidos y prestados por las empresas. Pero en la vida de las personas, es decir, en el mundo real, en las empresas y el sistema socio-económico, existe solo el plazo corto y las referencias son los precios absolutos, o sea, monetarios, y los medios dinerarios disponibles. El corto plazo indica una inestabilidad perenne, incertidumbre, mutabilidad y variaciones continuas, a menudo imprevistas e impredecibles en tiempo útil del nivel de precios, de la cualidad y cantidad de los bienes y servicios adquiridos y de la disponibilidad de los réditos y del poder adquisitivo, es decir, de los medios dinerarios, crediticios y financieros disponibles.

martes, 12 de enero de 2016

Nacionalizar o privatizar: La misma cara de la misma moneda


Black Blog

¿Cuál es el dilema? Piénsalo bien: ambas opciones forman parte de la misma cara de una moneda. La misma cara de quienes administran y regulan lo trabajado por otros, y en la cual se fabrican los monopolios contra los que tú no podrás intervenir nunca.

Y tú te encuentras justo al otro lado, en donde se te extrae buena parte de lo trabajado y se te limita la propia labor que desempeñes. Esa cara oculta en la cual no se nos permite, por ley, decidir sobre nuestros propios asuntos, ya que éstos son bien de gestión exclusiva bien del Estado, o bien de las empresas a las que se haya concedido el privilegio de acaparar determinados servicios.

domingo, 12 de julio de 2015

Dos notas sobre la actual crisis económica griega


Grecia: Cuando un NO, se transforma en SI

J.R. López Padrino

La crisis de la deuda soberana de Grecia tuvo su comienzo a finales del año 2008, fue una de las primeras crisis de la deuda soberana que afectó la eurozona. Luego de un primer y un segundo  “rescate” realizado por la “Troika” (Unión Europea, Banco Central Europeo y FMI), que se tradujeron en políticas de austeridad (reducción salarial y pensionados, despido de funcionarios y aumento de los impuestos), Grecia se ve inmersa en una nueva crisis que puede conducir al colapso de su economía. Crisis que tiene potencialmente repercusiones económicas y geopolíticas que trascienden más allá de sus fronteras. En lo económico podría afectar la estabilidad de las economías de otros países de la Eurozona, e indirectamente la salud financiera de los EEUU. En lo geopolítico su salida de la Eurozona podría fortalecer la posición de Rusia que siempre ha considerado los Balcanes como un objetivo natural.

viernes, 27 de marzo de 2015

PHB: El Producto Humano Bruto


James C. Scott

¿Qué pasaría si planteáramos otro tipo de pregunta sobre las instituciones y actividades, una que no fuera la clásica y rígida pregunta neoclásica de cuán eficientes son dichas instituciones y actividades con relación al coste (es decir, recursos, mano de obra, y capital) por unidad de un producto dado y específico? ¿Y qué pasaría si preguntáramos qué tipo de personas engendraría una determinada actividad o institución? Quiérase o no, cualquier actividad o institución que podamos imaginar, sin importar cuál sea su propósito manifiesto y declarado, también transforma a las personas.

¿Qué pasaría si decidiéramos dejar en un segundo plano el propósito manifiesto de una institución y la eficacia con la que se consigue dicho propósito y preguntáramos cuál es su producto humano? Hay muchas formas de evaluar los resultados humanos de las instituciones y de las actividades económicas, y es poco probable que pudiéramos concebir un instrumento de medida completo y convincente de, pongamos por caso, el PHB, producto humano bruto, que fuera comparable al PIB, producto interior bruto que los economistas miden en unidades monetarias.

Si, sin intimidarnos ante estas dificultades, decidiéramos intentarlo, podríamos, creo, identificar dos posibles enfoques: uno que pudiera calibrar en qué medida el proceso de trabajo amplía la capacidad y la competencia humanas, y un segundo que fundamentara la evaluación en la valoración de los propios trabajadores de su propia satisfacción. El primero puede medirse, al menos en principio, en términos ordinales de «más o menos».

¿Qué pasaría si le aplicáramos a la cadena de montaje industrial los criterios para medir la capacidad y la competencia humanas? Después de pasar cinco o diez años en la cadena de montaje de Lordsville, en River Rouge, ¿cuáles son las probabilidades de que la capacidad y la competencia técnica de un trabajador se hubieran incrementado de forma significativa? Apenas ninguna. De hecho, el objetivo final del análisis del proceso de fabricación (tiempo y movimiento) tras la división del trabajo en la cadena de montaje era el de dividir el proceso de trabajo en miles de minúsculos procedimientos que pudieran ser aprendidos con facilidad. Estaba deliberadamente concebido para eliminar el conocimiento y la destreza artesanal, y el poder que dicho conocimiento y destreza les confería a los obreros y que había caracterizado a la época de la construcción de carruajes. La cadena de montaje se basaba en la premisa de una plantilla estandarizada y sin formación en la que una «mano» podía ser sustituida por cualquier otra sin ningún problema. En otras palabras, dependía de lo que uno podría legítimamente describir como la «estupidización» de la mano de obra. Si por un casual un obrero ampliaba su capacidad y sus conocimientos técnicos, o bien lo hacía durante su tiempo libre o bien, algo que no deja de ser perverso, lo hacía ingeniando astutas estrategias para frustrar las intenciones de la dirección, y eso es lo que ocurrió en Lordsville. No obstante, si estuviéramos puntuando el trabajo de la cadena de montaje según el grado en el que sirviera para incrementar la capacidad, las aptitudes y el conocimiento humanos, recibiría un suspenso, sin importar su grado de eficacia en la producción de automóviles. Hace más de un siglo y medio, Alexis de Tocqueville, comentando el ya clásico ejemplo de Adam Smith con respecto a la división del trabajo, se hizo la pregunta esencial: «¿Qué podemos esperar de un hombre que ha pasado veinte años de su vida fabricando cabezas de alfiler?».

