Angel Adrio
Tras las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, Hannah Arendt nos hablaba de la banalidad del mal, de cómo la natural ausencia de malignidad en ciudadanos normales que siguen y cumplen las normas sociales puede llegar a convivir y colaborar con algo tan terrorífico como un genocidio.
Para entenderlo divide a los ciudadanos en tres categorías: nihilistas, dogmáticos y ciudadanos normales. Pero lo que resalta en su pensamiento es que la mayoría social que realmente consiente, colabora y en definitiva permite que se lleven a cabo los mayores desastres humanitarios no es de los nihilistas ni de los dogmáticos, sino de los ciudadanos normales.
Tras las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, Hannah Arendt nos hablaba de la banalidad del mal, de cómo la natural ausencia de malignidad en ciudadanos normales que siguen y cumplen las normas sociales puede llegar a convivir y colaborar con algo tan terrorífico como un genocidio.
Para entenderlo divide a los ciudadanos en tres categorías: nihilistas, dogmáticos y ciudadanos normales. Pero lo que resalta en su pensamiento es que la mayoría social que realmente consiente, colabora y en definitiva permite que se lleven a cabo los mayores desastres humanitarios no es de los nihilistas ni de los dogmáticos, sino de los ciudadanos normales.
