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martes, 16 de octubre de 2018
Opinión: Abajo el paquete antiobrero de Maduro. Con la movilización en la calle derrotemos las tablas salariales
Partido Socialismo y Libertad
El gobierno de Maduro aprobó recientemente, unas nuevas tablas salariales, de forma inconsulta y unilateral, que se constituyen en un ataque brutal contra los trabajadores. Creemos que esta es una verdadera declaración de guerra contra conquistas históricas de las trabajadoras y trabajadores venezolanos.
Es un intento de eliminar la negociación colectiva, el concepto general de salario, afectando las condiciones de trabajo y demás reivindicaciones socioeconómicas. Ahora, el gobierno tendría la potestad de definir unilateralmente y de acuerdo a su libre arbitrio, la cuantía y porcentaje de los aumentos, y cuándo se harían. Con esto, desaparecerían las convenciones colectivas, y en la práctica se eliminaría la razón de ser los sindicatos.
sábado, 29 de abril de 2017
Comunicado (A)narquista ante el 1° de Mayo: ES LA HORA DE DESPERTAR
Coordinadora Obrera Anarquista - COA
Otro 1º Mayo, que debe seguir reclamándonos la reflexión en torno a cual es el origen y desarrollo de esta fecha emblemática, motivadora de tantas generaciones de lucha, como por ejemplo la huelga de La Canadiense, donde entre otras conquistas se consiguió un Decreto por la jornada de 8 horas, convirtiendo a la región que llaman Estado Español en la primera que imponía esta reivindicación obrera, muchas de nosotras tenemos la jornada de 8 horas gracias a las luchas y huelgas generales, cuando llegaban a ser de 10, 12 y 14 horas, niñas y niños también.
Otro 1º Mayo, que debe seguir reclamándonos la reflexión en torno a cual es el origen y desarrollo de esta fecha emblemática, motivadora de tantas generaciones de lucha, como por ejemplo la huelga de La Canadiense, donde entre otras conquistas se consiguió un Decreto por la jornada de 8 horas, convirtiendo a la región que llaman Estado Español en la primera que imponía esta reivindicación obrera, muchas de nosotras tenemos la jornada de 8 horas gracias a las luchas y huelgas generales, cuando llegaban a ser de 10, 12 y 14 horas, niñas y niños también.
viernes, 29 de abril de 2016
El primero de mayo (1893)
Errico Malatesta (1853-1932)
* Publicado originalmente en The Commonwealt (Londres) 1, nueva serie, no. 1 (1 de mayo de 1893).
Por tercera vez el proletariado consciente de todos los países afirma por medio de una manifestación internacional, la solidaridad real entre los trabajadores, el odio a la explotación, y la voluntad, día tras día más determinada, de darle fin al sistema existente.
Los gobiernos y las clases tiemblan, y tienen buena razón. No porque en este día romperá la revolución — pues ese es un evento que puede ocurrir cualquier día del año — sino porque cuando los oprimidos comienzan a sentir el peso y la deshonra de la opresión, cuando se sienten como hermanos, cuando olvidan todos los odios históricos fomentados por las clases gobernantes, cuando se toman de las manos cruzando las fronteras y sienten la solidaridad en la lucha por una emancipación común, entonces el día de la liberación se acerca.
¿Qué importa si los hombres y los partidos ofrecen diversas razones hoy por hoy para sus fines inmediatos y en acuerdo al beneficio que esperan derivar de ellos? El hecho principal sigue siendo que los trabajadores anuncian que están todos unidos, y son unánimes en la lucha contra los dominadores. Este hecho sigue siendo, y seguirá siendo, uno de los eventos más importantes del siglo, y uno de los signos que proclaman la Gran Revolución — una revolución que dará a luz a una nueva civilización fundada sobre el bienestar de todos, y la solidaridad del trabajo: Es un hecho, cuya importancia sólo es equiparada en el presente por aquel otro anuncio proletario de la asociación internacional entre los trabajadores.
Y el movimiento es de suma relevancia por ser obra directa de las masas, y bien separada e incluso en oposición a la acción de los partidos.
Cuando los socialistas de estado en el Congreso de París de 1889, definieron el 1º de Mayo como un día de huelga internacional, fue meramente una de esas definiciones platónicas que se hacen en los congresos simplemente por declarar un principio, y que son olvidadas tan pronto como el congreso termina. Tal vez pensaron que esa decisión podría ayudar a darle importancia a su partido, y a serle útil a ciertos hombres como cabecera electoral; pues desgraciadamente estas personas parecen tener corazones que solo laten con entusiasmo por propósitos electorales. En cualquier caso, sigue siendo cierto que desde el momento en que percibieron que la idea se había abierto paso, y que las manifestaciones se volvieron imponentes y que amenazaban con llevarles por senderos revolucionarios, se esforzaron por controlar el movimiento y por despojar el significado que el instinto popular le había dado. Para probar esto, no se requiere más que recordar los esfuerzos que se han hecho por cambiar la manifestación desde el primer día de mayo al primer domingo de mayo. Puesto que no es la regla trabajar los domingo, hablar de suspensión del trabajo en ese día es simplemente una farsa y un fraude. Ya no es una huelga, ya no es un medio para afirmar la solidaridad de los trabajadores y su poder de resistir las órdenes de los empleadores. Queda como un simple fête o feriado — un poco de marcha, unos cuantos discursos, unas pocas e indiferentes resoluciones, con el aplauso de grandes o pequeñas congregaciones — ¡eso es todo! Y para matar con aún más eficacia al movimiento que sin pensarlo comenzaron, han llegado a tal punto de querer pedir al gobierno ¡que declare el 1º de Mayo feriado oficial!
La consecuencia de todas estas tácticas adormecedoras es que las masas, que en un comienzo se lanzaban al movimiento con entusiasmo, comienzan a perder su confianza en él, y están empezando a considerar el 1º de Mayo como un mero desfile anual, con la única diferencia con otros desfiles tradicionales de ser más apagado y más aburrido.