En economía existe un concepto denominado «renta de Hicks», que lleva el nombre del economista británico John Hicks. Dicho concepto representaba una primera versión de la economía del bienestar, en la que la renta de Hicks se incrementaba solo si los factores de producción, tierra y mano de obra en particular, no se degradaban durante el proceso. Si se degradaban, significaba que el siguiente ciclo de producción empezaría con factores de producción de calidad inferior. Por lo tanto, si una técnica de producción agrícola agotaba los nutrientes del suelo (en ocasiones denominado en inglés soil mining), dicha pérdida se reflejaría en la disminución de la renta de Hicks. De igual modo, se le podrían achacar, hasta este punto, las pérdidas en la renta de Hicks a cualquier forma de producción, por ejemplo la cadena de montaje, que degrade el talento y la capacidad de la mano de obra. Lo contrario también es aplicable. Las prácticas de cultivo que incrementaran sistemáticamente los nutrientes del suelo y mejoraran la condición de la tierra cultivable, o las prácticas de producción que ampliaran las aptitudes e incrementaran los conocimientos de los trabajadores, se reflejarían en un incremento de la renta de Hicks del agricultor o de la empresa. Los cálculos de Hicks incorporaban un factor que los economistas del bienestar denominan externaIidades positiva o negativa, aunque, por supuesto, en muy escasas ocasiones aparecen en los beneficios netos de una empresa.

El término «capacidad» tal como lo hemos utilizado aquí puede ser comprendido de forma restringida o amplia. Considerado de forma restringida con relación a, por ejemplo, los obreros de una planta de producción de automóviles, podría referirse a cuántas «posiciones» en la cadena de montaje han ocupado los trabajadores, si han aprendido a fijar remaches, a soldar, a realizar ajustes de tolerancia y procedimientos similares. En su sentido amplio, puede referirse a si han recibido formación y si han obtenido las cualificaciones necesarias para ocupar un puesto de trabajo que exija más conocimientos técnicos o de gestión, si han adquirido experiencia cooperativa en la organización del propio proceso de trabajo, si se ha fomentado su creatividad, si han aprendido las técnicas de negociación y de representación en el trabajo. Si sometiéramos la cadena de montaje al examen que evalúa la capacidad ampliada de la ciudadanía democrática, quedaría patente que la cadena de montaje es un entorno intensamente autoritario donde las decisiones las toman los ingenieros y donde se espera que las unidades sustituibles de la plantilla hagan el trabajo que tienen asignado de forma más o menos mecánica. Nunca funciona exactamente así, pero esta es la lógica inherente a la cadena de montaje. La cadena de montaje como proceso de trabajo arrojaría un «producto democrático neto» negativo.

¿Qué pasaría si hiciéramos las mismas preguntas sobre la escuela, la institución pública de socialización más importante para los jóvenes en la mayor parte del mundo? La pregunta es aún más pertinente a la luz del hecho de que la escuela pública fue inventada más o menos al mismo tiempo que la gran factoría bajo un único techo, y que las dos instituciones guardan un extraordinario parecido. La escuela era, en cierto sentido, una factoría en la que se impartía la formación básica en los conocimientos mínimos necesarios de cálculo y lectura en una sociedad en vías de industrialización. El personaje de Gradgrind (cuyo nombre significa «triturador de notas»), la caricatura de un director de escuela calculador y amenazante que hace Charles Dickens en Tiempos difíciles, tiene el propósito de recordarnos la factoría: sus métodos de trabajo, su disciplinada rigidez en el empleo del tiempo, su autoritarismo, su reglamentado orden visual, y, sobre todo, la desmoralización y la resistencia de sus diminutos y jóvenes obreros.

La educación pública universal está, por supuesto, concebida para hacer mucho más que limitarse a producir la mano de obra que necesita la industria. Es una institución igual de política que económica. Está concebida para producir un ciudadano patriótico cuya lealtad a la nación triunfe sobre las identidades regionales y locales, el idioma, la etnia y la religión. La ciudadanía universal de la Francia revolucionaria tuvo su contrapartida en el servicio militar obligatorio universal. La fabricación de este tipo de ciudadanos patrióticos a través del sistema educativo se consiguió menos a través del programa de estudios manifiesto que a través del idioma vehicular de instrucción, de la estandarización, y de las lecciones implícitas en materia de reglamentación, autoridad y orden contenidas en dicho sistema.

El sistema moderno de enseñanza primaria y secundaria ha sido muy modificado por las cambiantes teorías pedagógicas y, más especialmente, por la abundancia y por la propia «cultura juvenil », pero es indudable que tiene sus orígenes en la factoría, si no incluso en la prisión. La educación universal obligatoria, por muy democratizadora que pueda ser en cierto sentido, también ha significado que, salvo escasas excepciones, la presencia de los alumnos es obligatoria. El que la asistencia a clase no sea una elección, que no sea un acto autónomo, significa que el sistema parte de un error fundamental como institución obligatoria, con toda la alienación que conlleva esta coacción, en especial en la época de crecimiento de los niños.

La gran tragedia del sistema de educación pública, no obstante, radica en que es, sobre todo, una factoría que produce un único producto. Lo único que han conseguido los esfuerzos de las últimas décadas por estandarizar, medir, examinar y exigir responsabilidades ha sido exacerbar esta tendencia. En el caso de los alumnos, profesores, directores de escuela y distritos escolares enteros, los incentivos resultantes han tenido el efecto de desviar todos los esfuerzos a la producción y modelado de un producto estándar que satisfaga los criterios establecidos por los auditores.

