Por Octavio Alberola
Contrariamente a lo que muchos piensan, la capacidad de creer en falacias y aceptar ciegamente una ficción, por fantasiosa y grotesca que ésta sea, no es atributo de tontos e ignorantes. El famoso ensayista Noam Chomsky nos acaba de mostrar que también intelectuales cultivados, inteligentes y perspicaces pueden volverse crédulos y aceptar conductas y actuaciones políticas a todas luces demagógicas, falaces y autoritarias. Creerlo o por lo menos simularlo.
Claro que no es nada nuevo ver a un intelectual de alto rango caer en tal contradicción. Ya con la Unión soviética y la China maoísta tuvimos el irracional fenómeno de los “compañeros de viaje”… Esos intelectuales que creyeron -muchos de ellos de buena fe- en la instauración del “socialismo” y la construcción del “hombre nuevo” en esos países, hasta que los hechos les obligaron a darse cuenta de lo que realmente eran esos regímenes. No obstante, aunque en muchos casos tales extravíos no estén motivados por la búsqueda de algún tipo de recompensa y parezcan sinceros, puras fatalidades antropológicas, es lógico preguntarse el por qué y el cómo de tales conductas. Y aunque lo más fácil sea pensar que es simplemente por el efecto de creencia, que ningún ser humano –inclusive el más racional- puede permanentemente evitar, en el caso de Chomsky no es posible olvidar que él combatió ese efecto de creencia en el pasado.