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miércoles, 18 de marzo de 2020
Debate (A): Coronavirus y lucha de clases
José L. Carretero
Las grandes contradicciones sociales del capitalismo terminal están saliendo a flote con la crisis del coronavirus. Por ejemplo: podemos subrayar la actualidad absoluta del concepto de lucha de clases. Una lucha, entendida como conflicto, enfrentamiento y presiones y tensiones recurrentes, que se expresa directa y crudamente en los centros de trabajo a la hora de hacer cumplir las medidas de prevención básicas en los estratos más precarios, más desorganizados o, incluso, más estratégicos en estas circunstancias, de la fuerza de trabajo.
sábado, 14 de febrero de 2015
La autogestión como alternativa
José Luis Carretero
Ante la crisis, ante el desbarajuste capitalista: ¿Existe una alternativa económica? ¿Una democracia productiva? No sólo existe sino que está desarrollándose, creciendo, expandiéndose ante nuestros propios ojos en toda una miríada de proyectos populares autogestionarios que nos rodean y que, cada vez más, pugnan por convertirse en una alternativa real en el momento del despojo y de la devastación de los servicios públicos.
Existe una alternativa y se está haciendo en las calles. No es algo teórico, y no depende tan sólo de afortunadas formulaciones, de dignos estudios etnográficos e históricos, o de estadísticas rigurosas. Ahí, en los poros de esta sociedad, “el movimiento real que abole el actual estado de las cosas” va desplegándose, aprendiendo, expresándose, de manera cada vez más perentoria.
Posemos nuestra mirada en experiencias concretas, en proyectos reales y encarnados en personas con cara y ojos, con ternuras y, también, con buenos y malos días.
Hablemos, por ejemplo, del periódico madrileño Diagonal, producto de los movimientos sociales de la Capital del Estado Español. Un quincenal de funcionamiento autogestionario que edita una tirada cercana a los 15.000 ejemplares y se vende en los kioskos, que tiene su origen, hace más de una década, en un simple folio doblado y fotocopiado que se repartía en el populoso mercado del Rastro madrileño, entre los puestos de artesanía y los tenderetes de ropa usada. Una iniciativa que acaba de llevar a cabo un proceso de crowfunding, entre otras actividades para obtener la financiación necesaria para poder sobrevivir y aumentar su dimensión.
También podemos mencionar la cooperativa de crédito Coop57. Un proyecto colectivo constituido inicialmente con parte de las indemnizaciones por despido que les correspondieron a los trabajadores de la editorial barcelonesa Bruguera. Se trata de una sociedad conformada por distintas entidades que permite financiar proyectos autogestionarios, ecológicos y de la economía social y solidaria, a intereses menores de los de mercado; y en la que los particulares también pueden depositar cantidades, sabiendo a que van a ser dedicadas a ello. Crédito ético, financiando proyectos populares.
Pero, por supuesto, no vamos a hablar sólo del Estado Español, aunque en él este tipo de iniciativas han crecido claramente en estos últimos años de crisis. En otros sitios, como América Latina, las cosas empezaron a suceder ya antes: tanto el inmisericorde ataque de los mercados contra las clases trabajadoras y el conjunto de la sociedad, como la irrupción de los gérmenes y el fermento de la “nueva economía”.
Así, en Argentina, alrededor de la explosión social del año 2001, se multiplicaron las llamadas “recuperaciones” de fábricas que iban a ser cerradas por sus dueños, y que los trabajadores mismos, tras arduas jornadas de ocupación de los centros de trabajo y luchas sociales, procedieron a hacer funcionar de forma autogestionada. Emprendimientos como la mítica FaSinPat (Fábrica Sin Patrón, anteriormente Zanón, en la ciudad de Neuquén), la imprenta Chilavert, la Gráfica Patricios o la metalúrgica IMPA, son de sobra conocidos. Actualmente, según datos del Programa Facultad Abierta de la Universidad de Buenos Aires, dedicado al estudio y asesoramiento de estas experiencias, más de 10.000 personas siguen trabajando en Argentina en empresas recuperadas.
Podríamos poner muchos más ejemplos de otros países (Brasil, Grecia, Francia, Italia, Uruguay, Egipto…).