¿Cuál es este producto? Es una cierta forma de inteligencia analítica, de concepción muy estrecha y que, se supone, puede ser medida mediante exámenes. Sabemos, por supuesto, que los seres humanos tenemos muchas competencias que son valiosas e importantes para el buen funcionamiento de una sociedad y que no están relacionadas ni de lejos con la inteligencia analítica, como pueden ser entre otras el talento artístico, la inteligencia imaginativa, la inteligencia mecánica (el tipo de inteligencia que los primeros trabajadores de Ford llevaron consigo desde sus granjas), las aptitudes musicales y para la danza, la inteligencia creativa, la inteligencia emocional, las habilidades sociales y la inteligencia ética. Algunas de estas aptitudes encuentran un lugar en las actividades extraescolares, en especial los deportes, pero no en las actividades que se miden y califican con notas y de las que ahora tanto dependen los alumnos, los profesores y las escuelas. Esta nivelación monocromática de la educación alcanza algo parecido a una apoteosis en sistemas educativos como los que se aplican en Francia, Japón, China o Corea, donde el ejercicio culmina en un único examen del que dependen fundamentalmente la futura movilidad y las oportunidades en la vida de una persona. Aquí, la lucha por conseguir ingresar en las escuelas que tienen mejor reputación, por conseguir horas extras de enseñanza particular y por asistir a cursos especiales acelerados que preparan dicho examen se pone al rojo vivo.

No deja de ser una gran ironía que yo, que escribo esto, y cualquier persona que esté leyéndolo, seamos los beneficiarios, los vencedores, de esta feroz y competitiva lucha. Me recuerda una pintada que vi en una ocasión en un baño de Yale. Alguien había escrito: «Recuerda que aunque ganes esta carrera de ratas ¡sigues siendo una rata!». Debajo, una mano diferente había garabateado una réplica: «Sí, pero eres un ganador».

Los que hemos «ganado» esta carrera somos los beneficiarios de por vida de oportunidades y privilegios que de otro modo no se nos habrían presentado. También es posible que de esta victoria se deriven durante toda nuestra vida la sensación de pertenencia, de superioridad, de haber conseguido algo, y de autoestima. Pongamos entre paréntesis, de momento, la cuestión de si este dividendo está justificado y de lo que realmente significa con relación al valor que nos damos a nosotros mismos y que nos dan los otros, y limitémonos a observar que representa un fondo de capital social que ajusta radicalmente a nuestro favor las posibilidades de movilidad económica y social. Se trata de un privilegio vitalicio que se extiende, como mucho, a tal vez la quinta parte de todos los ciudadanos que produce nuestro sistema.

¿Y qué pasa con el resto? ¿Qué pasa con, digamos, el 80 por 100 de los que a todos los efectos pierden esta carrera? Llevan consigo un capital social menor, y las probabilidades se ajustan en su contra. Tal vez el hecho de que tienen probabilidades de cargar el resto de su vida con la sensación de haber sido derrotados, de ser menos valorados, y de pensar que son inferiores y torpes sea igual de importante. Este sistema ajusta todavía más las probabilidades en su contra. Y sin embargo, ¿tenemos motivos racionales para darle crédito a los juicios de un sistema que valora solo una parte tan restringida de los talentos humanos y que mide el éxito, entre los estrechos límites de este ancho de banda, solo por la capacidad de aprobar un examen?

Las personas que obtienen bajas calificaciones en los exámenes que evalúan la inteligencia analítica pueden estar dotadas de un increíble talento en una o más de las muchas formas de inteligencia que el sistema educativo no enseña ni valora. ¿Qué tipo de sistema es este que desperdicia estos talentos, que hace que las cuatro quintas partes de sus estudiantes salgan de él con un estigma permanente a ojos de los guardianes de la sociedad, y tal vez también a los suyos propios? ¿Se merecen tanto daño y despilfarro social los dudosos beneficios de los privilegios y oportunidades que esta visión pedagógica tan estrecha de miras concede a una supuesta «élite de la inteligencia analítica»?

[Tomado del libro Dos hurras para el anarquismo, accesible en https://red.anillosur.net/file/view/479694/dos-hurras-para-el-anarquismo-seis-ensayos-desenfadados-sobre-autonomia-dignidad-y-el-sentido-del-trabajo-y-el-juego.]


martes, 6 de enero de 2015

La Deuda: Los primeros cinco mil años



David Graeber

A lo largo de sus 5.000 años de historia, la deuda siempre ha involucrado instituciones – ya sea la monarquía sagrada mesopotámica, los jubileos Mosaicos, o la Sharia o ley canónica - – que imponen controles sobre las consecuencias sociales potencialmente catastróficas del endeudamiento.  Es solo en la era actual, escribe el antropólogo David Graeber, que estamos presenciando el primer sistema efectivo de administración planetaria creado en gran parte para proteger los intereses de los acreedores.

Lo que sigue es un fragmento de un proyecto mucho más grande para el estudio de la deuda y el dinero de la deuda en la historia de la humanidad. La primera e irresistible conclusión de este proyecto es que al estudiar la historia económica, tendemos sistemáticamente a ignorar el rol de la violencia, y el papel absolutamente importante que juega la guerra y la esclavitud en la creación y formación de las instituciones fundamentales de lo que ahora llamamos “la economía”. De hecho los orígenes importan. La violencia puede que sea invisible, pero permanece inscrita en la lógica misma de nuestro sentido común económico, en la propia naturaleza aparentemente evidente de instituciones que simplemente no podrían existir fuera del monopolio de la violencia – pero también, la amenaza sistemática de violencia – mantenida por el estado contemporáneo.


Permítanme comenzar con la institución de la esclavitud, que para mí juega un papel clave. A lo largo de la historia, la esclavitud ha sido vista como una consecuencia de la guerra. En ciertas ocasiones los esclavos son en realidad prisioneros de guerra, pero en otras no es así, pero invariablemente la guerra, casi sin excepción, es vista como el fundamento y la justificación de la esclavitud.  Al rendirse, lo que uno hace es entregar su vida; el vencedor tiene el derecho a matarnos, y en muchos casos lo hará. Si decide no hacerlo, uno literalmente le debe la vida; una deuda concebida como absoluta, infinita, irredimible.  En teoría el vencedor puede lograr de uno lo que quiera, y todas las deudas – obligaciones – que uno tiene con otros (sus amigos, familia, antiguas alianzas políticas), o que otros tienen con uno, se consideran como absolutamente ignoradas. La deuda con el nuevo amo, con tu propietario, es lo único que ahora existe.


