Alan Furth
El fallecimiento de Gabriel García Márquez el pasado jueves fue un momento particularmente doloroso para cualquiera en América Latina ‒o en cualquier otro lugar del mundo‒ que alguna vez haya experimentado el sublime placer de leer alguna de las obras del maestro literario. Pero para mí, el dolor del acontecimiento no se debió exclusivamente a que Gabo, de repente, ya no se encuentre entre nosotros los mortales. Hay aspectos de la vida de las personas que apreciamos más intensamente justo cuando se les acaba el último aliento. Por eso hoy mi asombro y mi admiración por la pluma de García Márquez chocan, más que nunca, con la total desilusión que me causa su miopía política.
Los detalles de su amistad y trabajo con Fidel Castro son legendarios. En 1959 se incorporó a la agencia de noticias Prensa Latina, fundada por el Che Guevara y Jorge Ricardo Masetti. Cuando venía a la isla se quedaba en una de las lujosas casas de protocolo que el Comandante reservaba para sus amigos. Allí compartieron sus pasiones culinarias. El plato favorito de Gabo era la “langosta a la Macondo”, a Fidel le encantaba todo lo que tuviese que ver con el bacalao. Pero sobre todo compartieron sus sueños de cómo la revolución traería, algún día, la prosperidad sin fin para los cubanos de a pie que esperaban en fila durante horas bajo el sol, libro de racionamiento en mano, por unas cuantas libras de pollo, arroz y frijoles.
En 1988, viviendo en La Habana, García Márquez avanzó en la escritura de El general en su laberinto, su clásico sobre los últimos años de Simón Bolívar. Gerald Martin, autor de la primera biografía completa de García Márquez publicada en Inglés, sugiere que su descripción de Bolívar en el libro se inspiró en los rasgos de Castro. En 1989 le dedicó el libro a uno de sus grandes amigos, Antonio “Tony” de la Guardia, un coronel del Ministerio del Interior de Cuba: “Para Tony, que siembra el bien”.
El fallecimiento de Gabriel García Márquez el pasado jueves fue un momento particularmente doloroso para cualquiera en América Latina ‒o en cualquier otro lugar del mundo‒ que alguna vez haya experimentado el sublime placer de leer alguna de las obras del maestro literario. Pero para mí, el dolor del acontecimiento no se debió exclusivamente a que Gabo, de repente, ya no se encuentre entre nosotros los mortales. Hay aspectos de la vida de las personas que apreciamos más intensamente justo cuando se les acaba el último aliento. Por eso hoy mi asombro y mi admiración por la pluma de García Márquez chocan, más que nunca, con la total desilusión que me causa su miopía política.
Los detalles de su amistad y trabajo con Fidel Castro son legendarios. En 1959 se incorporó a la agencia de noticias Prensa Latina, fundada por el Che Guevara y Jorge Ricardo Masetti. Cuando venía a la isla se quedaba en una de las lujosas casas de protocolo que el Comandante reservaba para sus amigos. Allí compartieron sus pasiones culinarias. El plato favorito de Gabo era la “langosta a la Macondo”, a Fidel le encantaba todo lo que tuviese que ver con el bacalao. Pero sobre todo compartieron sus sueños de cómo la revolución traería, algún día, la prosperidad sin fin para los cubanos de a pie que esperaban en fila durante horas bajo el sol, libro de racionamiento en mano, por unas cuantas libras de pollo, arroz y frijoles.
En 1988, viviendo en La Habana, García Márquez avanzó en la escritura de El general en su laberinto, su clásico sobre los últimos años de Simón Bolívar. Gerald Martin, autor de la primera biografía completa de García Márquez publicada en Inglés, sugiere que su descripción de Bolívar en el libro se inspiró en los rasgos de Castro. En 1989 le dedicó el libro a uno de sus grandes amigos, Antonio “Tony” de la Guardia, un coronel del Ministerio del Interior de Cuba: “Para Tony, que siembra el bien”.


