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sábado, 12 de septiembre de 2015

Opinión y Debate: El anarquismo en el movimiento antiglobalización


Barbara Epstein

[Nota previa de El Libertario: Este ensayo parte de una perspectiva marxista y repite algunas de las muletillas con las que esa visión pretende descalificar al anarquismo, por ejemplo: cuando se presenta como puramente terrorista a la práctica de la "propaganda por el hecho"; cuando se extraña porque l@s anarquistas no tengan la misma actitud de apego dogmático a la obra escrita del Gran Gurú de Antaño que caracteriza al marxismo; cuando se menosprecia como purismo al antiestatismo; o cuando hay espanto por el rechazo a la "necesidad" de liderazgos permanentes. Además, nos parece un tanto forzado  el intento por integrar ambas visiones por la vía de imponer lo esencial de la teoría y las artimañas políticas del marxismo como orientación que guíe al activismo anarquista, que hoy vuelve a marcar la pauta en los movimientos sociales. Sin embargo, como hay aquí temas y perspectivas interesantes en relación al anarquismo contemporáneo, especialmente respecto a su evolución en Norteamérica, entendemos que vale la pena difundir este texto.]

Muchos de los jóvenes activistas radicales, sobre todo los que están en el centro de los movimientos antiglobalización y anticorporativo, se califican a sí mismos de anarquistas. Pero la perspectiva intelectual y filosófica que predomina en dichos círculos podría describirse más bien como de sensibilidad anarquista que como anarquista per se. A diferencia de los radicales marxistas de la década de 1960, que devoraban los escritos de Lenin y Mao, los activistas anarquistas de hoy en día es poco probable que se dediquen a estudiar con detenimiento las obras de Bakunin. Para los jóvenes activistas radicales contemporáneos, el anarquismo significa una estructura organizativa descentralizada, basada en grupos de afinidad que trabajan juntos sobre la base de asociaciones ad hoc, y una toma de decisiones por consenso. También significa igualitarismo, oposición a toda jerarquía, poner bajo sospecha a la autoridad, sobre todo la del Estado, y el compromiso de llevar una vida según los propios valores. Es probable que los jóvenes activistas radicales que se consideran a sí mismos anarquistas sean hostiles no sólo a las corporaciones, sino al capitalismo. Muchos imaginan una sociedad sin Estado basada en pequeñas comunidades igualitarias. No obstante, para algunos la sociedad del futuro sigue siendo una cuestión sin resolver. Para ellos, el anarquismo es importante, sobre todo, como estructura organizativa y como compromiso con el igualitarismo. Es una forma de política que gira más en torno a la exposición de la verdad que a la estrategia. Se trata, decididamente, de una política que se hace momento a momento.

El anarquismo y el marxismo tienen una historia de antagonismo. Bakunin, cuando escribía a mediados del siglo XIX, sostenía que la clase trabajadora no podía utilizar el poder del Estado para emanciparse, sino que tenía que abolir el Estado. Más tarde, los anarquistas se dedicaron a «la propaganda de los hechos», y a menudo se dedicaron a realizar acciones asesinas y terroristas a fin de incitar levantamientos masivos. A principios del siglo XX, los anarcosindicalistas creían que el sindicalismo de corte militante evolucionaría hacia la revolución, consecuencia de la lógica de la escalada de la lucha de clases. Marx (igual que Lenin) había señalado que la construcción del socialismo requeriría la transformación revolucionaria del Estado (y, en última instancia, la «disolución» del Estado basado en la clase). Sin embargo, los anarquistas criticaban a los marxistas por la tendencia, en la práctica, a tratar el Estado como un instrumento del que era posible apropiarse, simplemente, y utilizarlo para otros fines. Los anarquistas veían el Estado, no como una herramienta, sino como un instrumento de opresión, no importa en manos de quién estuviera. La experiencia estalinista dio crédito a su crítica.

La mentalidad anarquista de los jóvenes activistas de hoy tiene relativamente poco que ver con los debates teóricos entre anarquistas y marxistas, la mayoría de los cuales se produjeron a finales del siglo XIX y principios del XX. Está más relacionada con la adopción de una perspectiva igualitaria y antiautoritaria. Hay versiones del anarquismo profundamente individualistas e incompatibles con el socialismo. Pero no son estas las formas de anarquismo que predominan en los círculos activistas radicales, que tienen más en común con el socialismo libertario que defienden Noam Chomsky y Howard Zinn que con los escritos de Bakunin o Kropotkin. Los activistas anarquistas de hoy derivan sus ideas de una vertiente de la política de tinte moral y expresivo.