De este tipo de lógica se derivan dos conclusiones muy interesantes, pero que al mismo tiempo se pueden considerar como diametralmente opuestas. Primero, como todos saben, la compra y venta de esclavos es otra típica – quizás fundamental – característica de la esclavitud. En este caso, la deuda absoluta se transforma (en otro contexto, el del mercado) en algo ya no absoluto. De hecho, se puede cuantificar. Es más, hay buenas razones para creer que fue exactamente esta operación la que hizo posible el surgimiento de la forma contemporánea del dinero. Lo que los antropólogos solían llamar “dinero primitivo”, el tipo que uno encuentra en sociedades sin estado (por ejemplo, las plumas de pájaro en las islas Salomón, el wampum de los iroqueses), antes que para comprar y vender mercadería, se usaba más para concertar bodas, arreglar disputas entre familias, y jugar con otros tipos de relaciones entre personas. Por ejemplo, si la esclavitud es deuda, entonces la deuda puede llevar a la esclavitud. Un campesino babilónico puede haber pagado una cantidad conveniente en plata a sus suegros para oficializar el matrimonio, pero ella de ninguna manera le pertenecía a él. Él no podía comprar o vender a la madre de sus niños. Pero la situación cambiaba completamente si el sacaba un préstamo. Si el entraba en mora, sus acreedores podían, primero, llevarse a sus ovejas y muebles, después, su casa, tierras y huertos, y finalmente, a su esposa, niños e incluso a el mismo, convirtiéndolos en esclavos por deuda hasta que el asunto sea arreglado (lo que naturalmente, pues sus recursos disminuían, se hacía cada vez más difícil).  Es la deuda lo que nos hace posible imaginar al dinero en su sentido contemporáneo, y por lo tanto, también crear lo que ahora nos gusta llamar el mercado:  una plaza donde todo se puede comprar y vender, porque todos los objetos son (como los esclavos) separados de sus antiguas relaciones sociales y existen solo en relación al dinero.


Pero al mismo tiempo la lógica de la deuda como conquista puede, como dije, llevarnos por otro camino. Los reyes, a lo largo de la historia, eran muy ambivalentes en cuanto la lógica de la deuda amenazaba con salirse fuera de control. Esto no implica que eran hostiles al mercado. Al contrario: normalmente lo apoyaban, por la simple razón de que para los gobiernos resulta inconveniente exigir todo lo que necesitan (sedas, ruedas para carros de guerra, alimentos exóticos, lápiz lázuli) de sus súbditos.  Es mucho más fácil fomentar los mercados y luego comprarlos allí. Los mercados antiguos solían seguir en muchos casos a los ejércitos o séquitos reales, o se formaban cerca de palacios, o en los márgenes de los puestos militares. Esto ayuda en cierto modo a explicar el comportamiento algo extraño de las cortes reales:  después de todo, dado que los reyes controlaban las minas de oro y plata, ¿cual era exactamente el propósito de estampar fragmentos de esos metales con la cara de uno, entregarlos a la población civil, y después demandar su devolución a través de impuestos?  Solo tiene sentido si la recaudación de impuestos era en realidad una manera de forzar a todos a adquirir monedas, facilitando así el surgimiento de los mercados, ya que su existencia era conveniente. Sin embargo, para nuestros propósitos actuales, la pregunta más importante es: ¿cómo se justificaban estos impuestos? ¿Por que los adeudaban los súbditos? ¿Que deuda estaban saldando al pagarlos?  Aquí regresamos otra vez al derecho de conquista.  (En realidad, en el mundo antiguo, los ciudadanos libres – sea en Mesopotamia, Grecia o Roma – a menudo no tenían que pagar impuestos directos solo por esta razón, pero obviamente aquí estoy simplificando el asunto). Si los reyes afirmaban tener el poder sobre la vida y muerte de sus súbditos, por derecho de conquista, entonces las deudas de sus súbditos eran, además, fundamentalmente infinitas: y también, por lo menos en ese contexto, las relaciones entre cada uno de ellos, lo que se debían entre ellos, no tenía importancia.  Lo único que existía era su relación al rey. Esto a su vez explica por que los reyes y emperadores siempre intentaban regular el poder que los amos tenían sobre los esclavos, y los acreedores sobre los deudores.  Lo mínimo que hacían era siempre insistir, si tenían el poder, era que aquellos prisioneros cuyas vidas ya habían sido perdonadas no podían ser matados por sus amos. De hecho solo los gobernantes podían tener el poder arbitrario sobre la vida y la muerte.  La más importante y suprema de las deudas que se podía tener era aquella con el estado:  era de verdad la única ilimitada, exigible de manera absoluta, cósmica.


Esto lo enfatizo por que esta lógica todavía esta con nosotros. Cuando hablamos de una “sociedad” (la francesa, la jamaiquina) en realidad estamos hablando de gente organizada bajo un solo estado nación. Ese es, por lo menos, el modelo tácito. Las “Sociedades” son en verdad estados, la lógica de los estados es la conquista, la lógica de la conquista es fundamentalmente idéntica a aquella de la esclavitud.  Es verdad que desde el punto de vista de los defensores del estado esto es transformado en una noción de una más benévola “deuda social”. Pero aquí nos encontramos con un pequeño cuento, una especie de mito. Todos nosotros hemos nacido con una deuda infinita con la sociedad que nos crió, alimentó y vistió, con aquellos muchos años ha desaparecidos que inventaron nuestros lenguajes y tradiciones, que hicieron posible nuestra existencia. En la antigüedad creíamos que ésta se la debíamos a los dioses (se la pagaba con el sacrificio, o el sacrificio era en verdad solo el pago de intereses – la cancelación final se la hacía con la muerte). Más tarde la deuda fue adoptada por el estado, en si una institución divina, con los sacrificios sustituidos por los impuestos, y la deuda de la vida por el servicio militar. El dinero es simplemente la forma concreta de esta deuda social, la manera en que es manejada. A los seguidores de Keynes les gusta esta lógica. Y también a algunas variedades de socialistas, de social demócratas, incluso cripto-fascistas como Auguste Comte (quien fue, que yo sepa, el primero que acuñó la frase “deuda social”). Pero esta lógica también se puede detectar en gran parte de nuestro sentido común: considere por ejemplo la frase “pagar nuestra deuda con la sociedad”, o “Yo sentía que le debía algo a mi país”, o “Yo quería devolverle algo”. En tales casos, los derechos y obligaciones comunes, los compromisos mutuos – las relaciones que la gente realmente libre puede establecer entre cada uno – tienden a ser incluidos dentro de una concepción particular de la “sociedad”, una donde todos somos iguales solo como deudores absolutos ante la (ahora invisible) presencia del rey, quien representa a la madre de uno, y por extensión, a la humanidad.


