Xavier Díez
El pasado verano saltó a la luz pública lo que vienen siendo prácticas habituales en determinados enclaves turísticos de las Baleares. Algunos locales de ocio de las islas organizaban concursos de felaciones en las que las participantes obtenían como premio una barra libre de alcohol. Aunque este tipo de “fiestas” venían siendo habituales desde hacía algunos años (y también vienen siendo frecuentes en otros puntos de la geografía mediterránea), la generalización de smarthphones y redes sociales permitían difundir por internet este tipo de prácticas a la velocidad de la luz. Una brillante periodista catalana, Empar Moliner, disimulando el escándalo con grandes dosis de ironía, bautizó este tipo de prácticas con el apelativo de “mamading”, complementario a otros términos del campo semántico del turismo de borrachera como el “balconing”, en el que muchos turistas, especialmente del norte de Europa, perdían la vida al no calcular bien el salto de un balcón a la piscina del hotel o el paso hacia otra habitación. Este tipo de situaciones tiene como elemento común el consumo compulsivo de alcohol, la búsqueda súbita del coma etílico y una concepción del ocio como desenfreno nihilista.
Podríamos ponernos moralistas. De hecho, a pesar de defender radicalmente la libertad individual, buena parte del movimiento libertario posee un componente puritano bastante acentuado. Pero a menudo, resulta conveniente establecer un distanciamiento académico respecto a los hechos, una mirada alejada, para tratar de analizar los motivos que conducen a decenas de miles de personas, especialmente muy jóvenes, hacia este tipo de actitudes y actividades.
El pasado verano saltó a la luz pública lo que vienen siendo prácticas habituales en determinados enclaves turísticos de las Baleares. Algunos locales de ocio de las islas organizaban concursos de felaciones en las que las participantes obtenían como premio una barra libre de alcohol. Aunque este tipo de “fiestas” venían siendo habituales desde hacía algunos años (y también vienen siendo frecuentes en otros puntos de la geografía mediterránea), la generalización de smarthphones y redes sociales permitían difundir por internet este tipo de prácticas a la velocidad de la luz. Una brillante periodista catalana, Empar Moliner, disimulando el escándalo con grandes dosis de ironía, bautizó este tipo de prácticas con el apelativo de “mamading”, complementario a otros términos del campo semántico del turismo de borrachera como el “balconing”, en el que muchos turistas, especialmente del norte de Europa, perdían la vida al no calcular bien el salto de un balcón a la piscina del hotel o el paso hacia otra habitación. Este tipo de situaciones tiene como elemento común el consumo compulsivo de alcohol, la búsqueda súbita del coma etílico y una concepción del ocio como desenfreno nihilista.
Podríamos ponernos moralistas. De hecho, a pesar de defender radicalmente la libertad individual, buena parte del movimiento libertario posee un componente puritano bastante acentuado. Pero a menudo, resulta conveniente establecer un distanciamiento académico respecto a los hechos, una mirada alejada, para tratar de analizar los motivos que conducen a decenas de miles de personas, especialmente muy jóvenes, hacia este tipo de actitudes y actividades.
