
Gustavo Rodríguez
[Texto de la charla presentada en el Centro Social Okupado “Casa Naranja”, Tlanepantla, estado de México. Domingo 3 de julio de 2011]
El título de nuestra charla podría parecer, ante la lectura neófita, un pleonasmo. Curiosamente, muchos de los que nos asumimos partidarios de la Anarquía, también consideramos que es una reiteración hablar de “ilegalismo anarquista”; sin embargo, esta particular etiqueta toma sentido si, y sólo sí, se registra la existencia de dos posicionamientos antagónicos en torno a la concreción de la acción directa –es decir, al momento en que llevamos a la práctica toda nuestra teoría–. Este antagonismo, tan lamentable como innegable al interior de nuestras tiendas, será la causa de tan peculiares “distinciones”. Por eso, para adentrarnos en el tema que deseamos emprender, tendremos que abordar la falsa dicotomía: “anarquismo legalista” Vs. “anarquismo ilegalista”. Y, lo planteamos como “falsa dicotomía”, precisamente, porque el denominado “legalismo anarquista” es una contradicción insólita. Desde el momento en que apelamos a la legalidad estamos negando el anarquismo. El anarquismo es ilegal o no es anarquismo. Esa es su esencia y su sentido. Su naturaleza. Por lo mismo, a veces nos parece algo tan obvio que olvidamos insistir puntillosamente en el carácter antiautoritario del anarquismo y, por lo tanto, consecuentemente antisistémico ¡Rabiosamente antisistémico! Estamos contra toda Autoridad. Esa es nuestra máxima. Por esa misma razón, los anarquistas, en el instante en que nos asumimos como tal, ahí mismo, estamos ubicándonos fuera de la ley. Cuando afirmamos –como anarquistas consecuentes– que estamos contra el sistema de dominación, que luchamos contra el ordenamiento social en su conjunto, estamos objetando su orden y las leyes que le socorren. Todas las leyes se han hecho y se harán para darle soporte jurídico a la opresión y a la dominación. Si estamos contra el Estado tenemos que estar forzosamente contra las leyes que lo amparan y justifican su existencia. Entonces, los anarquistas, somos ilegales porque somos anarquistas, es decir, por naturaleza. Eso, por mucha confusión que exista –producto de la intoxicación liberal que asecha nuevamente en estos tiempos–, debemos tenerlo muy claro. Y de ahí, debe quedarnos también muy en claro que, cada vez que utilizan ese eufemismo, siempre que recurren a ese terminajo de “anarquismo ilegalista”, están haciendo alusión al anarquismo insurreccional, a sus tácticas y a sus métodos y lógicamente, lo hacen de manera despectiva –con toda la mala leche–, señalándolo con el índice, desde el pulpito, desde el pretendido “anarquismo legalista”. O lo que es lo mismo, desde la negación del anarquismo. Aquí es muy oportuna esa máxima que se le atribuye a Camilo Berneri y que Bob Black popularizó en los ochenta del siglo pasado con otras palabras pero que, sin duda, evocaba la esencia de la frase original: “son esos anarquistas enemigos de la Anarquía”
Antes de profundizar en la historia del denominado “anarquismo ilegalista”, habría que comenzar por hacer algo de recuento sobre esa postura incongruente –conceptual y prácticamente hablando– que aboga por un “anarquismo legalista” y, paralelamente, menosprecia, proscribe y excluye, el accionar consecuente de los partidarios y las partidaria de la Anarquía. Para poder entender el por qué y el cómo cobró vida en nuestras filas un término tan ambiguo y explicarnos el peculiar interés que existe y persiste en la utilización de semejante rótulo, tenemos que recurrir –una vez más– a la pregunta ineludible: ¿qué es el anarquismo? Como bien señala Bonanno: siempre es necesario retomar el discurso con esta interrogante, aunque estemos entre anarquistas. –muchas veces, justamente por estar entre anarquistas es que resulta inevitable este cuestionamiento– . Alfredo (Bonanno), nos expone que el empleo reiterado de esta interrogante se debe a que el anarquismo no es una definición que, una vez alcanzada, pueda guardarse celosamente en una caja fuerte y conservarse como un patrimonio del cual tomamos argumentos a manera de insumos cada vez que los necesitamos. Y tiene razón. Paradójicamente, hay quienes se reivindican “anarquistas” y sostienen lo contrario; es decir, conciben al anarquismo como una ideología y lo guardan a buen recaudo –en esa caja de caudales que nos mencionaba Bonanno– para “protegerlo”, como si se tratara de un credo. Esos dogmáticos del anarquismo entienden el ideal como una Biblia inamovible que les otorga un abundante arsenal de argumentos a los que pueden apelar en cada circunstancia que se les presente y así, eluden la realidad repitiendo sus sagradas oraciones hasta el infinito. Lo inaudito, es que esta visión distorsionada del anarquismo –ideologizada, para ser exactos– es compartida por ambos bandos de las denominadas corrientes primigenias pese a sus divergencias irreconciliables. Es decir, tanto para la corriente “esencialista”, emparentada con el liberalismo, como para la “historicista”, descendiente directa del marxismo, el anarquismo va asimilarse como una ideología. Esto, de cierta forma, nos explica porque cada vez que el anarquismo se aleja de la realidad de las luchas concretas –ya sea a consecuencia de los períodos de repliegue o por los momentos de reflujo del movimiento real de los oprimidos– reaparecen estos viejos fantasmas y se degenera en ideología. En otras ocasiones, hemos insistido en esto y no nos cansaremos de repetirlo: el anarquismo obtiene su propia especificidad teórico-práctica en el momento en que rompe drásticamente con sus raíces; ahí es que se gesta como tal, revelando su carácter parricida.