Lo que estoy sugiriendo, entonces, es que aunque las demandas del impersonal mercado, y de la “sociedad”, a menudo aparecen juntas – y definitivamente han tendido a conquistar más terreno de numerosas formas – ambas a la larga son construidas sobre una lógica de la violencia muy parecida. Pero esta tampoco es una mera cuestión de orígenes históricos, que puede ser hecha a un lado por ser insignificante, ya que sin la amenaza constante de la fuerza, el estado - y el mercado - no podrían existir.

Entonces, ¿Cuál es la alternativa?


Hacia una historia del dinero virtual


Aquí regreso a mi hipótesis original: que el dinero cuando primero apareció, no era la cosa fría, metálica, impersonal de la actualidad. Era una medida, una abstracción, pero también una especie de relación (de deuda y obligación) entre seres humanos. Es importante recordar que a lo largo de la historia es el dinero mercancía el que siempre ha sido asociado directamente con la violencia. Como dijo cierto historiador, “el metal precioso es un accesorio de la guerra, no del comercio pacífico.”(*1)


La razón es simple. El dinero mercancía, especialmente en forma de oro y plata, se puede distinguir del dinero crédito sobre todo por que se lo puede robar, una característica muy particular. Como un lingote de oro o plata es un objeto sin pedigrí, a lo largo de gran parte de la historia los metales preciosos han desempeñado el mismo papel que el maletín repleto de billetes del vendedor de drogas contemporáneo. Eso es, un objeto sin pasado alguno que puede ser cambiado por otros objetos de valor en casi cualquier lugar, sin que se hagan preguntas. Así, uno puede ver los últimos 5,000 años de historia humana como la historia de una especie de alternación. Los sistemas de crédito parecen surgir, y hacerse dominantes, en periodos de relativa paz social, a lo largo de redes de confianza. Surgen como creaciones del estado, o como instituciones transnacionales - que es el caso en la mayoría de los periodos - mientras que, en los periodos caracterizados por saqueos generalizados, son remplazados por metales preciosos. Sin duda alguna, los sistemas de préstamos rapaces han existido en toda la historia, pero han tenido efectos más dañinos en aquellos tiempos en que el dinero era más fácil de convertir en efectivo.


Por eso, como punto de partida para cualquier intento de discernir los grandes ritmos que definen el actual momento histórico, propongo el siguiente esquema para la historia de Eurasia, de acuerdo a la alternación entre periodos de dinero virtual y metal:
 

I.      Los Primeros Imperios Agrícolas (3500-800 AC). Forma dominante de dinero:
 Dinero crédito virtual

La mejor evidencia que tenemos sobre los orígenes del dinero se remonta a la antigua Mesopotamia, pero no existe alguna razón particular para creer que las cosas eran radicalmente diferentes en el Egipto de los Faraones, la China de la Edad de Bronce, o el Valle del Indus. La economía de Mesopotamia estaba dominada por grandes instituciones públicas (los Templos y Palacios) cuya administradores burocráticos efectivamente creaban moneda de cuenta al establecer una equivalencia fija entre la plata y la cebada, que era el cultivo principal. Las deudas eran calculadas en plata, pero esta rara vez era utilizada en las transacciones. Para esto se utilizaba la cebada, o cualquier otra cosa que en el momento estaba a la mano y era aceptable. Las deudas grandes eran registradas en tablas cuneiformes que se guardaban como garantías por ambas partes de la transacción.


No hay duda de que existían mercados. Los precios de ciertas mercancías que no eran producidas dentro de las propiedades de los Templos o Palacios, y que por lo tanto no estaban sujetas a las lista de precios oficiales, tendían a fluctuar de acuerdo a los caprichosos cambios de la oferta y la demanda. Pero la mayoría de las transacciones que se realizaban a diario, en particular aquellas que no se llevaban a cabo entre completos extraños, parecen haberse hecho a crédito. Las “mozas de cerveza”, o las propietarias de posadas, servían cerveza y alquilaban cuartos; fiándoles a sus clientes, los que pagaban el saldo total cuando venía la cosecha. Los comerciantes probablemente mantenían listas de clientes confiables a los cuales podían fiar, como sucede en la actualidad en los pequeños mercados del África o Asia Central. El hábito de cobrar con interés también nació en Sumeria – mientras en Egipto, por ejemplo, permaneció desconocido. Las tasas de interés, fijadas en el 20 por ciento, se mantuvieron estables por 2000 años. (Esto no es evidencia de regulación  o control estatal del mercado: en esta etapa eran instituciones como estas las que hacían posibles la existencia de los mercados). Sin embargo, esto produjo serios problemas sociales. Especialmente en los años de mala cosecha, los campesinos se endeudaban desesperadamente con los ricos, y debían entregar sus haciendas y, por último, a sus familiares, los que pasaban a ser esclavos por endeudamiento. Poco a poco esta situación parece haber conducido a una crisis social, una en que el pueblo, antes que tomar parte en un levantamiento popular, abandonaba completamente las ciudades y tierras habitadas, para convertirse en “bandidos” y asaltantes semi-nómadas. Pronto se volvió una tradición para cada nuevo soberano hacer borrón y cuenta nueva, cancelando todas las deudas, y declarando una amnistía general o “libertad”, para que todos los peones cautivos puedan regresar a sus familias. (Es importante recordar que la primera palabra en cualquier idioma que apareció equivalente a “libertad” fue la amarga del sumeriano, que literalmente significa “regreso a la madre”).  Los profetas bíblicos instituyeron una costumbre similar, la del Jubileo, en la cual después de siete años todas las deudas eran canceladas. Este es el ancestro directo de de la noción de la “redención” del Nuevo Testamento. Como el economista Michael Hudson ha indicado, parece una de las grandes desgracias de la historia que la institución de prestar dinero con interés se diseminó desde Mesopotamia, pero en gran parte sin los dispositivos que controlaban sus excesos.