Es asunto de los revolucionarios salvar este movimiento, que podría en algún momento u otro dar ocasión a consecuencias más importantes, y que en cualquier caso es siempre un poderoso medio de propaganda al cual renunciar sería un desatino.
Entre los anarquistas y los revolucionarios hay algunos que no tienen ningún interés en el movimiento, algunos incluso lo objetan porque el primer impulso, en Europa al menos, fue dado por los socialistas parlamentaristas, que utilizaron las manifestaciones como una forma de obtener poderes públicos, las ocho horas legales, legislación internacional con respecto al trabajo, y otras reformas que sabemos que son meras carnadas, que sirven solo para engañar a la gente, y para desviarles de introducir demandas sustanciales, o bien para apaciguarles cuando amenacen al gobierno y a las clases propietarias.
Estos objetores están equivocados en nuestra opinión. Los movimientos populares comienzan como pueden; casi siempre brotan de alguna idea ya trascendida por el pensamiento contemporáneo. Es absurdo esperar que en la condición presente del proletariado la gran masa esté capacitada antes de concebir y aceptar un programa formulado por un pequeño número a quienes las circunstancias han dado medios excepcionales de desarrollo, un programa que solo puede llegar a ser conscientemente aceptado por el gran número por la acción de condiciones morales y materiales que el movimiento mismo debe suministrar. Si esperamos, para saltar a la palestra, a que el pueblo monte los colores anarquistas comunistas, correremos gran riesgo de ser eternos soñadores; veremos la corriente de la historia fluir a nuestros pies mientras contribuimos escasamente algo en la determinación de su curso, dejando mientras el campo libre a nuestros adversarios quienes son enemigos, consciente o inconscientemente, de los reales intereses del pueblo.
Nuestra bandera debemos montarla nosotros mismos, y hemos de llevarla en alto donde sea que haya personas que sufren, particularmente donde sea que haya personas que demuestran estar cansadas de sufrir, y luchan de cualquier modo, bueno o malo, contra la opresión y la explotación.
Los trabajadores que sufren, pero que poco o nada comprenden de teorías, los trabajadores que tienen hambre y frío, que ven a sus hijos languidecer y morir de inanición, que ven a sus esposas y hermanas darse a la prostitución, trabajadores que saben que ellos mismos marchan al asilo o al hospital — estos no tienen tiempo que esperar, y están naturalmente dispuestos a preferir cualquier mejora inmediata, no importa cuál — incluso una transitoria o una ilusoria, ya que la ilusión mientras perdure pasa por realidad. Sí, mejor eso que esperar por una transformación radical de la sociedad, que destruya por siempre las causas de la miseria y de las injusticias del hombre contra el hombre.
Esto es fácil de comprender y de justificar, y explica por qué los partidos constitucionales que explotan esta tendencia hablando siempre de las pretendidas reformas como “practicables” y “posibles” y de las mejorías parciales pero inmediatas, generalmente triunfan mejor que nosotros en su propaganda entre las masas.
Pero donde los trabajadores cometen un error (y es labor nuestra corregirles) es en suponer que las reformas y mejorías son más fáciles de obtener que la abolición del sistema salarial y la completa emancipación del trabajador.
En una sociedad basada en un antagonismo de intereses, donde una clase retiene toda la riqueza social y se organiza en el poder político para defender sus privilegios, la pobreza y el sometimiento de las masas desheredadas siempre tenderán a alcanzar su máximo compatible con la existencia básica del hombre y con los intereses de la clase dominante. Y esta tendencia no encuentra obstáculo alguno excepto en la resistencia de los oprimidos: la opresión y la explotación nunca se detiene hasta que se alcanza el punto en que los trabajadores se muestran decididos a no soportarlas más.
Si se obtienen pequeñas concesiones en vez de grandes, no es porque sean más fáciles de obtener, sino porque las personas se contentan con ellas.
Siempre ha sido por medio de la fuerza o del miedo que se ha obtenido algo de los opresores; siempre ha sido la fuerza o el miedo lo que ha impedido a los opresores quitar lo que han concedido.
Las ocho horas y otras reformas — sea cual sea su mérito — solo pueden obtenerse cuando los hombres se muestran resueltos a tomarlas por la fuerza, y no traerán mejora alguna a la suerte de los trabajadores a menos que éstos estén determinados a no sufrir más lo que sufren hoy.
Lo sabio entonces, e incluso lo oportuno, requiere que no malgastemos tiempo y energía en reformas sedantes, sino que luchemos por la completa emancipación de todos — una emancipación que solo puede volverse realidad mediante la puesta en común de la riqueza, y mediante la abolición de los gobiernos.
Esto es lo que los anarquistas han de explicar a las personas, pero para hacerlo deben no mantenerse distantes desdeñosamente, sino unirse a las masas y luchar junto a ellas, empujándolas mediante el razonamiento y el ejemplo.
Además, en países en que los desheredados han intentado una huelga el 1º de Mayo han olvidado las “8 horas” y lo demás, y el 1º de Mayo ha tenido todo el significado de una fecha revolucionaria, en la que los trabajadores del mundo entero cuentan sus fuerzas y se prometen ser unánimes en los días venideros de la batalla decisiva.
Por otra parte, los gobiernos se esmeran en remover toda ilusión que cualquiera pueda albergar, en cuanto a la intervención de los poderes públicos en favor de los trabajadores; pues en vez de concesiones, todo lo que se ha obtenido hasta ahora ¡han sido arrestos al por mayor, cargas de caballerías, y descargas de armas de fuego! — ¡asesinato y mutilación!
Entonces ¡QUE VIVA el 1º de Mayo!
No es, como hemos dicho, el día de la revolución, pero sigue de todos modos siendo una buena oportunidad para la propagación de nuestras ideas, y para volcar las mentes de los hombres hacia la revolución social.
Tomado de https://periodicoelsolacrata.wordpress.com/2016/04/25/el-primero-de-mayo-1893/#more-3337.]
* Publicado originalmente en The Commonwealt (Londres) 1, nueva serie, no. 1 (1 de mayo de 1893).