Existe una considerable intersección entre este anarquismo contemporáneo y el socialismo democrático, en parte porque ambos se forman en el radicalismo cultural de la década de 1960. Los socialistas y los anarquistas contemporáneos comparten ambos la crítica de la sociedad de clases y el com promiso con el igualitarismo. Pero el antagonismo histórico entre ambas visiones del mundo también ha creado en la mente de muchos marxistas un estereotipo del anarquismo que hace difícil que se perciba lo que ambas perspectivas tienen en común. La absoluta hostilidad del anarquismo hacia el Estado y su tendencia a adoptar una postura de pureza moral limitan su utilidad para servir de fundamento de un movimiento amplio a favor de un cambio social igualitario, por no hablar de una transición hacia el socialismo. Decirle las verdades al poder es, o debería ser, parte de la política radical, pero no puede ser sustituto de la estrategia ni de la planificación.

También hay ciertas cosas que los marxistas podrían aprender de los activistas de la antiglobalización. Su anarquismo combina ideología e imaginación, para expresar su perspectiva fundamentalmente moral a través de acciones que pretenden lograr que el poder se haga visible (descarado) y, a la vez, socavarlo. Históricamente, el anarquismo ha aportado a la izquierda una guía moral que, con demasiada frecuencia, ha caído en la ignorancia. Hoy en día, el anarquismo atrae a los jóvenes activistas, mientras que el marxismo no, o, al menos, no en la misma cantidad. Lo que presentamos a continuación es un intento de explicar los motivos de esa atracción.

1.-

A finales del siglo XIX y principios del XX, el anarquismo era el enclave sobre el que se cimentaba la facción radical y militante del movimiento obrero y de la izquierda de los Estados Unidos, de igual forma que, poco más o menos, en décadas posteriores lo sería el comunismo, tras la estela de la revolución bolchevique. Aunque existían organizaciones anarquistas —la más importante de ellas era la organización anarcosindicalista Obreros Industriales del Mundo (IWW [Industrial Workers of the World)—, la organización no era uno de los puntos fuertes del movimiento anarquista, como sí lo sería, más tarde, del movimiento comunista. La identidad anarquista no estaba vinculada a la pertenencia a una organización, en el sentido en que la identidad comunista se vincularía después a la pertenencia al Partido Comunista. A pesar de esas diferencias, el anarquismo ocupaba más o menos la misma posición dentro de la izquierda en general que más tarde pasaría a ocupar el comunismo.

En el siglo XIX, la postura de la dirección de los Señores del Trabajo (KL,[Knights of Labor]), la primera gran organización laboral de ámbito nacional, era vacilante por lo que respecta a la afiliación de la clase trabajadora. Dentro del KL había tanto asociaciones reformistas como sindicatos. A veces, los líderes de la organización desalentaban una afiliación sindical que parecía amenazar la agenda ref rmista de la organización. Simultáneamente, un reducido movimiento sindical anarquista mantenía una afiliación constante que contrastaba con la postura del KL. La naturaleza vacilante del apoyo de los líderes de esta última organización a las luchas sindicales hizo que ésta se volviera vulnerable a la competencia de la Federación Norteamericana del Trabajo (AFL [American Federation of Labor]), a la que sólo podían asociarse los sindicatos.

A finales del siglo XIX, las frecuentes entradas de la economía en fases de recesión propiciaron la extensión de un sentimiento anticapitalista entre los trabajadores estadounidenses. En los años de su formación, la AFL se vinculaba a sí misma con esa sensibilidad radical. Sin embargo, a principios del siglo XX, la creciente prosperidad inauguraba la posibilidad de que, al menos, los obreros cualificados pudieran acceder a una mayor estabilidad. En ese momento, la AFL renunció a sus anteriores guiños al radicalismo, anunció que sus preocupaciones se limitaban a los salarios y a las condiciones laborales y, respecto a otras cuestiones más generales, manifestó su disposición a respetar el poder del capital. El conservadurismo de la AFL, el hecho de concentrarse en la organización de los trabajadores cualificados, la mayoría de los cuales habían nacido en el país, y su escasa disposición a organizar a los trabajadores no cualificados o inmigrantes dejaban un espacio considerable para la aparición de un movimiento obrero más radical .

