Carlos Taibo
Son
muchas las ocasiones en las que, en actos públicos, me he referido al riesgo de
un colapso general del sistema que padecemos. El argumento, por fuerza, tenía
que suscitar controversias y con el paso del tiempo he ido acumulando experiencias,
de todo tipo, relativas a la discusión correspondiente. Por momentos me ha
parecido que era urgente hincarle el diente al concepto de colapso, y a sus
aledaños, toda vez que bien podía ocurrir que, pese a emplear muchas gentes la
misma palabra, estuviesen pensando a la postre en realidades distintas. Si así
se quiere, este libro es un ejercicio de clarificación, para mí mismo,de la
disputa sobre las muchas aristas que el concepto en cuestión presenta. Al
respecto se ordena en siete capítulos. El primero se interesa por el mentado
concepto de colapso, estudia los problemas que arrastra y sopesa algunas de las
enseñanzas que se derivan de colapsos registrados en el pasado. El segundo considera
las presumibles causas de un colapso sistémico global, con particular atención
dispensada al cambio climático y al agotamiento de las materias primas
energéticas. El tercero, de carácter inequívocamente especulativo, analiza las
posibles consecuencias del colapso. El cuarto y el quinto se acercan a dos
posibles respuestas ante éste: la propia de los movimientos por la transición
ecosocialy la vinculada con lo que ha dado en llamarse ecofascismo . Mientras
el sexto vuelca la atención sobre las percepciones populares en torno al
colapso, el séptimo, y último, procura extraer algunas conclusiones de carácter
general. Me gustaría dejar claro desde el principio que en modo alguno estoy en
condiciones de afirmar que en una u otra fecha se va a verificar un hundimiento
general del sistema que tenemos delante de los ojos. La tesis que, de forma
desapasionada, defiendo en esta obra es más cautelosa y se limita a adelantar que
ese hundimiento, habida cuenta de los ya numerosos datos que obran en nuestro
poder, es probable. Desde esa atalaya el libro que el lector tiene en sus
manos, que no incorpora ninguna certeza absoluta, incluye una modesta
invitación a la reflexión y a la prudencia que queda bien resumida en la figura
del pater familias diligens (padre de
familia diligente) de la que echó mano Castoriadis. Me limitaré a recordar al
respecto que ante un escenario tan delicado como el que plantea la crisis ecológica,
uestra respuesta no puede ser la que el filósofo atribuía a un padre –o a una
madre– al que, tras serle comunicado que era muy posible que su hijo tuviese
una grave enfermedad, en vez de colocar al vástago en manos de los mejores
médicos, lo único que se le ocurrió fue razonar diciendo: “Bien, si es posible que
mi hijo tenga una gravísima enfermedad, también es posible que no la tenga, con
lo que parece moderadamente justificado que me quede cruzado de brazos”. Frente
a ello, el padre de familia consciente se dice a sí mismo: “Ya que los
problemas son enormes, e incluso en el caso de que las probabilidades de que se
manifiesten sean escasas, procedo con la mayor prudencia, y no como si nada
estuviese sucediendo” [1].