
Élisée Reclus (1830-1905)
La conducta que el
anarquista ha de observar con respecto al hombre de Iglesia, está de antemano
trazada; mientras que curas, frailes y demás detentadores de un pretendido
poder divino se hallen constituidos en liga de dominación, tiene que
combatirlos sin tregua, con toda la fuerza de su voluntad, con todos los
recursos de su inteligencia y su energía. Esta lucha no ha de ser un obstáculo
para que se guarde el respeto personal y la buena simpatía a cada individuo
cristiano, budista, fetichista, etc. Principiemos por libertarnos, trabajemos
después por la libertad de nuestro antagonista.
Lo que se debe temer de la
Iglesia y de todas las Iglesias, nos lo dice clarísimamente la historia, y no
hay excusa acerca de este punto; todo error o mala interpretación, es
inaceptable; más aún, es imposible. Somos aborrecidos, execrados, malditos,
demonios condenados a los tormentos del infierno, lo que para nosotros no tiene
sentido, y, lo que es indudablemente peor, somos señalados a la vindicta de las leyes
temporales, a la venganza particular de los carceleros y de los verdugos y aún
a la originalidad de los atormentadores que el Santo Oficio, viviente todavía,
mantiene en los calabozos. El lenguaje oficial de los papas, formulado en sus
recientes bulas, dirige expresamente la campaña contra los «insensatos y
diabólicos innovadores, los orgullosos discípulos de una pretendida ciencia,
las personas delirantes que piden la libertad de conciencia, los que desprecian
todas las cosas sagradas, los aborrecibles corruptores de la juventud, los
obreros del crimen y de la iniquidad». Anatemas y maldiciones dirigidos de
preferencia a los hombres revolucionarios que se denominan libertarios o
anarquistas.