Esa alternativa radical surgió, en primera instancia, con la Federación de Mineros del Oeste [Western Federation of Miners] y otras organizaciones obreras que se enfrascaron en luchas militantes y que estaban abiertas a perspectivas tanto socialistas como anarquistas. La IWW, compuesta por esas y otras organizaciones, adoptó una perspectiva explícitamente anarcosindicalista, organizó a los trabajadores no cualificados, a los de origen extranjero y a los negros, ignorados por la AFL, y pasó a representar un sindicalismo radical y apoyado en la militancia. La izquierda socialista se encontraba dividida en torno a las mismas líneas que el movimiento obrero: había quienes se inclinaban hacia la IWW, mientras que otros lo hacían hacia la AFL. Dentro del Partido Socialista, existía un ala izquierda que apoyaba a la IWW y su enfoque de la lucha de clases basado en la afiliación, y un ala derecha que prestaba su apoyo a la AFL y se inclinaba por hacer política electoral. La idea estrecha que la IWW tenía de la revolución, lo que descartaba cualquier participación en la arena política, llevó a muchos socialistas que habían apoyado inicialmente a la IWW a distanciarse de ella con el tiempo.

La IWW emprendió toda una serie de brillantes campañas organizativas, frecuentemente saldadas con éxito, pero sus secciones locales acostumbraban a ser poco duraderas. En parte, se veían debilitadas por su resistencia a firmar contratos, basándose en el argumento de que cualquier acuerdo con el capital era colaboración de clase y, en parte, por la vulnerabilidad de su base, compuesta en gran medida por inmigrantes, con frecuencia de lengua no inglesa, al acoso de los patronos y de la represión legal del gobierno. Finalmente, el enfoque que la IWW tenía de la revolución se vio desplazado por la revolución bolchevique, el entusiasmo por la cual arrasó entre la izquierda estadounidense, sobre todo entre sus bases inmigrantes de las que el anarquismo había derivado su apoyo. La revolución bolchevique también provocó la división y el posterior declive del Partido Socialista, así como el ascenso del Partido Comunista dentro de la izquierda norteamericana.

En los años de 1920, 1930 y 1940, el anarquismo quedó sustituido por el marxismo, que pasó a ser la forma principal de pensamiento de izquierdas. El movimiento comunista logró crear una estructura organizativa sólida, así como pudo resistir mejor que la IWW y otros grupos anarquistas a los ataques dirigidos por las corporaciones y a los intentos de represión legal. La vulnerabilidad del anarquismo a los ataques y la mayor habilidad del Partido Comunista para resistirlos quedan ilustradas por el caso de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos anarquistas injustamente acusados en 1921 de un robo de nóminas con asesinato. La junta que dirigía la campaña de defensa de Sacco y Vanzetti se amplió para incluir a comunistas, socialistas y liberales a instancias del prominente anarquista Carlo Tresca, que reconocía que los anarquistas solos no podrían movilizar un apoyo de masas. Para 1927, cuando Sacco y Vanzetti fueron ejecutados, el anarquismo había dejado de ser una tendencia importante dentro de la izquierda estadounidense. Eso se debió, en parte, a la atracción del bolchevismo, pero también, por otra parte, a la asimilación de los inmigrantes a los Estados Unidos. La mayoría de los inmigrantes que anteriormente, en la década de 1920, habían constituido la base principal del anarquismo y que, durante un tiempo, habían sido susceptibles de convertirse en seguidores de ese movimiento se habían pasado al comunismo, al socialismo o al liberalismo. Dos de los principales líderes del Partido Comunista, Elizabeth Gurley Flynn y William Z. Foster, habían sido anarcosindicalistas antes de pasarse al comunismo. Sus historiales políticos son paradigmáticos de la trayectoria más general que siguió la izquierda estadounidense. El declive del anarquismo fue una desgracia para el Partido Comunista y para el resto de la izquierda socialista, que podrían haberse beneficiado de la perspectiva antiautoritaria y de la crítica moral que les podrían haber aportado los anarquistas.

En los años de 1940 y 1950, el anarquismo empezó de hecho a reaparecer, aunque no lo hiciera nominalmente, aliado con frecuencia con el pacifismo, como base de la crítica del militarismo en ambos bandos presentes en la Guerra Fría. El ala anarcopacifista del movimiento por la paz era reducida en comparación con el ala del movimiento que insistía en las tareas electorales, pero realizó una importante contribución al movimiento en su conjunto. Mientras que el ala más convencional del movimiento por la paz rechazaba el militarismo y la guerra en cualquier circunstancia excepto en los casos más extremos, el ala anarcopacifista los rechazaba por principio. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Partido Comunista había apoyado a los aliados antifascistas, mientras que muchos anarquistas y algunos socialistas se habían negado a ir al servicio. El ala anarcopacifista del movimiento también empleaba la desobediencia civil, lo que conllevaba riesgos personales que la mayoría de los partidarios del ala más convencional del movimiento no estaban dispuestos a asumir.