Por tercera vez el proletariado consciente de todos los países afirma por medio de una manifestación internacional, la solidaridad real entre los trabajadores, el odio a la explotación, y la voluntad, día tras día más determinada, de darle fin al sistema existente.
Los gobiernos y las clases tiemblan, y tienen buena razón. No porque en este día romperá la revolución — pues ese es un evento que puede ocurrir cualquier día del año — sino porque cuando los oprimidos comienzan a sentir el peso y la deshonra de la opresión, cuando se sienten como hermanos, cuando olvidan todos los odios históricos fomentados por las clases gobernantes, cuando se toman de las manos cruzando las fronteras y sienten la solidaridad en la lucha por una emancipación común, entonces el día de la liberación se acerca.
¿Qué importa si los hombres y los partidos ofrecen diversas razones hoy por hoy para sus fines inmediatos y en acuerdo al beneficio que esperan derivar de ellos? El hecho principal sigue siendo que los trabajadores anuncian que están todos unidos, y son unánimes en la lucha contra los dominadores. Este hecho sigue siendo, y seguirá siendo, uno de los eventos más importantes del siglo, y uno de los signos que proclaman la Gran Revolución — una revolución que dará a luz a una nueva civilización fundada sobre el bienestar de todos, y la solidaridad del trabajo: Es un hecho, cuya importancia sólo es equiparada en el presente por aquel otro anuncio proletario de la asociación internacional entre los trabajadores.
Y el movimiento es de suma relevancia por ser obra directa de las masas, y bien separada e incluso en oposición a la acción de los partidos.
Cuando los socialistas de estado en el Congreso de París de 1889, definieron el 1º de Mayo como un día de huelga internacional, fue meramente una de esas definiciones platónicas que se hacen en los congresos simplemente por declarar un principio, y que son olvidadas tan pronto como el congreso termina. Tal vez pensaron que esa decisión podría ayudar a darle importancia a su partido, y a serle útil a ciertos hombres como cabecera electoral; pues desgraciadamente estas personas parecen tener corazones que solo laten con entusiasmo por propósitos electorales. En cualquier caso, sigue siendo cierto que desde el momento en que percibieron que la idea se había abierto paso, y que las manifestaciones se volvieron imponentes y que amenazaban con llevarles por senderos revolucionarios, se esforzaron por controlar el movimiento y por despojar el significado que el instinto popular le había dado. Para probar esto, no se requiere más que recordar los esfuerzos que se han hecho por cambiar la manifestación desde el primer día de mayo al primer domingo de mayo. Puesto que no es la regla trabajar los domingo, hablar de suspensión del trabajo en ese día es simplemente una farsa y un fraude. Ya no es una huelga, ya no es un medio para afirmar la solidaridad de los trabajadores y su poder de resistir las órdenes de los empleadores. Queda como un simple fête o feriado — un poco de marcha, unos cuantos discursos, unas pocas e indiferentes resoluciones, con el aplauso de grandes o pequeñas congregaciones — ¡eso es todo! Y para matar con aún más eficacia al movimiento que sin pensarlo comenzaron, han llegado a tal punto de querer pedir al gobierno ¡que declare el 1º de Mayo feriado oficial!
La consecuencia de todas estas tácticas adormecedoras es que las masas, que en un comienzo se lanzaban al movimiento con entusiasmo, comienzan a perder su confianza en él, y están empezando a considerar el 1º de Mayo como un mero desfile anual, con la única diferencia con otros desfiles tradicionales de ser más apagado y más aburrido.
Es asunto de los revolucionarios salvar este movimiento, que podría en algún momento u otro dar ocasión a consecuencias más importantes, y que en cualquier caso es siempre un poderoso medio de propaganda al cual renunciar sería un desatino.
Entre los anarquistas y los revolucionarios hay algunos que no tienen ningún interés en el movimiento, algunos incluso lo objetan porque el primer impulso, en Europa al menos, fue dado por los socialistas parlamentaristas, que utilizaron las manifestaciones como una forma de obtener poderes públicos, las ocho horas legales, legislación internacional con respecto al trabajo, y otras reformas que sabemos que son meras carnadas, que sirven solo para engañar a la gente, y para desviarles de introducir demandas sustanciales, o bien para apaciguarles cuando amenacen al gobierno y a las clases propietarias.
Estos objetores están equivocados en nuestra opinión. Los movimientos populares comienzan como pueden; casi siempre brotan de alguna idea ya trascendida por el pensamiento contemporáneo. Es absurdo esperar que en la condición presente del proletariado la gran masa esté capacitada antes de concebir y aceptar un programa formulado por un pequeño número a quienes las circunstancias han dado medios excepcionales de desarrollo, un programa que solo puede llegar a ser conscientemente aceptado por el gran número por la acción de condiciones morales y materiales que el movimiento mismo debe suministrar. Si esperamos, para saltar a la palestra, a que el pueblo monte los colores anarquistas comunistas, correremos gran riesgo de ser eternos soñadores; veremos la corriente de la historia fluir a nuestros pies mientras contribuimos escasamente algo en la determinación de su curso, dejando mientras el campo libre a nuestros adversarios quienes son enemigos, consciente o inconscientemente, de los reales intereses del pueblo.
Nuestra bandera debemos montarla nosotros mismos, y hemos de llevarla en alto donde sea que haya personas que sufren, particularmente donde sea que haya personas que demuestran estar cansadas de sufrir, y luchan de cualquier modo, bueno o malo, contra la opresión y la explotación.
Los trabajadores que sufren, pero que poco o nada comprenden de teorías, los trabajadores que tienen hambre y frío, que ven a sus hijos languidecer y morir de inanición, que ven a sus esposas y hermanas darse a la prostitución, trabajadores que saben que ellos mismos marchan al asilo o al hospital — estos no tienen tiempo que esperar, y están naturalmente dispuestos a preferir cualquier mejora inmediata, no importa cuál — incluso una transitoria o una ilusoria, ya que la ilusión mientras perdure pasa por realidad. Sí, mejor eso que esperar por una transformación radical de la sociedad, que destruya por siempre las causas de la miseria y de las injusticias del hombre contra el hombre.