Se trata, pues, de una miríada de proyectos concretos y reales que están haciéndose ante nuestros ojos. Pero que afrontan, también, numerosos peligros, como su desarrollo a la imagen y semejanza de las instituciones del propio mercado capitalista con el que tienen que competir (profesionalización de la gestión, control de información interna, separación marcada entre dirigentes y dirigidos…), como ha pasado con parte del propio movimiento cooperativo; o como su estructuración como una simple red de “autogestión de la miseria”, subcultural y marginal, donde individuos sometidos a la mayor precariedad no hagan otra cosa que gestionar, mal que bien, lo que ni los capitalistas quieren, lo que no nos roban, simplemente porque no es viable.
Pero todas estas experiencias y proyectos no significarán nada sino son capaces de articularse fuertemente entre sí y con las luchas obreras y populares. Es necesario densificar lo que ya existe, interrelacionar las cooperativas, las redes, las aldeas ocupadas, las fábricas autogestionadas, y ello de una manera transnacional y capaz de trascender las fronteras entre Norte y Sur, Centro y Periferia, del sistema económico global. Sólo desde el apoyo mutuo, y desde la incardinación de las experiencias económicas con el conjunto de las luchas sociales (por más democracia, por la abolición de las leyes represivas y autoritarias, por la resistencia ante las privatizaciones y la precariedad laboral y social, por la defensa del territorio y del ecosistema…) pueden las prácticas constructivas de la multitud convertirse en una auténtica alternativa global coherente y capaz de acumular la suficiente fuerza. Se dibujan, principalmente, dos tipos de perspectivas. La primera: la conformación de una tupida red de organismos asamblearios que, desde lo local y desde los centros de trabajo, vayan federándose, mediante mecanismos de mandato imperativo y revocabilidad de las delegaciones, para permitir la planificación participativa de la vida económica. El modelo clásico, por otra parte, del anarcosindicalismo, pues ya la CNT planteaba en su Congreso de Zaragoza de 1936, la articulación social a la imagen y semejanza de su funcionamiento interno, basado en el federalismo y la democraciadirecta. Un modelo que ha sido, también, revisitado con las inevitables modificaciones, dado el tiempo transcurrido, por perspectivas como la de la Democracia Inclusiva, defendida por Takis Fotopoulos.
La otra: un poco más complicada. Sabiendo los límites mostrados por la realidad misma de la planificación en las circunstancias concretas en que ha sido puesta en marcha, conociendo que ningún organismo central, por participativa y flexible que sea la estructura que lo sustenta, puede tener todos los conocimientos y toda la información necesarios para tener una visión acertada y al tiempo global de la vida económica, cabría hacer espacio a la necesidad de formas de mercado más o menos “libre” entre cooperativas, iniciativas locales y trabajadores autónomos, ya que el mercado puede garantizar una mayor flexibilidad y rapidez en la asignación de recursos en casos concretos. Por supuesto, donde hay mercado hay competencia y, por tanto, ganadores y perdedores, lo que impone la necesidad de generar paralelamente un amplio campo de organismos reguladores, bajo la tutela de la comunidad en general organizada democráticamente, y de servicios sociales comunales que permitan hacer de colchón y reintegrar a la vida productiva a los trabajadores de las empresas no viables.
Una perspectiva adelantada en su momento por el economista libertario Abraham Guillén, combatiente cenetista en la Guerra Civil española y, posteriormente, asesor e inspirador de numerosos movimientos sociales y guerrilleros latinoamericanos.
Pero también hay en este momento, en pleno desarrollo, otras perspectivas, como la de la Economía Participativa (Parecon), divulgada por economistas y estudiosos anglosajones como Michael Albert o Robin Hahnel, que hace hincapié en cosas tan interesantes como la distribución de “paquetes integrados” de tareas manuales e intelectuales para cada puesto de trabajo, para que, en un contexto de autogestión generalizada, la división del trabajo necesaria para la producción no genere nuevas jerarquías en el interior de las unidades económicas; o los marcos de análisis desarrollados en América Latina, como los investigados por Andrés Ruggeri o Danigno en torno a la “adecuación sociotécnica” entre la producción autogestionaria y el tipo concreto de tecnología laboral a utilizar y a desarrollar en dicho contexto, ¿son las mismas las máquinas –o el uso de las máquinas- que deben desplegarse en la producción autogestionaria que en el mercado capitalista? ¿No han sido muchas veces diseñadas en un marco en que ciertas posibilidades –la cooperación, la comunicación entre los operarios- trataban de evitarse, mientras otras –la vigilancia, el control externose fomentaban, sin un sentido propiamente productivo?