2.-

Dentro de los movimientos de la década de 1960, había mucha más receptividad al «anarquismo-de-hecho» de la que había habido en los movimientos de la década de 1930. En los años de 1930, los comunistas, los sindicalistas radicales y demás habían reclamado actuaciones al Estado en nombre de los trabajadores y de los pobres, y habían logrado forzar el desplazamiento del New Deal hacia la izquierda. En un contexto en el que la izquierda exigía, con un cierto éxito, un cambio de orientación del Estado, quedaba poco lugar para el anarquismo. Pero a los movimientos de los años de 1960 los impulsaban preocupaciones más compatibles con un estilo expresivo de la política, hostil a la autoridad en general y al poder estatal en particular. Eran relativamente pocos los activistas de la década de 1960 que se calificaban a sí mismos de anarquistas o, en realidad, de cualquier otra cosa. Sobre todo a principios de la década, muchos activistas rechazaban cualquier ideología o etiqueta política. No obstante, muchos de ellos se vieron arrastrados hacia un estilo de política que tenía mucho en común con el anarquismo. Muchos, si se les hubiera preguntado a qué tradición izquierdista se sentían más próximos, habrían mencionado probablemente el anarquismo.

Las luchas en el Sur por los derechos civiles tenían como objetivo la discrepancia entre los valores democráticos y las políticas de quienes estaban en el poder. El movimiento por los derechos civiles logró que los negros adquirieran el derecho al voto y, por lo tanto, transformó el Sur, en gran medida, mediante el recurso a la acción directa no violenta. La ideología anarquista no fue uno de los factores que incidieron en el desarrollo del movimiento por los derechos civiles. Sin embargo, las creencias de muchos cristianos, que dieron forma a dicho movimiento, compartían con el anarquismo un enfoque profundamente moral de la política y el hecho de centrarse en la acción directa como táctica. Toda una generación de nuevos activistas del Norte obtuvo su inspiración del movimiento por los derechos civiles y quiso adoptar su estilo, pero eran demasiado seculares como para identificarse con el cristianismo y, además, muchos de ellos eran judíos. En el incipiente movimiento estudiantil del Norte, la orientación cristiana de los negros del Sur se tradujo en una política de base moral y con un estilo centrado en la expresión.

En sus inicios, a la Nueva Izquierda, igual que al movimiento por los derechos civiles, le preocupaba la distancia entre las palabras y los hechos de quienes estaban en el poder, en particular, la contradicción entre el ostensible liberalismo del Partido Demócrata y su implicación en la Guerra Fría. La Guerra de Vietnam convirtió lo que había sido una suave crítica del liberalismo en un furioso radicalismo que veía en el Estado liberal a un enemigo. Para finales de la década de 1960, la protesta política se entrelazaba con un radicalismo cultural cuya base era la crítica de toda autoridad y de todas las jerarquías de poder. El anarquismo circulaba dentro del movimiento al lado de otras ideologías. La influencia del anarquismo era muy fuerte entre las feministas radicales, en el movimiento comunal y, probablemente, en el Weather Underground y otros grupos del sector violento del movimiento contra la guerra.

A finales de los años de 1960, se había apoderado del movimiento un sentimiento mesiánico, una sensación de que la victoria podía llegar en cualquier momento. Eso iba vinculado a la tendencia a identificar radicalismo con militancia, a incrementar rápidamente los requisitos de la militancia, y a la tendencia a identificar la militancia y el radicalismo con la violencia o, al menos, con las amenazas de utilizar la violencia. Para fines de la década de 1960 y principios de la de 1970, el movimiento se había impregnado de ira contra la guerra y contra la cultura que la había producido, así como de delirantes fantasías sobre una revolución inmanente; unas fantasías que quienes las albergaban consideraban que eran opiniones realistas sobre lo que podía lograr el movimiento si se realizaban los esfuerzos necesarios. En realidad, los activistas del movimiento raras veces eran los iniciadores de la violencia. No obstante, algo parecido a una locura acabó tomando cuerpo. En respuesta, tal vez, al terror internacional continuo que representaba la Guerra de Vietnam, violentas fantasías asolaron el movimiento e hicieron que mucha gente se asustara y abandonara la actividad política. El movimiento radical de fines de la década de 1960 y principios de la de 1970 casi se hundió cuando la Guerra de Vietnam tocó a su fin. El final del movimiento coincidió, más o menos, con el fin de las levas y con la salida de las universidades de la generación de la explosión de natalidad. Fue seguido de un declive de la economía que muchas de las personas que habían participado en el movimiento interpretaron como un aviso de que ya era hora de reanudar sus carreras profesionales o, al menos, de encontrar una forma estable de ganarse la vida. La generación de estudiantes que vino después era menos numerosa, más cauta y carecía de una causa en torno a la cual unificarse.