Esto es fácil de comprender y de justificar, y explica por qué los partidos constitucionales que explotan esta tendencia hablando siempre de las pretendidas reformas como “practicables” y “posibles” y de las mejorías parciales pero inmediatas, generalmente triunfan mejor que nosotros en su propaganda entre las masas.
Pero donde los trabajadores cometen un error (y es labor nuestra corregirles) es en suponer que las reformas y mejorías son más fáciles de obtener que la abolición del sistema salarial y la completa emancipación del trabajador.
En una sociedad basada en un antagonismo de intereses, donde una clase retiene toda la riqueza social y se organiza en el poder político para defender sus privilegios, la pobreza y el sometimiento de las masas desheredadas siempre tenderán a alcanzar su máximo compatible con la existencia básica del hombre y con los intereses de la clase dominante. Y esta tendencia no encuentra obstáculo alguno excepto en la resistencia de los oprimidos: la opresión y la explotación nunca se detiene hasta que se alcanza el punto en que los trabajadores se muestran decididos a no soportarlas más.
Si se obtienen pequeñas concesiones en vez de grandes, no es porque sean más fáciles de obtener, sino porque las personas se contentan con ellas.
Siempre ha sido por medio de la fuerza o del miedo que se ha obtenido algo de los opresores; siempre ha sido la fuerza o el miedo lo que ha impedido a los opresores quitar lo que han concedido.
Las ocho horas y otras reformas — sea cual sea su mérito — solo pueden obtenerse cuando los hombres se muestran resueltos a tomarlas por la fuerza, y no traerán mejora alguna a la suerte de los trabajadores a menos que éstos estén determinados a no sufrir más lo que sufren hoy.
Lo sabio entonces, e incluso lo oportuno, requiere que no malgastemos tiempo y energía en reformas sedantes, sino que luchemos por la completa emancipación de todos — una emancipación que solo puede volverse realidad mediante la puesta en común de la riqueza, y mediante la abolición de los gobiernos.
Esto es lo que los anarquistas han de explicar a las personas, pero para hacerlo deben no mantenerse distantes desdeñosamente, sino unirse a las masas y luchar junto a ellas, empujándolas mediante el razonamiento y el ejemplo.
Además, en países en que los desheredados han intentado una huelga el 1º de Mayo han olvidado las “8 horas” y lo demás, y el 1º de Mayo ha tenido todo el significado de una fecha revolucionaria, en la que los trabajadores del mundo entero cuentan sus fuerzas y se prometen ser unánimes en los días venideros de la batalla decisiva.
Por otra parte, los gobiernos se esmeran en remover toda ilusión que cualquiera pueda albergar, en cuanto a la intervención de los poderes públicos en favor de los trabajadores; pues en vez de concesiones, todo lo que se ha obtenido hasta ahora ¡han sido arrestos al por mayor, cargas de caballerías, y descargas de armas de fuego! — ¡asesinato y mutilación!
Entonces ¡QUE VIVA el 1º de Mayo!
No es, como hemos dicho, el día de la revolución, pero sigue de todos modos siendo una buena oportunidad para la propagación de nuestras ideas, y para volcar las mentes de los hombres hacia la revolución social.
Tomado de https://periodicoelsolacrata.wordpress.com/2016/04/25/el-primero-de-mayo-1893/#more-3337.]
jueves, 14 de mayo de 2015
La crisis del sindicalismo
Humberto Decarli
Los
actos del pasado 1° de Mayo delataron la situación por la cual atraviesa el
movimiento sindical venezolano. En la ciudad de Caracas hubo dos
manifestaciones, una del oficialismo y otra de la oposición. La chavomadurista
fue complaciente con el principal patrono nacional, el Estado. La otra fue una
muestra de la campaña electoral parlamentaria de la M.U.D. y sectores aledaños.
Se
puede sintetizar esas proyecciones en direcciones ajenas a los cometidos del
movimiento de los trabajadores. En un caso, la genuflexión ante el patrono
estatal; en el otro, la colocación del sindicato al servicio de campañas
electorales, perdiendo en ambos casos su condición existencial y expresando una
postura desviada dentro del cuadro dirigencial del país.
Antecedentes
La
huelga petrolera de 1936 fue el hito que marcó el nacimiento de las luchas
obreras organizadas en Venezuela. Ese paro tuvo una significación
extraordinaria porque fue un aldabonazo para anunciar al país que los
trabajadores eran unos interlocutores en la relación laboral y además, era una
reclamación de reivindicaciones económicas y sociales contra las
transnacionales energéticas.
Con
el advenimiento de la democracia representativa luego de la caída de la
dictadura perezjimenista, el sindicalismo fue convertido en un comodín del proyecto
puntofijista. Rómulo Betancourt y sus compañeros de coalición, Rafael Caldera y
Jóvito Villalba, diseñaron un conjunto de factores para gobernar diluyendo en
una pentarquía tales responsabilidades.
El
segmento militar residía en las fuerzas armadas; el religioso en el alto clero
católico a través de su jerarquía; el empresarial en la entidad que los
agrupaba, Fedecámaras; el político en los partidos, A.D., Copei, U.R.D.,
M.E.P., M.A.S., F.N.D., F.D.P. y otros menores; y el sindical en manos de la
C.T.V.
La
C.T.V. era un apéndice del buró sindical de A.D., y su función esencialmente
era la de contener, ora mediante reformas fundamentalmente económicas, ora por
la vía de la presión de los cabilleros. Con el tiempo se amplió concediéndoles
prebendas al M.E.P. y a Copei, para completar la acomodación del movimiento
obrero a la orden del gobierno.
La
izquierda competía con el reformismo antes mencionado y se atrevió, en medio de
la aventura militarista de la insurrección guerrillera, a intentar fraccionar a
la C.T.V. y creó la C.U.T.V., devenida a menos a la postre. Hubo otros sectores
como los socialcristianos creadores de otra confederación, CODESA y una menor,
la C.G.T.