Se trata, pues, de edificar un nuevo pensamiento transformador adaptado a un mundo que muta aceleradamente. Nuevas perspectivas basadas en el análisis de las prácticas efectivas llevadas a cabo por las poblaciones cuando luchan y cuando tratan de construir nuevas realidades, más que en eldesarrollo deductivo, abstracto y puramente teórico de principios o dogmáticas inamovibles.
Es el momento de reapropiarse de esas tradiciones y alumbrarlas al calor de lo nuevo. De pensar si dogmas ni rigideces sobre las prácticas efectivas de las clases populares y de insertar ese pensamiento en el seno de esas mismas prácticas por medio de un amplio diálogo con ellas.
En el plano económico es el momento, pues, de trabajar sobre el concepto de la democracia económica (la autogestión) que hoy, ahora, está más vigente que nunca, ya que las propias poblaciones acosadas por la devastación neoliberal se lo apropian como una precaria tabla de salvación frente a la debacle ecológica y social. Perfilarlo, adaptarlo a la realidad efectiva, problematizarlo, popularizarlo, generalizarlo.
[Publicado originalmente en el periódico Contramarcha # 66, Madrid, marzo 2014. Edición completa accesible en http://www.solidaridadobrera.org/downloads/Contramarchas/Contramarcha_66_web.pdf.]
Existe una alternativa y se está haciendo en las calles. No es algo teórico, y no depende tan sólo de afortunadas formulaciones, de dignos estudios etnográficos e históricos, o de estadísticas rigurosas. Ahí, en los poros de esta sociedad, “el movimiento real que abole el actual estado de las cosas” va desplegándose, aprendiendo, expresándose, de manera cada vez más perentoria.
Posemos nuestra mirada en experiencias concretas, en proyectos reales y encarnados en personas con cara y ojos, con ternuras y, también, con buenos y malos días.
Hablemos, por ejemplo, del periódico madrileño Diagonal, producto de los movimientos sociales de la Capital del Estado Español. Un quincenal de funcionamiento autogestionario que edita una tirada cercana a los 15.000 ejemplares y se vende en los kioskos, que tiene su origen, hace más de una década, en un simple folio doblado y fotocopiado que se repartía en el populoso mercado del Rastro madrileño, entre los puestos de artesanía y los tenderetes de ropa usada. Una iniciativa que acaba de llevar a cabo un proceso de crowfunding, entre otras actividades para obtener la financiación necesaria para poder sobrevivir y aumentar su dimensión.
También podemos mencionar la cooperativa de crédito Coop57. Un proyecto colectivo constituido inicialmente con parte de las indemnizaciones por despido que les correspondieron a los trabajadores de la editorial barcelonesa Bruguera. Se trata de una sociedad conformada por distintas entidades que permite financiar proyectos autogestionarios, ecológicos y de la economía social y solidaria, a intereses menores de los de mercado; y en la que los particulares también pueden depositar cantidades, sabiendo a que van a ser dedicadas a ello. Crédito ético, financiando proyectos populares.
Pero, por supuesto, no vamos a hablar sólo del Estado Español, aunque en él este tipo de iniciativas han crecido claramente en estos últimos años de crisis. En otros sitios, como América Latina, las cosas empezaron a suceder ya antes: tanto el inmisericorde ataque de los mercados contra las clases trabajadoras y el conjunto de la sociedad, como la irrupción de los gérmenes y el fermento de la “nueva economía”.
Así, en Argentina, alrededor de la explosión social del año 2001, se multiplicaron las llamadas “recuperaciones” de fábricas que iban a ser cerradas por sus dueños, y que los trabajadores mismos, tras arduas jornadas de ocupación de los centros de trabajo y luchas sociales, procedieron a hacer funcionar de forma autogestionada. Emprendimientos como la mítica FaSinPat (Fábrica Sin Patrón, anteriormente Zanón, en la ciudad de Neuquén), la imprenta Chilavert, la Gráfica Patricios o la metalúrgica IMPA, son de sobra conocidos. Actualmente, según datos del Programa Facultad Abierta de la Universidad de Buenos Aires, dedicado al estudio y asesoramiento de estas experiencias, más de 10.000 personas siguen trabajando en Argentina en empresas recuperadas.