A finales de la década de 1970, activistas influenciados por una perspectiva deudora del anarquismo, el pacifismo, el feminismo y la lucha por el medioambiente iniciaron un movimiento contra la energía nuclear que esperaban que pasara a ocuparse de otras cuestiones y acabara por convertirse en un movimiento a favor de la revolución no violenta. Crearon un estilo distintivo de hacer política a partir del concepto de grupo de afinidad, tomado de la historia del anarquismo español, de la táctica de la desobediencia civil a gran escala del movimiento por los derechos civiles estadounidense y del proceso de toma consensuada de decisiones de los cuáqueros. El movimiento de acción directa no violenta, tal y como se autodenominó, realizó campañas contra la energía y las armas nucleares. La versión del anarquismo que circulaba dentro del movimiento defendía una comunidad igualitaria basada en grupos reducidos y autónomos. El compromiso con la no-violencia y la toma consensuada de decisiones pretendía proteger al movimiento de los problemas que habían asolado el movimiento contra la guerra a finales de la década de 1960. Varios grupos en diversas partes del país llevaron a cabo enormes y dramáticas protestas que contribuyeron a movilizar a la opinión pública primero contra la industria nuclear y, después, contra la carrera de armamentos, mientras todo un pequeño ejército de activistas iba adquiriendo experiencia en la desobediencia civil no violenta.

Las manifestaciones masivas de desobediencia civil se convirtieron en la firma del movimiento, y la incapacidad para ir más allá de dicha táctica pasó a convertirse en un inconveniente. En todas las campañas, se llegaba a un punto en que las dimensiones de la desobediencia civil se estabilizaban porque ya se había involucrado al máximo número de personas dispuestas a verse arrestadas por esa cuestión. En ese momento, quedaba claro que las protestas de desobediencia civil por sí solas no podían vencer a la industria de la energía nuclear ni a la carrera de armamentos. Los problemas del movimiento de acción directa no violenta estaban relacionados con una rígida adhesión a la toma de decisiones por consenso. El declive de la industria nuclear, a finales de los años de 1970, y la desescalada de la carrera de armamentos, a mediados de los años de 1980, pusieron fin a las campañas.

3.-

El estilo de hacer política desarrollado por el movimiento de acción directa no violenta ha sobrevivido al propio movimiento. Activistas de todo el movimiento progresista han adoptado elementos del estilo de política de aquel movimiento. El actual movimiento antiglobalización hunde sus raíces en el movimiento de acción directa no violenta, con el que comparte una estructura basada en pequeños grupos autónomos, la práctica de la toma de decisiones por consenso y un estilo de protesta centrado en la desobediencia civil masiva. Todas y cada una de las organizaciones del movimiento de acción directa no violenta empezaron con grandes promesas, pero pronto entraron en declive, debido en gran parte a la rigidez estructural e ideológica asociada a la insistencia en la toma consensuada de decisiones y en las reticencias a aceptar la existencia de un liderazgo dentro del movimiento. Eso plantea una cuestión con respecto al movimiento antiglobalización: ¿compartirá el destino de los movimientos de acción directa no violenta de las décadas de 1960, 1970 y 1980, o adquirirá la necesaria flexibilidad que le permita evolucionar con el cambio de circunstancias?

La contribución de la sensibilidad anarquista a la tradición radical en la historia de los Estados Unidos ha sido importante. Ha aportado una insistencia en la igualdad y en la democracia, así como una resistencia a comprometer los principios en nombre de la conveniencia política. El anarquismo ha acarreado intentos de llevar a la práctica los valores del movimiento y de crear comunidades regidas por dichos valores. También se ha asociado con el teatro y con el arte político, con la creatividad como elemento de la práctica política. Ha insistido en que la política radical no tiene por qué ser aburrida. Pero el espíritu anarquista también tiene una vertiente doctrinaria: la tendencia a insistir en los principios hasta el punto de perder de vista el contexto o los resultados probables de la acción política. A este respecto, la sensibilidad anarquista tiene algo en común con la perspectiva de los cristianos radicales, que creen en el hecho de actuar en conciencia y dejar las consecuencias para Dios.

El absolutismo moral del enfoque anarquista de la política es difícil de mantener en el contexto de un movimiento social. Es difícil mantener la absoluta igualdad interna. Los movimientos necesitan líderes. La ideología antiliderazgo no puede suprimir los líderes, pero sí puede conducir a un movimiento que niegue que los tenga, lo que socava la posibilidad de presionar democráticamente a quienes asumen el papel de líderes y no permite que se creen vehículos para reclutar a nuevos líderes cuando los que existen están demasiado cansados para proseguir. Dentro del feminismo radical, la idea de que toda jerarquía es opresiva ha llevado a atacar a las personas que han asumido la responsabilidad del liderazgo. Eso ha llevado a una considerable cantidad de conflicto interno y ha generado reticencias a asumir papeles de liderazgo, lo que ha debilitado al movimiento. Los movimientos en los que predomina un espíritu anarquista son propensos a desvanecerse en poco tiempo.