Betancourt
tenía claro el rol asignado al sindicalismo e incluso crearon ulteriormente un
banco, supuestamente para financiar huelgas y otros fines de los trabajadores,
pero terminó en la crisis conocida por todos donde solo Eleazar Pinto enjugó
las culpas de este sanedrín. Además, el sucesor del guatireño, Raúl Leoni, fue
designado gracias a la fuerza interna sindical en el acciondemocratismo.
Con
el tiempo, se organizó una verdadera claque en torno a la C.T.V. y se vieron
dirigentes obreros con un nivel de vida muy por encima de sus representados,
producto de ventas de contratos colectivos y de otras martingalas propias de
esta actividad. Era un estadio ajeno a los obreros insurgiendo como una
nomenclatura dentro del establecimiento.
De
todas maneras es importante acotar que hubo gente honesta dentro del
sindicalismo como fue el caso de Bernardo Pérez Salinas, cuya probidad era
apodíctica a todas luces. Vivía en el oeste de la ciudad, en la Pastora para
ser más específico, aunque tuvo ciertos ingresos como director del I.N.C.E., lo
cual probaba que un sueldo elevado no era suficiente para residir en
urbanizaciones elegantes del este de Caracas. Domingo Alberto Rangel aseveraba
en general, que los dirigentes adecos residían en el oeste cuando la dictadura
y una vez entronizados en el poder se desplazaban mostrando sin rubor alguno el
nuevo estatus de dudoso soporte ético.
Ha
ocurrido salidas emanadas del Estado para adelantarse al quiebre de conflictos
sociales como por ejemplo la ley contra despidos injustificados en la época de
la gran Venezuela de C.A. Pérez. Es triste aceptarlo pero no fue consecuencia
de un activismo social.
El impacto de
SUTISS
A
finales de los años setenta del pasado siglo un movimiento heterodoxo, los
Matanceros, gana las elecciones del sindicato de Sidor. Conformaban un grupo
activador del movimiento popular conforme el proyecto diseñado por Alfredo
Maneiro para emanar de las bases la elaboración de una nueva forma de
organización. De allí salió un activismo desconocido por la desvencijada
izquierda venezolana.
La
discusión de la convención colectiva con el patrono público fue fluida en las
cláusulas socio-económicas pero se detuvo en las de seguridad industrial como
lo materializaba el sindicalismo más avanzado. Además, el estilo era diferente,
no se reunían en bares, discotecas o restaurantes sino en la sede de la
empresa, del sindicato o los organismos administrativos laborales y las costas
del contrato se fijaban en su contenido. Hubo un escándalo cuando los
directivos de Fetrametal, José Mollegas y Andrés Mercau, presidente y
secretario general, en este orden, reclamaron el pago de un millón de Bolívares
a cada uno por ser una praxis normal dentro de unas relaciones
obrero-patronales enturbiadas por procesos anómalos.
La concepción
obrera del chavismo
El
sustento ideológico del proyecto chavista es esencialmente nacionalista como lo
fue el peronismo y los carapintadas en Argentina, el nasserismo en el mundo
árabe de los sesenta, Velasco Alvarado en Perú e incluso Mobutu Sese Seko,
quien en arrebatos de amor a la patria le cambió los nombres europeos a las
ciudades del Congo: la capital de Katanga, Elizabethville, se volvió
Lumumbashi, la de Kivu, Stanleyville, tuvo nuevo nombre, Kisangani, y la del país, Leopoldville ahora
es Kinshasha, aunque fue un personero de las transnacionales y de los intereses
occidentales, amén de ser un dictador implacable.
El
líder de Sabaneta tomó como referencia al inicio a un pensador neofascista,
Norberto Ceresole, quien asumió el esquema de poder con base en el líder, el ejército
y al pueblo. Posteriormente habló de la Tercera Vía de Anthony Giddens para
terminar en el castrismo, apto para mantenerse eternamente en el gobierno con
auxilio de un proyecto militarista y autoritario.
El
esquema de mando del militarismo venezolano se fundamenta por supuesto, en la
fuerza armada en ejercicio de la unión cívico-militar; en el culto de la
personalidad de un líder ya fallecido ahora bien ausente porque sus sucesores
no tienen el carisma necesario; y a la gente entendida como una masa amorfa que
se enajena por una bolsa de comida. Reproduce lo peor de las formaciones que
derrocaron a Medina Angarita: el populismo adeco y los uniformados
reaccionarios.
Por
tales razones no creen en ningún movimiento obrero y lo neutralizan para no firmar
la mayoría de los contratos colectivos y en los pocos suscritos con escasos
avances incluso desde el punto de vista socio-económico. De una tentativa
fallida de unir al movimiento obrero, cuando Carlos Ortega derrotó en elección
directa y secreta al candidato oficialista Aristóbulo Istúriz, luego se
orientaron hacia la atomización y la inhibición del sindicalismo.
En
este orden de ideas, crearon una central bolivariana con la finalidad de
tranquilizar las protestas, muy pocas en una época debido a la bonanza
económica, y ordenar la vinculación con los trabajadores en el marco de un
Estado socialista. La lógica es que si es socialista el aparato de dominación
no debería haber reclamos porque están representados en la autoridad gobernante.
De
todas formas, gente con mentalidad diferente se ha distanciado de las políticas
oficiales como por ejemplo la Unión Nacional de Trabajadores, dirigida por
Marcela Máspero; la corriente C-Cura encabezada por Orlando Chirinos; Froilán
Barrios y su movimiento laboral, sobre los cuales hablaré más adelante.
Referencias
internacionales del sindicalismo
Más
allá de los actos considerados como hitos del movimiento obrero como los
acontecimientos del primero de mayo de 1886 dirigido por anarquistas (Fischer,
Spies, Engel y Parsons) cuyo objetivo
era la jornada laboral de ocho horas o valorar a marzo de 1871 como la fecha
esencial de la clase trabajadora porque, de acuerdo al esquema marxista,
lucharon por ejercer el poder y lo retuvieron por dos meses, el mundo ha
avanzado hacia direcciones distintas a lo sucedido en Estados Unidos y el viejo
continente.