Podríamos poner muchos más ejemplos de otros países (Brasil, Grecia, Francia, Italia, Uruguay, Egipto…).
Se trata, pues, de una miríada de proyectos concretos y reales que están haciéndose ante nuestros ojos. Pero que afrontan, también, numerosos peligros, como su desarrollo a la imagen y semejanza de las instituciones del propio mercado capitalista con el que tienen que competir (profesionalización de la gestión, control de información interna, separación marcada entre dirigentes y dirigidos…), como ha pasado con parte del propio movimiento cooperativo; o como su estructuración como una simple red de “autogestión de la miseria”, subcultural y marginal, donde individuos sometidos a la mayor precariedad no hagan otra cosa que gestionar, mal que bien, lo que ni los capitalistas quieren, lo que no nos roban, simplemente porque no es viable.
Pero todas estas experiencias y proyectos no significarán nada sino son capaces de articularse fuertemente entre sí y con las luchas obreras y populares. Es necesario densificar lo que ya existe, interrelacionar las cooperativas, las redes, las aldeas ocupadas, las fábricas autogestionadas, y ello de una manera transnacional y capaz de trascender las fronteras entre Norte y Sur, Centro y Periferia, del sistema económico global. Sólo desde el apoyo mutuo, y desde la incardinación de las experiencias económicas con el conjunto de las luchas sociales (por más democracia, por la abolición de las leyes represivas y autoritarias, por la resistencia ante las privatizaciones y la precariedad laboral y social, por la defensa del territorio y del ecosistema…) pueden las prácticas constructivas de la multitud convertirse en una auténtica alternativa global coherente y capaz de acumular la suficiente fuerza. Se dibujan, principalmente, dos tipos de perspectivas. La primera: la conformación de una tupida red de organismos asamblearios que, desde lo local y desde los centros de trabajo, vayan federándose, mediante mecanismos de mandato imperativo y revocabilidad de las delegaciones, para permitir la planificación participativa de la vida económica. El modelo clásico, por otra parte, del anarcosindicalismo, pues ya la CNT planteaba en su Congreso de Zaragoza de 1936, la articulación social a la imagen y semejanza de su funcionamiento interno, basado en el federalismo y la democraciadirecta. Un modelo que ha sido, también, revisitado con las inevitables modificaciones, dado el tiempo transcurrido, por perspectivas como la de la Democracia Inclusiva, defendida por Takis Fotopoulos.
La otra: un poco más complicada. Sabiendo los límites mostrados por la realidad misma de la planificación en las circunstancias concretas en que ha sido puesta en marcha, conociendo que ningún organismo central, por participativa y flexible que sea la estructura que lo sustenta, puede tener todos los conocimientos y toda la información necesarios para tener una visión acertada y al tiempo global de la vida económica, cabría hacer espacio a la necesidad de formas de mercado más o menos “libre” entre cooperativas, iniciativas locales y trabajadores autónomos, ya que el mercado puede garantizar una mayor flexibilidad y rapidez en la asignación de recursos en casos concretos. Por supuesto, donde hay mercado hay competencia y, por tanto, ganadores y perdedores, lo que impone la necesidad de generar paralelamente un amplio campo de organismos reguladores, bajo la tutela de la comunidad en general organizada democráticamente, y de servicios sociales comunales que permitan hacer de colchón y reintegrar a la vida productiva a los trabajadores de las empresas no viables.
Una perspectiva adelantada en su momento por el economista libertario Abraham Guillén, combatiente cenetista en la Guerra Civil española y, posteriormente, asesor e inspirador de numerosos movimientos sociales y guerrilleros latinoamericanos.
Pero también hay en este momento, en pleno desarrollo, otras perspectivas, como la de la Economía Participativa (Parecon), divulgada por economistas y estudiosos anglosajones como Michael Albert o Robin Hahnel, que hace hincapié en cosas tan interesantes como la distribución de “paquetes integrados” de tareas manuales e intelectuales para cada puesto de trabajo, para que, en un contexto de autogestión generalizada, la división del trabajo necesaria para la producción no genere nuevas jerarquías en el interior de las unidades económicas; o los marcos de análisis desarrollados en América Latina, como los investigados por Andrés Ruggeri o Danigno en torno a la “adecuación sociotécnica” entre la producción autogestionaria y el tipo concreto de tecnología laboral a utilizar y a desarrollar en dicho contexto, ¿son las mismas las máquinas –o el uso de las máquinas- que deben desplegarse en la producción autogestionaria que en el mercado capitalista? ¿No han sido muchas veces diseñadas en un marco en que ciertas posibilidades –la cooperación, la comunicación entre los operarios- trataban de evitarse, mientras otras –la vigilancia, el control externose fomentaban, sin un sentido propiamente productivo?
