Carlos Clemente
Soy de los que creen que la edad es un número caprichoso incapaz de explicar el complejo universo de cualquier persona. Aunque tampoco me entusiasma comportarme como un adolescente y que me dé por probar en alguna idiotez lo que no pude hacer cuando tuve veintitrés, parafraseando una popular balada del Cuarteto de Nos. La cuestión es que, tal vez con menos intensidad que en el pasado, ciertos mandatos sociales pesan sobre los hombros del amplio club de señores que cumplimos 40 años.
Se trata de una cifra aleatoria, está claro que un individuo no modifica sus hábitos o costumbres de un día para el otro, ni mucho menos su modo de ver las cosas o su habilidad para relacionarse socialmente difiere a los 39 o a los 41.El caso es que se supone que a los 40 años ya hemos tenido la oportunidad de recorrer suficiente camino, de asimilar suficientes experiencias de vida como para considerarnos en la plenitud de la madurez.
Soy de los que creen que la edad es un número caprichoso incapaz de explicar el complejo universo de cualquier persona. Aunque tampoco me entusiasma comportarme como un adolescente y que me dé por probar en alguna idiotez lo que no pude hacer cuando tuve veintitrés, parafraseando una popular balada del Cuarteto de Nos. La cuestión es que, tal vez con menos intensidad que en el pasado, ciertos mandatos sociales pesan sobre los hombros del amplio club de señores que cumplimos 40 años.
Se trata de una cifra aleatoria, está claro que un individuo no modifica sus hábitos o costumbres de un día para el otro, ni mucho menos su modo de ver las cosas o su habilidad para relacionarse socialmente difiere a los 39 o a los 41.El caso es que se supone que a los 40 años ya hemos tenido la oportunidad de recorrer suficiente camino, de asimilar suficientes experiencias de vida como para considerarnos en la plenitud de la madurez.
