Rafael Cid
"Nada de lo que haya acontecido ha de
darse por perdido para la historia"
Walter Benjamin
Entre
«acracia» y «democracia» discurre una larga historia de encuentros y
desencuentros. En realidad, más de desavenencias que de connivencias (y no digamos
ya de confluencias). Aunque ambos términos, nombres femeninos, tiene la misma
raíz, en este caso el hábito no hace a la causa. El sufijo griego «kratia»,
equivalente a fuerza, autoridad o gobierno, compromete a los dos conceptos.
Pero justamente a la inversa. Incorporado al prefijo «a», se traduce «sin
gobierno», y precedido de «demos» significa «el gobierno del pueblo». En ese
contexto sintáctico y epistemológico se ubica la tarea de explorar potenciales
afinidades entre «acracia» y «democracia». Algo que, a priori y desde las categorías
del presentismo dominante, viene ya de fábrica prejuzgado con vehemente
hostilidad. La mala reputación de la voz «democracia», hoy asociada con el
capitalismo en su formato de «neoliberal y/o representativa», inspira un
negacionismo militante para buena parte de la izquierda, ya sea libertaria y/o
autoritaria.


