El
sindicalismo europeo fue muy combativo y se opuso, al menos los sectores más
radicales, a la desgracia de la primera guerra cuando al finalizarla cundió la
desesperanza y el absurdo. Los cuadros obreros del espartaquismo se alzaron en
Alemania por la vía propia de crear otro país socialista pero fueron masacrados
por el ejército de ese país obedeciendo las órdenes del Kaiser y la
socialdemocracia en el gobierno. El sindicalismo consejista tomó consciencia de
la desviación ocurrida en la Unión Soviética cuando los soviets dieron paso al
partido y a los militares para crear un Estado totalitario. Antoine Panekoek en
Holanda, Karl Korch y Otto Ruhle en
Alemania y Paul Mattick en Estados Unidos, encabezaron una rebelión frente a
las tesis marxistas leninistas al reivindicar a los consejos obreros como
entidades básicas de una nueva sociedad.
La
gran conflagración era un exterminio implacable de primera generación donde las
trincheras fueron la punta del iceberg de la guerra de posiciones y los hombres
y mujeres pusieron los muertos mientras los grupos dominantes en Alemania,
Prusia, el imperio austro-húngaro, el Reino Unido, Francia y Estados Unidos, se
enfrentaban por el dominio de los mercados. Una de las mayores reflexiones de
esta confrontación las reúne el director Stanley Kubrick en la película Senderos de Gloria o Patrulla infernal,
donde analiza la locura de esta conflagración y el reaccionario concepto de
patria.
El
grave error de Versalles, muy gravoso para Alemania, así como el desastre
económico de la República de Weimar, fueron el caldo de cultivo para el
nacimiento del nacionalsocialismo encabezado por Adolfo Hitler, quien empleó
criterios keynesianos para expandir la economía mediante la guerra. El
resultado final fue una derrota de los nazis pero las élites triunfadoras aprendieron
con esa experiencia.
Crearon
organismos multilaterales para equilibrar los índices macroeconómicos en caso
de variaciones imprevistas y no repetir las aberraciones del pasado; e
inauguraron en Europa el welfare state
o estado del bienestar, donde se le dio a la clase obrera seguridad social y
participación en la producción de bienes y servicios. El Plan Marshall para la
recuperación del viejo continente fue pagado por la gente y se logró en
múltiples planos, comenzando con el país derrotado, Alemania.
Consecuencia
de esta nueva coyuntura se formó un poderoso movimiento sindical en Francia,
España, Italia, Alemania y el Reino Unido. En general oscilaron entre la
socialdemocracia y el socialismo marxista, dejando atrás la experiencia
anarcosindicalista española liquidada con la derrota republicana en 1939.
Así
las cosas, vale la pena resaltar los casos de dos grandes sindicalistas en la
época de los sesenta y setenta del siglo veinte. Lula Da Silva en Brasil y Lech
Walesa en Polonia. Este último fue un verdadero ícono de los obreros de un país
ocupado por la Unión Soviética que desencadenó una dictadura militar dirigida
por el general Jaruselski, a la que enfrentaron los obreros de Danzig,
liderizados por quien era un obrero de los astilleros de esa ciudad del mar
Báltico.
En
el caso brasileño vimos cómo un obrero se electoralizó, fue candidato derrotado
dos veces por Henrique Cardoso y la socialdemocracia para convertirse después
en parte del sistema con todas sus vicios como el clientelismo y la corrupción.
Además,
apreciamos cómo Margaret Thatcher derrotó a las poderosas trade unions apelando a elementos de la realidad. Primero, el gran
desprestigio y la deslegitimación de los sindicalistas; y segundo, por el
fantasma del desempleo generado por la exclusión social. Karl Marx habló de los
desempleados como un ejército de reserva con posibilidad de reincorporarse al
aparato productivo pero con el capitalismo contemporáneo se produce la
expulsión de las personas del acceso a los bienes y servicios en forma
permanente sin posibilidad de regreso.
La escuela de Frankfurt
y la clase obrera
Uno
de los dogmas de fe del marxismo leninismo fue la ubicación de la clase obrera
como el sujeto de la transformación social. El esquema del pensador de Tréveris
se basaba en una concepción ideológica donde los trabajadores debían asumir el
poder político para desde allí edificar la nueva sociedad. Los obreros eran
dialécticamente los antónimos de los dominadores, la burguesía.
En
función del cartabón del materialismo histórico, el desbordamiento de las
fuerzas productivas arropaba al modo de producir y a fortiori, se debía crear unas nuevas relaciones de producción
donde la igualdad y no la explotación, reinaran. Además, de acuerdo al esquema
de una de las leyes del materialismo dialéctico aplicable a la naturaleza, era
el de la unidad y lucha de contrarios. A Marx le gustaba que le dijeran el
Darwin de las ciencias sociales.
No
obstante, un grupo de investigadores de la universidad de Franckfurt del Meno
comenzó a analizar al marxismo a la luz del psicoanálisis y el inconsciente,
ampliando el radio de acción del mismo. Logró una amplitud capaz de trascender
el criterio economicista en el cual se había encerrado. Herbert Marcuse, Erich
Fromm, Walter Benjamin, Teodoro Adorno, Wilhem Reich y Jurgen Habermas,
formaron la vanguardia de esta escuela de ciencias sociales, perseguida y
expulsada de Alemania por el nazismo.
Respecto
a la clase revolucionaria asignada al proletariado, ese principio aparentemente
inmutable fue reanalizado por la Escuela de Franckfurt y alcanzó conclusiones
distintas. En efecto, estimaron que la clase obrera estaba integrada al sistema
capitalista porque formaba parte de él y no tenía ninguna condición
revolucionaria. Esta herejía fue muy criticada por el marxismo oficial y
tradicional y se les consideró como ideas pequeñoburguesas.
