Tamara Álvarez
En
los tres escasos minutos que ha tardado en encenderse mi ordenador portátil, he tenido que levantarme ante la caída de una lámpara que había en la mesita y a quitar de las manos de la
niña el cristal de un marco de
fotos que amenazaba con hacerse añicos por todo el suelo del salón. Ahora está dando botes sin pararen un sofá que, estoy segura, no va a llegar vivo al final de la cuarentena porque es el único sitio de la casa donde una niña pequeña
puede dar rienda suelta a toda la
energía que tiene dentro, que es mucha... Y
ante mi nerviosismo incipiente por si se
parte la crisma y tengo que llevarla a unas
urgencias abarrotadas, y porque tengo que
concentrarme en escribir pese a todo ello,
respiro profundamente por enésima vez en
el día. Si me preguntases por mi oficio,
ahora mismo te diría que soy respiradora
profunda profesional.







