La reaparición de los neonazis en el escenario político
europeo y particularmente en Grecia durante las últimas campañas electorales no
puede sino generar inquietud. El fascismo y el nazismo, son las expresiones más
patéticas de la barbarie capitalista, a toda la crueldad de este sistema se le
agrega el discurso y las prácticas del nacionalismo y el racismo. Es el
paroxismo destructivo y tanático encarnado en un ideología, es decir la
racionalización de la aniquilación de los otros, de lo diferente, a quien se
atribuye la culpa de los males.
Decía el anarquista itálico Luiggi Fabbri, que el fascismo
es una “contrarevolución preventiva”, en
realidad, estos grupos aparecen en plena crisis proclamándose como los
salvadores mesiánicos, y el clima de pauperización creciente es el caldo de
cultivo para el fanatismo chauvinista que transformado en políticas de Estado
se patentiza en leyes y persecución a los inmigrantes en diversas latitudes.
Acaso transcurridas tantas décadas desde el truculento ocaso
del Tercer Reich alemán, aun hay nostálgicos de semejante carnicería humana,
que entre otras cosas perpetró un genocidio y sistematizó la destrucción de
millones de seres humanos en campos de trabajos forzados, concentración y
exterminio.
