Rosa Fraile
En el siglo XXI tenemos pendiente una conquista irrenunciable, de gran dimensión política y a la que deberíamos dedicar todo nuestro esfuerzo: conseguir por fin la libertad sexual y reproductiva. Lograrlo sería un hecho revolucionario en sí mismo, que beneficiará sin duda a toda la humanidad. El libre desarrollo de nuestra sexualidad se ha temido desde aquel tiempo inmemorial en el que nacieran los mitos sobre vaginas dentadas. El poder nunca ha dudado en usar la coerción y la brutalidad para imponer a la mujer desde el ritmo de embarazos, hasta la privación de nuestro disfrute sexual. ¿Tanto se teme al libre desarrollo del cuerpo y de la sexualidad de la mujer como para llevar milenios esforzándose por controlarlo y conducirla?