II.      Era Axial (800 AC – 600 AC). Forma dominante de dinero: Monedas y metales preciosos


Esta fue la era en que nació la acuñación, al igual que las mayores religiones del mundo en la China, India y el Medio Oriente.(*2) Desde el periodo de los Reinos Combatientes en la China, de la fragmentación de la India y la carnicería y esclavización masiva que acompañó la expansión (y más tarde, la disolución) del Imperio Romano, esta fue una era de creatividad impresionante alrededor del mundo, pero también de una violencia igualmente impactante. La acuñación, que permitió el uso corriente del oro y plata como medios de intercambio, también hicieron posibles la creación de mercados, en el sentido más impersonal del término, que ahora es el más conocido. Los metales preciosos eran también mucho más apropiados para una era en que las guerras eran muy comunes, porque – algo obvio- eran más fáciles de robar. La acuñación definitivamente no fue inventada para facilitar el comercio (los fenicios, que eran magníficos comerciantes, estaban entre los últimos que la adoptaron). Parece haber sido inventada por primera vez para pagarles a los soldados, siendo probablemente los gobernantes de Lidia, en la Asia Menor, los primeros en hacerlo, al pagarles así a sus mercenarios griegos. Cartago, otra gran nación comerciante, comenzó a acuñar monedas bien tarde, y entonces solo, y explícitamente, para pagarles a sus soldados extranjeros.


Durante toda la antigüedad uno puede seguir hablando de lo que Geoffrey Ingham ha llamado el “complejo militar-acuñador”.(*3) Que hubiera sido mejor que lo llamara el “establecimiento militar - acuñador - esclavista” ya que la difusión de nuevas tecnologías militares (los hoplitas griegos, las legiones romanas) estuvo muy ligada a la captura y comercio de esclavos. La otra fuente principal de esclavos era la deuda: ahora que los estados ya no cancelaban las deudas periódicamente, aquellos que no tenían la suerte de ser ciudadanos de las más grandes ciudades-estado – las cuales eran generalmente protegidas de los prestamistas depredadores – eran presa fácil. Los sistemas de crédito del Cercano Oriente no se desmoronaron debido a la competencia comercial; fueron destruidos por los ejércitos de Alejandro Magno – ejércitos que requerían media tonelada de lingotes de plata por día para pagar salarios. Estos lingotes eran generalmente producidos por esclavos en las minas. Las campañas militares a su vez garantizaban un flujo continuo de nuevos esclavos. Los sistemas impositivos imperiales, como se explicó antes, fueron en gran parte diseñados para obligar a sus súbditos a crear mercados, para que los soldados (y por supuesto, también funcionarios del gobierno) pudieran usar los lingotes para comprar lo que quisieran. Los mercados impersonales que solían aparecer entre las sociedades, o a los márgenes de las operaciones militares, ahora comenzaron a hacerse común en toda la sociedad.


Por más trivial que sean sus orígenes, la creación de nuevos medios de intercambio – la acuñación apareció casi simultáneamente en Grecia, India y China – parece haber tenido profundos efectos intelectuales. Algunos incluso han ido más lejos, al sostener que la filosofía griega en si fue posible gracias a las innovaciones conceptuales introducidas por la acuñación. Sin embargo, el hecho más sorprendente es la aparición de las religiones que se convertirían en las mayores del mundo moderno (el judaísmo profético, el cristianismo, el budismo, el jainismo, el confucianismo, el taoísmo y, eventualmente, el Islam), en casi exactamente los mismos lugares, y al mismo tiempo en que uno observa la temprana expansión de la acuñación. Aunque los vínculos precisos todavía no han sido explorados completamente, de ciertas formas esas religiones parecen haber surgido como una reacción directa a la lógica del mercado.  Para expresarlo mas bien crudamente: si uno simplemente relega un determinado espacio social a la egoísta adquisición de cosas materiales, es casi seguro que pronto alguien vendrá a tomar posesión de otro espacio desde el cual predicar que, desde el punto de vista de los valores fundamentales, las cosas materiales no tienen importancia, y que el egoísmo – o incluso el yo – es una ilusión.


III.      La Edad Media (600 DC – 1500 DC). El retorno del dinero crédito virtual


Si la Era Axial estuvo marcada por la aparición de los ideales complementarios de los mercados y las religiones universales del mundo, la Edad Media fue el periodo en que esas dos instituciones empezaron a fusionarse. Las religiones comenzaron a tomarse los sistemas de mercado.(*4) Todo, desde el comercio internacional hasta la organización de ferias locales, cada vez más pasó a desarrollarse a través de redes sociales definidas y reguladas por las autoridades religiosas. Esto permitió, a su vez, el regreso por toda Eurasia de varias formas de dinero crédito virtual.