La clase obrera
no es sujeto de transformación
Ulteriormente
los enfoques del posestructuralismo francés fueron diáfanos en valorar la
inexistencia de una clase, la obrera, como sujeto histórico de una
transformación social. El mismo Foucault pensaba que el único sujeto válido era
el de la dominación, el Estado. La siombiosis entre estas investigaciones y el
anarquismo clásico han sembrado la actualización del ideal ácrata, a decir del
ideólogo español Tomás Ibáñez y conforma el postanarquismo, al margen del
denominado neoanarquismo entendido como los movimientos practicantes de la
libertad sin identificarse como libertarios.
Pensadores
marxistas abiertos, como John Halloway, piensan en el concepto de clase no en
el sentido sociológico, vale decir, la estimación de un estadio común de
personas con la misma capacidad de producción y consumo. Aprecia al concepto de
clase como dialéctico, como dispositivo insurgente o revolucionario porque la
finalidad de una metamorfosis distinta reside en eliminar la pobreza y las
diferencias de clase y no ratificarlas. Dicho de otra manera, entender la idea
de clase obrera en el sentido sociológico es inerte y permite que las experiencias
del socialismo autoritario hayan logrado la igualdad por abajo o concluir en la
pobreza para todos.
A
todo evento es interesante insistir en la necesidad de un cambio de óptica de
la sociedad. No necesariamente deben precisarse sujetos protagonistas de
cambio, pueden ser muchos por las múltiples anomalías existentes que no pueden
circunscribirse a la contradicción maniquea burgués-proletario con el cual el
recetario marxista simplificó la discusión.
Estamos
en el siglo veintiuno y fuera de Europa. Es posible que el eurocentrismo
decimonónico se orientara hacia la lucha de clases como opción de
transformación pero el mundo ahora es distinto y de una mayor complejidad.
En
este mismo orden de ideas podernos señalar enunciativamente sectores o temas
trascendentes para una metamorfosis social. Primero, la igualdad de género es
una pieza fundamental en el universo actual. La mujer debe ocupar un espacio en
el mismo nivel del hombre pero no para reproducir el patriarcado sino para
optar por una vía libertaria.
Segundo,
la preservación del planeta es esencial para lo más elemental, la subsistencia.
Se puede ser ecologista o ambientalista pero lo interesante es tener como norte
la ruptura de la concepción dualista platónica donde la fenomenología estaba
por debajo del mundo de las ideas, es decir, entre cultura y naturaleza debe
haber distancia y el marxismo la reproduce cuando piensa en la dominación del
ser humano sobre la naturaleza o lo dicho por Lenin: socialismo es soviet más
electricidad. Es el positivismo en pleno esplendor.
Tercero,
las opciones sexuales alternativas ocupan un lugar de lucha por la exclusión a
la cual han sido sometidas. Los homosexuales, las lesbianas, los transexuales y
bisexuales, son minorías martirizadas por la intolerancia al escoger una
posibilidad sexual distinta.
Cuarto,
la lucha contra toda forma de racismo, bien sea por la fisonomía, exceso de
melanina o por cualquier otra manera de considerar inferior a un ser humano por
ciertas características. Es un capítulo especial ahora que en los Estados
Unidos ha revivido las persecuciones hacia los afroamericanos como lo demuestra
los casos de Ferguson, Nueva York y Atlanta. No se ha superado los estigmas
propios del sur americano.
Adicionalmente
el combate para impedir la xenofobia, el chauvinismo y la persecución de
emigrantes, quienes cometen el delito de buscar mejores horizontes económicos,
sociales y culturales.
Quinto,
la convivencia con los animales no humanos. Quien pretenda una sociedad
distinta debe hacer una estimativa en la relación con estos seres que nos
acompañan en el planeta. No pueden utilizarse para deportes con la muerte como
telos para satisfacción de una clientela sanguinaria (tauromaquia, peleas
caninas o de gallos) ni como centros de diversión a costa de su sacrificio.
Sexto,
asimismo, la proposición de no matar a los animales no humanos es altamente
significativa porque implica no comer sus cadáveres para alimentarnos. El
vegetarianismo es una posibilidad de avanzada inscrita en esa dirección.
Séptimo,
la pelea por la reducción y eventualmente eliminación de las desigualdades
clasistas además de movilizarse por elevar la calidad de vida de los hombres y
las mujeres, constituye un núcleo de valía en la activación de alcanzar un mejor
modelo civilizatorio.
Crisis de la
teoría del valor marxista o el fin del trabajo
Adicionalmente,
la teoría del valor en Marx se enfocaba en la sumatoria del capital constante
al variable. El primero era el constituido por los medios de producción, esto
es, las máquinas, la tierra, la tecnología, la ciencia, los activos tangibles e
intangibles constituyentes de la base del proceso productivo. El valor se
obtenía al agregar al anterior capital el variable, vale decir, la fuerza de
trabajo aportada por el trabajador pagada por el empresario pero gracias a la
plusvalía el empleador se apropiaba del resultado del trabajo. Recapitulando,
el valor se lograba siempre de acuerdo a la dimensión de la plusvalía.
Ahora
bien, la vieja distopía del reemplazo de los humanos por máquinas se está
cumpliendo. El desarrollo inusitado de la tecnología en grado exponencial en
los últimos tiempos ha influido en la formación del valor de la mercancía no
solo devenido de la fuerza de trabajo y la plusvalía. Entonces, las fuerzas
productivas no son las únicas generadoras del precio de los bienes y servicios.
En la medida de mayor desarrollo tecnológico menor es la necesidad de trabajo
humano porque los artilugios se encargan de la producción. La robótica, la
microelectrónica, la biotecnología y ciencias, las denominadas industrias del
futuro y actividades afines se han incorporado a generar riqueza produciendo la
mayor rentabilidad.