4.-

A pesar de sus problemas, el atractivo del anarquismo ha ido en aumento entre los jóvenes activistas, sobre todo dentro de lo que genéricamente se denomina el movimiento antiglobalización. La descripción no es completamente exacta: el movimiento no se centra principalmente en detener la globalización, sino en transformar los términos en los que esta se produce, y, en los Estados Unidos, acaba confundiéndose con el movimiento anticorporativo doméstico. El movimiento podría describirse mejor como contrario al neoliberalismo, o al imperialismo estadounidense y al dominio de las corporaciones transnacionales con base en los Estados Unidos. Pero todas esas frases resultan quizás demasiado largas, de manera que, como la mayoría de la gente, yo también caracterizaré el movimiento como de antiglobalización.

El momento más dramático del movimiento antiglobalización hasta la fecha (2001), al menos en los Estados Unidos, ha sido la movilización contra la Organización Mundial del Comercio en Seattle, a finales de noviembre y principios de diciembre de 1999. En la serie de manifestaciones que se llevaron a cabo a lo largo de varios días, el número de jóvenes activistas radicales enfrascados en la desobediencia civil era considerablemente menor que el de sindicalistas y personas pertenecientes a organizaciones medioambientales de carácter mayormente liberal. Sin embargo, fueron los jóvenes radicales los que bloquearon las reuniones de la OMC, se enfrentaron a la policía, liberaron las calles de Seattle, y fueron esos militantes los que llamaron la atención de los medios de comunicación hacia una movilización que, de no ser así, habría pasado relativamente desapercibida fuera de la izquierda. La alianza que se formó en Seattle entre jóvenes radicales, sindicalistas y medioambientalistas liberales era débil y, desde entonces, se ha vuelto aún más débil. Son los jóvenes radicales los que han tirado del movimiento antiglobalización.

El movimiento antiglobalización incluye a los innumerables individuos, grupos y coaliciones que se han sumado a las manifestaciones —en Seattle y en otros lugares— contra la OMC, contra el FMI, contra el Banco Mundial y contra los dos principales partidos que defienden el orden internacional existente. Incluye a las organizaciones —muchas de ellas las mismas— que actualmente movilizan a este hemisferio contra el Área de Libre Comercio de las Américas. Se solapa con el movimiento anticorporativo. Incluye a grupos que trabajan contra las industrias explotadoras, contra la destrucción del medio natural, así como en torno a toda una diversidad de otras cuestiones. Todos esos grupos tienen en común la oposición a las corporaciones transnacionales y a las políticas neoliberales de los gobiernos que les permiten florecer. La mayoría de los activistas centrales de este movimiento, al menos en los Estados Unidos, son jóvenes, desde adolescentes hasta gente de entre veinte y treinta años. También hay gente mayor, incluidos intelectuales y activistas vinculados a organizaciones como Intercambio Global [Global Exchange] y el Forum Internacional sobre la Globalización [International Forum on Globalization]. Muchos de los activistas implicados en los esfuerzos anticorporativos, como la Campaña por un Salario para Vivir [Campaign for a Living Wage] de los campus universitarios, se consideran parte de ese movimiento. La mayoría de los activistas del movimiento son blancos y, culturalmente, de clase media, pero eso está cambiando con el aumento de la implicación de los latinos, sobre todo en relación con la campaña contra el Área de Libre Comercio de las Américas.

Dentro del movimiento, son muchas las personas que no se consideran anarquistas, entre ellas algunos de los intelectuales de mayor edad, así como algunos activistas más jóvenes con experiencia en movimientos con otras inclinaciones ideológicas, como el movimiento antiimperialista y de solidaridad internacional, en el que el anarquismo no ha tenido una influencia significativa. Hay activistas que no se identifican con ninguna postura ideológica. No obstante, el anarquismo es la perspectiva que domina dentro del movimiento. El movimiento se organiza según líneas que sus activistas entienden como anarquistas, y se compone en gran medida de pequeños grupos que suman fuerzas sobre una base ad hoc: para llevar a cabo acciones particulares y otros proyectos. Los activistas del movimiento llaman anarquista a este tipo de organización, y cuentan con el apoyo no sólo de quienes se califican a sí mismos de anarquistas, sino también de muchos otros que no se denominarían así. La periodista Naomi Klein, en una defensa del movimiento aparecida en The Nation, señala que esa forma de organización permite que el movimiento incluya numerosos estilos, tácticas y objetivos distintos, y que internet es un medio excelente para vincular a grupos diversos. Tácticamente, el punto más fuerte del movimiento, sostiene, es su similitud con un enjambre de mosquitos. Esa forma anarquista de organización hace posible que grupos que no están de acuerdo en ciertos temas colaboren en relación con unos objetivos comunes. En las manifestaciones de Québec City, en mayo de 2001, los grupos de afinidad se agrupaban en secciones definidas por su disposición a tomar parte en la violencia, o a tolerarla; grupos que iban desde quienes estaban comprometidos con la no-violencia hasta quienes tenían intención de utilizar «tácticas no convencionales». Una estructura como esa hizo posible incorporar a grupos que, de no ser así, no habrían podido participar en una misma manifestación.

