Rubén Hernández
Es difícil aceptarlo, pero el típico asalariado venezolano vive prácticamente como un indigente debido a la hiperinflación y al mísero ingreso, tanto en el sector público como en el privado, si bien algo “mejor” en este último.O mejor dicho, sobrevive con una pequeña colaboración exageradamente llamada salario, que a duras penas le alcanza para adquirir algunos alimentos y poco más, y en general le impide tener cierta calidad de vida. De manera que explotado y humillado con el pago de “sueldos” muy inferiores al costo de la canasta básica, el empleado promedio venezolano, en situación de gran pobreza o de miseria, ya no es capaz de atender sus propias necesidades esenciales, menos las de sus familiares a cargo, y solo aquellos que cuentan con varias fuentes de ingreso por diferentes conceptos pueden vivir con cierta dignidad en el país suramericano.
Es difícil aceptarlo, pero el típico asalariado venezolano vive prácticamente como un indigente debido a la hiperinflación y al mísero ingreso, tanto en el sector público como en el privado, si bien algo “mejor” en este último.O mejor dicho, sobrevive con una pequeña colaboración exageradamente llamada salario, que a duras penas le alcanza para adquirir algunos alimentos y poco más, y en general le impide tener cierta calidad de vida. De manera que explotado y humillado con el pago de “sueldos” muy inferiores al costo de la canasta básica, el empleado promedio venezolano, en situación de gran pobreza o de miseria, ya no es capaz de atender sus propias necesidades esenciales, menos las de sus familiares a cargo, y solo aquellos que cuentan con varias fuentes de ingreso por diferentes conceptos pueden vivir con cierta dignidad en el país suramericano.



