El
capitalismo mundial sopesó la tendencia de las reformas en la dinámica obrero
patronal y para evitar seguir haciendo concesiones decidió efectuar inversiones
intensivas en materia tecnológica y ahora tenemos el resultado. Es el pos
capitalismo caracterizado por una economía globalizada o mundializada y el
manejo del trabajo minimizado cada vez más, desde la perspectiva de la eficacia
del capital. La resultante es la exclusión social y la economía informal,
espacio al cual acuden los expulsados del paraíso productivo.
Asimismo,
mientras más regresivo sea un país y su mano de obra sea esclava no será
necesaria la tecnología porque será más barato el pago de esos trabajadores en
grado de inopia. Es el caso de China con el factor trabajo subpagado y en
condiciones de adversidad porque no existe el derecho a huelga, la
sindicalizacion y se viola la labor de las mujeres, ancianos y niños y adolescentes.
También en los emiratos del golfo pérsico donde contratan verdaderos esclavos
provenientes de Pakistán y la India. Pero constituye un factor de alto riesgo
porque se trata de una bomba de tiempo social a explotar en cualquier momento.
Autores
como Jeremy Rifkin en su obra El fin del
trabajo hace una descripción de estos supuestos y concluye en el peligro de
la desaparición del trabajo humano por su reemplazo tecnológico. Es la
dirección de la economía contemporánea que da como muestra una producción de
más del ciento veinte por ciento de los bienes y servicios requeridos por los
seres humanos pero con un incremento de la pobreza hasta alrededor del ochenta
por ciento de la humanidad. El sector servicios es el vanguardista desde el
ángulo de la globalización y cada vez más se tecnifica y prescinde de los seres
humanos.
La
clase obrera como tal tiene un destino junto al capitalismo porque el empleo de
la tecnología la ha hecho limitar. Pero más allá, vemos cómo las condiciones de
trabajo esclavo y mal pagado compiten con los beneficios sociales logrados. Es
fácil observar cómo se ha desplazado el capital transnacional para lugares
donde los obreros perciben salarios de hambre y viven peor que los trabajadores
de la época de la revolución industrial.
Situación actual
del sindicalismo en Venezuela
El
movimiento obrero en Venezuela atraviesa un cuadro dantesco en los momentos
presentes. Exhibe una nítida debilidad frente a los patronos, sobre todo ante
el Estado quien emplea directa e indirectamente cuatro millones de personas
(dos millones y medio de empleados públicos y millón y medio de los programas
asistencialistas de las misiones).
Las
antiguas confederaciones han devenido en cascarones vacíos. La otrora poderosa
C.T.V., promovida en su momento por el Estado, es una expresión restringida en
cuanto a su afiliación. Las demás centrales, la C.U.T.V., Codesa y las dos
versiones de la C.G.T., exhiben una ingente parálisis. Los otrora sindicatos
poderosos muestran poca actividad.
El
sindicalismo oficialista asume el rol correspondiente a quienes creen tener en
frente un Estado socialista. Simplemente son correas de transmisión de las
políticas clientelares del aparato de dominación. Concurren a las marchas
convocadas desde el gobierno y participan en los operativos públicos. Cumplen
el papel de contenedores de las inquietudes populares y ni siquiera tienen
vigor para exigir la discusión de convenciones colectivas y las pocas suscritas
son patronales y reformistas.
Al
margen de los anteriores existen fuerzas sindicales ajenas a esas opciones. Me
refiero a la Unión Nacional de Trabajadores (U.N.T.), C-Cura (Corriente
Clasista Unitaria Revolucionaria y Autónoma), MOSBASE (Movimiento de Sindicatos
de Base) y El Frente Autónomo en
Defensa del Empleo, el Salario y el Sindicato (Fadess).
UNT
y CCura vienen de las confederaciones bolivarianas y rompieron con el chavismo
asumiendo una actitud autónoma y clasista ante el desastre del Estado
venezolano que en su trastabillar pretende endosar a los trabajadores el peso
del sacrificio de la crisis. El MOSBASE está integrado por sindicalistas de la
Causa R y el FADESS por diferentes sectores con posiciones no complacientes
frente al oficialismo.
En
general, presentan un paisaje de dispersión, atomización y la colocación de
intereses grupales por encima de una unidad apta para dar una respuesta
contundente al Estado ante la grave situación económica y social. Esa es una de
las razones por las cuales no hay una conflictividad social cónsona con las
circunstancias.
Motivos de la
precariedad sindical
Estimo
que la razón fundamental para la inercia del sindicalismo se inscribe en la
decadencia de un valor del iluminismo y la ilustración, la representatividad.
Fue la conquista institucional empleada a la sazón para resolver el problema
del absolutismo y justifica la imposibilidad de consulta permanente al pueblo
para la toma de decisiones, dejándoselas a sus mandatarios.
Es
una muestra dada en todas las instancias representativas, en los partidos
políticos, los gremios profesionales, las alcaldías, el alto gobierno, el
parlamento y paremos de contar. Este principio angular de la democracia formal
se encuentra literalmente agotado. Figuras como el defenestrado Silvio
Berlusconi en Italia con sus exhibicionismo con trabajadoras sexuales; el
anterior presidente galo Nicolás Sarkosy y su matrimonio con una top model,
Carla Bruni; el hombre de televisión en Italia, Bepe Grillo, son muestras de
que la sociedad del espectáculo es una senda para reemplazar a una
representación tan desprestigiada.
No
obstante, su reemplazo tampoco es con figuras encubiertas de tutelaje como la
democracia participativa y protagónica establecida en la constitución
venezolana. Esta institución no es otra cosa que la manipulación del poder por
una enorme centralización porque desde Miraflores se pretende decidir sobre el
más remoto consejo comunal debido a la potestad financiera de la presidencia,
quien de esa forma puede direccionar sus políticas.
No
debemos olvidar que al final el problema de la pobreza y del hambre, más que un
problema económico, es un aspecto ético como lo ha sostenido el premio Nobel en
Economía, Amartya Sen. Haciendo abstracción de tener aristas políticas,
económicas, sociales o culturales, se impone la valoración de aspirar a un
mundo mejor y concebir el desarrollo como libertad.
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