Probablemente sean más las personas del movimiento antiglobalización atraídas por la cultura del movimiento y por su estructura organizativa que las atraídas por el anarquismo como visión del mundo. No obstante, el anarquismo resulta atractivo como alternativa a la versión del radicalismo asociada a la Vieja Izquierda y a la Unión Soviética. Muchos activistas del movimiento antiglobalización no ven en la clase trabajadora la fuerza principal del cambio social. Los activistas del movimiento asocian anarquismo con militancia, protesta airada, con democracia popular, sin líderes, y con la idea de unas comunidades de pequeña escala débilmente vinculadas. Los activistas que se identifican con el anarquismo suelen ser anticapitalistas y, de entre ellos, algunos se autodenominarían socialistas (presumiblemente del tipo libertario), y algunos no. El anarquismo tiene la confusa ventaja de ser bastante vago en términos de proscripciones para una sociedad mejor, así como ofrecer una cierta indefinición intelectual que le permite incorporar tanto la protesta marxista contra la explotación de clase como el sentimiento liberal de agravio por la violación de los derechos individuales. Uno de los activistas antiglobalización me explicaba en una conversación que el anarquismo de muchos de los activistas del movimiento era un «liberalismo enriquecido con esteroides» —es decir, están a favor de los valores liberales, de los derechos humanos, de la libertad de expresión, de la diversidad— a través de la militancia.

El principal objetivo que figura en el punto de mira del movimiento antiglobalización es el poder de las corporaciones, no el capitalismo, pero ambos puntos de vista no son necesariamente excluyentes. Algunos activistas quieren que se regulen las corporaciones y se las obligue a cumplir con los derechos humanos y medioambientales; otros pretenden la abolición de las corporaciones. Ambos fines no son necesariamente incompatibles. Según cómo se definan los límites que cabe imponer a las corporaciones, la frontera que separa la regulación de la abolición puede disolverse. Algunos activistas del movimiento, sobre todo entre los más jóvenes y más radicales, tienen en el punto de mira, en última instancia, el capitalismo. A finales de los años de 1960, muchos de los activistas radicales que adoptaron una u otra versión del marxismo estaban poco dispuestos a tomar en consideración ideas que no encajaran dentro de una perspectiva socialista. Los activistas radicales del movimiento antiglobalización tienden a tener un enfoque más fluido de la ideología. A pesar de que sienten predilección por las formas anarquistas de organización, y a pesar de que algunos tienen una visión anarquista de la sociedad futura, es fácil que estén familiarizados con la lectura de las explicaciones de orientación marxista de la economía política global. El carácter descentralizado del movimiento y su decisión de dejar espacio a toda una variedad de perspectivas permiten una cierta flexibilidad respecto a los puntos de vista. Los activistas puede que vacilen entre diferentes enfoques, que se mantengan dentro de la ambivalencia o que combinen elementos del anarquismo, del marxismo y del liberalismo, lo que puede dar lugar a una determinada creatividad ideológica, y también puede dar lugar a la costumbre de sostener simultáneamente varias posturas que, si se las examina con más rigor, resultarían incompatibles.