En Europa, donde todo esto se llevó a cabo bajo la protección del cristianismo, la acuñación se hizo presente de una forma esporádica y desigual. Después del año 800 DC, los precios eran calculados en gran parte de acuerdo a una antigua moneda carolingia que ya no existía (por entonces se la llamaba “dinero imaginario”), pero el comercio común diario se desarrollaba de otras maneras. Una forma común, por ejemplo, era el uso de “palos de cuentas”, pedazos de madera marcados que se partían en dos para mantener un récord de las deudas, guardando el prestamista una mitad y el deudor la otra. Tales palos de cuenta fueron de uso común hasta bien avanzado el siglo 16. Las transacciones más grandes se realizaban usando letras de cambio, las que se liquidaban en las grandes ferias de comercio. La Iglesia, mientras tanto, suministraba un marco legal, haciendo cumplir controles estrictos sobre el préstamo de dinero a interés y prohibiciones contra la esclavitud por deuda.


El verdadero centro nervioso de la economía medieval, sin embargo, era el Océano Índico, el cual, junto con las rutas de las caravanas en Asia Central, conectaba a las grandes civilizaciones de India, China y el Medio Oriente. Aquí el comercio se realizaba dentro de las estructuras del Islam, que además de proveer un marco legal favorable a las actividades mercantiles (al mismo tiempo que prohibía absolutamente el préstamo de dinero con interés), permitió relaciones pacíficas entre los mercaderes de una considerable parte del mundo, haciendo posible la creación de una variedad de instrumentos sofisticados de crédito. De hecho, en esto Europa Occidental, como en muchas otras cosas, se había quedado atrás: la mayoría de las innovaciones financieras que llegaron a Italia y Francia en los siglos 11 y 12 ya eran de uso común en Egipto o Iraq desde los siglos 8 y 9. La palabra “cheque”, por ejemplo, es derivada del árabe sakk, y apareció en el inglés recién alrededor del año 1220 AD.


El caso de China es incluso más complicado: la Edad Media se abrió ahí con la rápida expansión del budismo, el cual, aunque no estaba en la posición de promulgar leyes o regular el comercio, rápidamente actuó contra los usureros locales estableciendo en sus propios templos las primeras casas de empeño de todo el mundo, para darles a los campesinos pobres una alternativa a la del usurero. Sin embargo, pronto el estado se volvió a imponer, como es común en China. Pero al hacer esto no solo reguló las tasas de interés e intentó abolir la esclavitud por deuda, sino que también abandonó completamente el uso de metales preciosos al inventar el dinero papel. Todo esto fue acompañado - otra vez - por el desarrollo de una variedad de instrumentos financieros complejos.


Aún así, no sería correcto decir que este periodo no estuvo también marcado por la matanza y el saqueo (en particular durante las grandes invasiones nómadas) o que la acuñación no era, en muchos lugares y épocas, un importante medio de intercambio. Pero lo que realmente caracteriza al periodo parece ser un movimiento en otra dirección. Durante la mayor parte del periodo medieval la moneda se desvinculo considerablemente de las instituciones coercitivas. A los cambistas, en otras palabras, se los invitó a que regresen a los templos, donde podían ser monitoreados. Esto llevó a un florecimiento de las instituciones que requerían de un mayor grado de confianza social.


IV.      La Era de los Imperios Europeos (1500-1971). El retorno de los metales preciosos


Con la llegada de los grandes imperios europeos – primero los ibéricos, después los del Atlántico Norte – el mundo experimentó una reversión a la esclavización masiva, al saqueo y a las guerras de destrucción, junto con el consecuente y rápido regreso del oro y plata como la forma principal de dinero. Los historiadores probablemente terminarán demostrando que los orígenes de estas transformaciones fueron más complicados de lo que normalmente asumimos. Parte de esto ya estaba comenzando a ocurrir incluso antes de la conquista del Nuevo Mundo. Uno de los principales factores en el regreso de los metales preciosos, por ejemplo, fue la aparición de movimientos populares durante la temprana dinastía Ming, en los siglos 15 y 16, que al final obligaron al gobierno a abandonar no solo el dinero papel, si no también cualquier intento por imponer su propia moneda. Esto condujo a la reversión del vasto mercado chino a un estándar basado en la plata sin acuñar. Dado que los impuestos fueron gradualmente denominados en plata, pronto la China adoptó una política casi oficial de traer al país cuanta plata sea posible, para mantener los impuestos bajos y evitar nuevas revueltas populares. El súbito aumento en la demanda de plata afectó a todo el mundo. La mayor parte de los metales preciosos saqueados por los conquistadores y posteriormente extraídos por los españoles de las minas de Méjico y Potosí (a costa de una casi inimaginable pérdida de vidas humanas) terminaron en China. Esos vínculos globales que eventualmente se desarrollaron a lo largo y ancho de los océanos Atlántico, Pacífico e Índico han sido por supuesto documentados en gran detalle. Lo importante es que la disolución del vínculo entre el dinero y las instituciones religiosas, y su posterior vinculación con instituciones coactivas (en especial el estado), fue aquí acompañado de una reversión ideológica al “metalismo”.(*5)  

En este contexto, el crédito era en general un asunto que le concernía a gobiernos cuyo funcionamiento dependía en gran parte del financiamiento de déficits, una forma de crédito que, a su vez, fue inventada para financiar guerras cada vez más caras. A nivel internacional el imperio Británico mantuvo firmemente el patrón oro durante el siglo 19 y principios del 20, y grandes batallas políticas se pelearon en los EEUU sobre el patrón a adoptar en el futuro, si debía ser basado en el oro o la plata.


Este fue también, evidentemente, el período del surgimiento del capitalismo, de la revolución industrial, de la democracia representativa, etcétera. Yo no busco quitarles su importancia, si no proveer un marco para comprender eventos tan bien conocidos en un contexto menos familiar. Así se hace más fácil, por ejemplo, detectar los vínculos entre la guerra, el capitalismo y la esclavitud. A lo largo de la historia, la institución del trabajo asalariado, por ejemplo, ha surgido de aquella de la esclavitud (los primeros contratos de trabajo en la historia, desde Grecia hasta las ciudades-estados de Malaya, eran en realidad para alquiler de esclavos), y también ha tendido a estar estrechamente vinculada a varias formas de esclavitud por deuda – tal como sucede en la actualidad. Hablamos de tales instituciones usando el lenguaje de la libertad. Pero en la mayor parte de la historia, lo que nosotros consideramos la libertad económica ha estado fundamentada en una lógica considerada como la mismísima esencia de la esclavitud.

