Tomado del blog Niebla
En el andén de Treblinka había la pintura de un
reloj. Su eternidad se había detenido a las tres de la tarde. A esa hora solía
llegar el tren de la muerte en un tiempo. Al bajarse, los pasajeros sabían que
también se apeaban del tiempo. En Treblinka siempre eran las tres.
No es posible un diálogo entre la muerte y el
tiempo: ante aquella este siempre guardaría silencio. La muerte es una elipsis
del tiempo y como tal es una burbuja de significado. Quizás no haya otro
intangible humano con más significado que la esperanza. Al secuestrar el
tiempo, el reloj de Treblinka también tomaba por rehén a la esperanza. Luego de
tanto esfuerzo por sobrevivir, seguían siendo las tres.
El reloj de Treblinka es un símbolo del tiempo
totalitario. Los tiranos necesitan un reloj detenido a la hora de la muerte.
Sin menoscabo del infortunio final que a cada quien tocara, en Treblinka todos
morían a las tres, al bajar del tren.
En la peculiar concepción kantiana del tiempo, este
es una forma pura de la intuición sensorial. Las intuiciones del yo constituyen
ese sentido interno que toma la forma del tiempo. La interioridad kantiana se
conforma al tiempo como el agua al vaso. El reloj de Treblinka quebró ese vaso.
Al mirar sus manecillas fijas, no había modo de contener la existencia dentro
de ese algo que la filosofía llama persona humana.