Por Marcel Ventura
Ese que aparece en el segundo 43 eres tú. Fuiste al mercado en un país donde lo normal es no conseguir las cosas que necesitas cuando las necesitas: pollo, harina, jabón, leche, azúcar, papel higiénico, desodorante. Te has acostumbrado. Caminas por el barrio Los Palos Grandes, en el municipio caraqueño más opositor, así que ya no te alarman los gritos lejanos de militares ni el ruido metálico de las barricadas que día tras día arman los manifestantes en vías públicas. ¿Cuándo se terminará todo?, te preguntas, aunque ya ni sabes qué tan grande es ese todo porque una protesta es un hiato en la normalidad, pero lo que quedará cuando terminen las protestas es un hiato aún mayor.
Te detienes en el segundo 52 a ver un movimiento extraño al
otro lado de la acera. Dos personas se bajan de un coche y van hacia ti. Tal
vez dicen tu nombre. Fíjate que no sueltas las bolsas del mercado para mostrar
los nudillos, ni siquiera cuando el coche pone reversa en contrasentido. Te
rodean, te dicen “acompáñanos-estás-detenido” y tú recuerdas que en las
películas a la gente no la detienen así. Al minuto y once segundos la puerta
del coche se abre, uno de los hombres te pone la mano en la espalda y de inmediato
tratas de huir porque todos saben que nada bueno ocurre dentro de un coche
negro con vidrios oscuros. Empieza el forcejeo, eres más grande que los otros,
así que el conductor se apresura a ayudar y hasta se olvida de detener el
vehículo.