Gustavo Godoy
Así nomás y de repente, un día todo cambió. La vida cambió. En aquellos tiempos, todo parecía un contrasentido. Todo era difícil. Los viejos aires fueron reemplazados por un ambiente sofocante. Lo que antes nos unía, la familia, la amistad, el respeto, la decencia, la honradez, todo eso se rompió. Fue un jarrón de fino cristal que de pronto se cayó de la mesa. Daba la sensación de que todo sentimiento de humanidad se había olvidado. El rencor. El resentimiento. Las injusticias. Las divisiones. La mentira. Y sobre todo la codicia. Esos parecían ser los nuevos valores. Las ideas del prójimo y del buen vecino se esfumaron. En aquel entonces solo había malas compañías. Nos habíamos convertido en una sociedad de enemigos, criaturas rabiosas y odiosos que con sus garras se torturaban entre sí. Un infierno donde los propios condenados eran los primeros cómplices del mismo pavoroso tormento que los agobiaba. O por lo menos, así era como se sentía el mundo en aquellos tiempos. ¡Y pensar que todo aquello empezó con la idea de crear un paraíso! Todo el mal residió en el hecho de pretender impartir justicia fomentando el odio entre hermanos. No se logró el paraíso. En su lugar, se logró la ruina. De ese sueño tan prometido, solo quedaba, entre la sangre y la mugre, los vidrios rotos en el suelo. Una cruel estafa, eso fue todo aquello.
Así nomás y de repente, un día todo cambió. La vida cambió. En aquellos tiempos, todo parecía un contrasentido. Todo era difícil. Los viejos aires fueron reemplazados por un ambiente sofocante. Lo que antes nos unía, la familia, la amistad, el respeto, la decencia, la honradez, todo eso se rompió. Fue un jarrón de fino cristal que de pronto se cayó de la mesa. Daba la sensación de que todo sentimiento de humanidad se había olvidado. El rencor. El resentimiento. Las injusticias. Las divisiones. La mentira. Y sobre todo la codicia. Esos parecían ser los nuevos valores. Las ideas del prójimo y del buen vecino se esfumaron. En aquel entonces solo había malas compañías. Nos habíamos convertido en una sociedad de enemigos, criaturas rabiosas y odiosos que con sus garras se torturaban entre sí. Un infierno donde los propios condenados eran los primeros cómplices del mismo pavoroso tormento que los agobiaba. O por lo menos, así era como se sentía el mundo en aquellos tiempos. ¡Y pensar que todo aquello empezó con la idea de crear un paraíso! Todo el mal residió en el hecho de pretender impartir justicia fomentando el odio entre hermanos. No se logró el paraíso. En su lugar, se logró la ruina. De ese sueño tan prometido, solo quedaba, entre la sangre y la mugre, los vidrios rotos en el suelo. Una cruel estafa, eso fue todo aquello.