Se trata, pues, de edificar un nuevo pensamiento transformador adaptado a un mundo que muta aceleradamente. Nuevas perspectivas basadas en el análisis de las prácticas efectivas llevadas a cabo por las poblaciones cuando luchan y cuando tratan de construir nuevas realidades, más que en eldesarrollo deductivo, abstracto y puramente teórico de principios o dogmáticas inamovibles.
Es el momento de reapropiarse de esas tradiciones y alumbrarlas al calor de lo nuevo. De pensar si dogmas ni rigideces sobre las prácticas efectivas de las clases populares y de insertar ese pensamiento en el seno de esas mismas prácticas por medio de un amplio diálogo con ellas.
En el plano económico es el momento, pues, de trabajar sobre el concepto de la democracia económica (la autogestión) que hoy, ahora, está más vigente que nunca, ya que las propias poblaciones acosadas por la devastación neoliberal se lo apropian como una precaria tabla de salvación frente a la debacle ecológica y social. Perfilarlo, adaptarlo a la realidad efectiva, problematizarlo, popularizarlo, generalizarlo.
[Publicado originalmente en el periódico Contramarcha # 66, Madrid, marzo 2014. Edición completa accesible en http://www.solidaridadobrera.org/downloads/Contramarchas/Contramarcha_66_web.pdf.]
lunes, 27 de agosto de 2012
Debate: Iguales o complementarias
José Luis Carretero
A día de hoy, en Túnez, los sectores progresistas, y muy
especialmente el movimiento feminista, se manifiestan contra la propuesta de
redacción del artículo 28 de la nueva Constitución, una norma legal que coloca
a las mujeres “bajo el principio de complementariedad de funciones con el
hombre dentro de la familia”. La noción básica de la igualdad entre los sexos
se va a ver sustituida por una estrecha “complementariedad”, defendida por los
islamistas, que devuelve a las féminas a su lugar tradicional (la familia) y a
sus funciones históricas de género.
No es un caso aislado dentro de la dinámica general de las
llamadas revoluciones árabes. Lo que nos plantea la esencia radicalmente
contradictoria e inestable de los grandes procesos de cambio social. La
condición dinámica y ambivalente de las
revoluciones que, si no avanzan, retroceden; si no se profundizan, degeneran en
justo lo contrario de lo que querían los sectores que las desataron. La tensión
social que una revolución comporta nunca está del todo resuelta, y las
direcciones que inaugura para la sociedad están siempre en cuestión y conflicto
entre las fuerzas concernidas.
Pero no debemos creernos que nosotros somos occidentales, y
no nos pasan esas cosas. En el campo de los movimientos sociales peninsulares
se han insertado también, provenientes o concomitantes con cierto mundo
esotérico, discursos espesos y
neoconservadores que pretenden retomar conceptos felizmente pretéritos y
superados como el de la “complementariedad” entre hombres y mujeres o el de que
existe algo sospechoso o siniestro tras la libre expresión de los múltiples
deseos sexuales.
No nos engañemos.
Como podría extraerse de la lectura de “Calibán y la bruja” de Silvia Federici,
los tiempos de grandes crisis son terreno abonado para un conservadurismo
social revisitado. Disciplinar a las mujeres, imponer la homogeneidad forzosa
de las formas de vida, puede servir para hacer tragar mejor la dura medicina de
los ajustes y la pérdida de los bienes comunes y los servicios públicos. Si se
garantiza a algunos un espacio donde mandar sin oposición, donde reproducir a
pequeña escala el edificio jerárquico externo, pero con ellos como cúspide,
estarán más dispuestos a resignarse a la pérdida acelerada de sus condiciones
de vida y de trabajo, en el gran proceso de redistribución de la riqueza, para
acumularla en pocas manos, que estamos viviendo.
Disciplinar. A todos los niveles. Recomponer la cadena de
mando. Generar una jerarquía explícita y una división de funciones que permita
operar el Gran Cambio que se avecina en la dirección que los poderosos anhelan.
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