V.      Era actual (de 1971 al presente). El imperio de la deuda


Se puede decir que la era actual empezó el 15 de Agosto de 1971, cuando Richard Nixon, entonces presidente de los EEUU, suspendió oficialmente la convertibilidad del dólar al oro, creando efectivamente los regímenes de libre flotación de la actualidad. En todo caso, hemos regresado a la era del dinero virtual, en la que en las compras realizadas por el consumidor en países ricos, rara vez interviene siquiera el papel moneda, y las economías nacionales se mueven en gran parte gracias al crédito de consumo. Es en este contexto que podemos hablar de la “financialización” del capital, en donde la especulación en divisas e instrumentos financieros se convierte en una entidad en si misma sin ningún vínculo inmediato con la producción o incluso el comercio. Este es por supuesto el sector que ahora ha entrado en crisis.

Por ahora, muy poco se puede decir con alguna certitud de la presente era. Treinta o cuarenta años no es nada frente a los extensos periodos con los que hemos trabajado. Es claro que este periodo recién ha empezado, pero este análisis, a pesar de su crudeza, por lo menos nos permite hacer algunas propuestas bien informadas.


A lo largo de la historia, como hemos visto, las eras de dinero crédito virtual también han involucrado la creación de alguna especie de institución con alcance global – la monarquía sagrada mesopotámica, los jubileos mosaicos, el Sharia y la ley canónica – que ponen ciertos controles sobre las potencialmente catastróficas consecuencias sociales de la deuda. Casi siempre involucran instituciones (las cuales generalmente no coinciden exactamente con el estado, que es normalmente más grande) para la protección de los deudores. Hasta ahora el movimiento ha sido en la dirección opuesta: a partir de la década de 1980, hemos presenciado la creación del primer sistema efectivo de administración planetaria, el cual opera a través del FMI y el Banco Mundial, junto con las corporaciones y otras instituciones financieras, en general para proteger los intereses de los prestamistas. Sin embargo, este aparato rápidamente entró en crisis, primero por el desarrollo acelerado de movimientos sociales mundiales (el movimiento de globalización alternativa), que en efecto destruyeron la autoridad moral de instituciones como el FMI, y dejó a muchas de ellas a un paso de la bancarrota; y actualmente por la crisis bancaria actual y el colapso económico global. Aunque la nueva era del dinero virtual recién ha comenzado, y las consecuencias a largo plazo todavía no están claras, ya nos es posible decir una o dos cosas. La primera, que el movimiento hacia el dinero virtual no es en sí mismo, necesariamente un efecto insidioso del capitalismo. De hecho, puede al final significar exactamente lo opuesto. En la mayor parte de la historia, los sistemas de dinero virtual estuvieron diseñados y regulados para evitar, desde el principio, que algo parecido al capitalismo pudiera surgir en el futuro – al menos, nada como lo que existe en su forma actual, con la mayoría de la población del mundo empujada a una situación que en muchos otros periodos de la historia hubiera sido asemejada a la esclavitud. Segundo, se debe subrayar el papel absolutamente crucial que juega la violencia en la definición de los mismos términos que usamos para imaginarnos a la “sociedad” y los “mercados – de hecho, en muchas de nuestras más elementales ideas de libertad. Un mundo que no esté completamente dominado por la violencia rápidamente desarrollaría otras instituciones. Por último, al pensar sobre la deuda fuera de los muy estrechos marcos intelectuales del estado y los mercados, se nos abren alternativas realmente emocionantes. Por ejemplo, podríamos preguntarnos si, en una sociedad en que aquella base de violencia ha sido arrancada, ¿Exactamente que deudas existirían entre hombres y mujeres libres? ¿Qué clase de promesas deberían hacerse los unos a los otros, a que deberían comprometerse?


Esperemos que todos, algún día, lleguemos a un punto en que podremos empezar a hacernos tales preguntas. En tiempos como estos, uno nunca sabe.

David Graeber es un antropólogo y anarquista, actualmente catedrático del Goldsmiths College de la Universidad de Londres.

Este artículo apareció por primera vez en inglés en la revista Mute, edición número 12 del año 2009, y ha sido traducido por Carlos Icaza Estrada.


Notas

(1)Geoffrey W. Gardiner. “The Primacy of Trade Debts in the Development of Money”. en Randall Wray (ed.). Credit and State Theories of Money: The Contributions of A. Mitchell Innes.
Cheltenham: Elgar, 2004. P.134.


(2)La “Era Axial” fue un término inventado por Karl Jaspers para describir el relativamente corto periodo entre los años 800 AC y 200 DC, en el cual creía que casi todas las principales corrientes filosóficas que conocemos aparecieron simultáneamente, en China, India y el Mediterráneo Oriental. Aquí lo uso de acuerdo al significado más comprensivo que Lewis Mumford le dio al término, como un periodo en el que nacieron todas las religiones ahora existentes, aproximadamente desde el tiempo de Zoroastro al de Mahoma.

(3)Una alusión a la famosa frase del General Dwight Eisenhower acerca de la influencia del “military-industrial complex” (N. del T.).


(4)Aquí la mayor parte de lo que generalmente se llama la “Época Oscura” la incluyo en el período anterior, caracterizado por el militarismo predatorio y la consecuente importancia de los metales preciosos: después de todo, las incursiones vikingas, y el cobro a Inglaterra del famoso danegeld [tributo vikingo – N. del T.] en los años 800, pueden ser vistos como unas de las últimas manifestaciones de una era en la cual el militarismo predatorio iba mano a mano con la acumulación de montones de oro y plata.


(5)El mito de las teorías del dinero basadas en el trueque y las mercancías fue por supuesto desarrollado en este periodo

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