
Nora Fernandez
En el sigloXXI1 las guerras no han cambiado demasiado, implican muerte, destrucción, dolor, hambre, miedo, inestabilidad, sufrimiento, la población civil bombardeada en las calles, hospitales, escuelas y en sus casas, muertos, heridos, traumatizados. Las guerras pueden pasar desapercibidas solo para quienes no las sufren, porque pueden continuar viviendo como todos los días -trabajando, estudiando, comprando, planeando entretenimientos, pensando en festejar cumpleaños o en la celebración del día de gracias o de la navidad. Los que sufren las guerras no tienen tiempo para esto, para ellos se trata de sobrevivir, de no pensar demasiado, de vivir minuto a minuto, hora a hora, día a día. Las guerras son largas, se sienten eternas, son deshumanizadas y deshumanizantes, son experiencias que no deberían ser experiencias humanas. Pero las guerras son, y son porque no las deciden quienes las van a sufrir o las sufren. Los costos de guerra han recibido últimamente mayor atención pero todavía ignoramos demasiado, los números en dinero son enormes, casi no tienen sentido. Los costos en personas no pueden entenderse sólo numéricamente, falta estar en los zapatos de los afectados que se presentan siempre lejanos, ajenos, diferentes. En la guerra sufren principalmente los civiles, aunque sin duda sufren también los soldados incluso los mejor equipados, los más aventajados, los que parecen tienen total superioridad, ellos también se traumatizan. En las guerras el costo humano es enorme, tanto que las guerras deberían ya no ser, pero esto no nos ha impedido nunca invadir, destruir y comenzar una guerra. Las razones de guerra se presentan siempre como de defensa, nos atacan los salvajes, los herejes, los desalmados, los otros despojados de humanidad. Las razones verdaderas son prosaicas, hay armas que probar y vender, dineros que ganar, territorios y recursos que asegurar, intereses que proteger, privilegios que defender.