El debate más caldeado dentro del movimiento es el que gira en torno a la cuestión de la violencia. El debate sobre la violencia dentro del movimiento antiglobalización de los Estados Unidos versa sobre la violencia contra la propiedad, así como del peligro de incitar la violencia policial. En Seattle, grupos de jóvenes vestidos de negro, que más tarde se identificarían como el Bloque Negro [Black Bloc], destrozaron escaparates y destruyeron propiedades de objetivos corporativos dentro del área de negocios del centro de la ciudad que tanto la policía como quienes participaban en las protestas luchaban por controlar. Los ataques tomaron por sorpresa a los organizadores de las protestas y provocaron una mayor violencia policial contra los participantes en general. Algunos no violentos intentaron poner freno a la rotura de escaparates. Después de la manifestación, algunos de los participantes en las protestas condenaron la violencia con el argumento de que desacreditaba al movimiento en su conjunto y que las tácticas había que decidirlas democráticamente, en lugar de que las decidieran pequeños grupos que actúan autónomamente. Otros sostenían que la rotura de escaparates y la violencia policial que provocó habían llamado la atención de los medios de comunicación y habían otorgado a la manifestación una prominencia que, de otro modo, esta no habría tenido. En manifestaciones subsiguientes, el Bloque Negro [Black Bloc] y otros grupos de similar enfoque han pasado a estar más integrados en el movimiento y han modulado sus acciones, mientras que algunos otros han aumentado la predisposición a aceptar una cierta violencia contra la propiedad.

El hecho de que no exista ningún sector del movimiento antiglobalización estadounidense que defienda o utilice de forma rutinaria la violencia contra las personas es algo que distingue el movimiento estadounidense del e u ropeo. En las manifestaciones de Praga y de otras ciudades europeas ha habido ataques a policías, ataques que se han convertido en algo que se espera que forme parte de cualquier gran movilización del movimiento.

En el contexto del debate sobre la violencia en los Estados Unidos, del cual está excluida la violencia contra las personas, las diferencias entre los defensores de la violencia y los que están dispuestos a aprobarla en ciertas circunstancias no están del todo bien definidas. A principios de la década de 1980, como parte de la acción directa no violenta, los activistas, especialmente los activistas religiosos, hacían cosas tales como intentar dañar los mísiles. La destrucción de la propiedad puede ser parte de una política no violenta. Durante la Guerra de Vietnam, los pacifistas y antiguos sacerdotes católicos Daniel y Philip Berrigan dirigieron batidas contra centros de re clutamiento y destruyeron los archivos de reclutamiento vertiendo sangre sobre ellos y, en cierta ocasión, utilizando NAPALM de fabricación casera. En la década de 1980, los Berrigan y otros pacifistas cristianos, en una serie de acciones «para hacer de las espadas arados» [Ploughshare Actions], invadieron plantas de producción de armas y atentaron contra los mísiles con martillos y con las manos desnudas. Me da la impresión de que la importancia del debate actual sobre la violencia en el movimiento antiglobalización radica menos en si prevalecen o no los oponentes de la violencia contra la propiedad que en qué tipo de directrices éticas se acaba fijando el movimiento. Lo que es importante es si el movimiento se fija una imagen de expresión de la rabia por la rabia o si actúa según una perspectiva ética.

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Actualmente, en los Estados Unidos, la izquierda socialista tradicional se compone principalmente de varias revistas y diarios, unas pocas conferencias al año, un número reducido de intelectuales. Las esperanzas de reactivación de la izquierda están puestas en el movimiento antiglobalización y en los jóvenes activistas radicales que conforman el centro del movimiento. Existen razones para temer que el movimiento antiglobalización es posible que no sea capaz de extenderse como sería necesario para hacer realidad una reactivación. Un enjambre de mosquitos sirve para acosar, para entorpecer el funcionamiento tranquilo del poder y, por lo tanto, para hacer que este resulte visible. No obstante, es probable que haya un límite con respecto al número de personas dispuestas a asumir el papel de mosquito. Un movimiento capaz de transformar las estructuras de poder implicará necesariamente alianzas, muchas de las cuales probablemente requieran formas de organización más estables y más duraderas que las que actualmente existen dentro del movimiento antiglobalización. La ausencia de ese tipo de estructuras es una de las razones por las que muchas personas de color se sienten reticentes a implicarse en el movimiento antiglobalización. Aunque el movimiento antiglobalización ha desarrollado buenas relaciones con muchos de los activistas sindicales, resulta difícil de imaginar una alianza sólida entre los trabajadores y el movimiento antiglobalización si no existen unas estructuras de toma de decisión y de rendimiento de cuentas más sólidas que las actuales. Una alianza entre el movimiento antiglobalización y las organizaciones laborales y de color requeriría importantes cambios políticos dentro de estas últimas. Pero es probable que requiera también, por parte de los activistas del movimiento antiglobalización, una cierta relajación de sus principios antiburocráticos y antijerárquicos.

El radicalismo lleva varias décadas en su punto más bajo en los Estados Unidos. Está presente en innumerables proyectos de organización, pero carece de un centro, así como de impulso. El movimiento antiglobalización representa un centro y un impulso, y las esperanzas de reactivación que presenta para la izquierda son mayores que las de cualquier otro movimiento de las dos últimas décadas. La ideología radical que prevalece entre sus activistas centrales es un anarquismo suave y fluido, que está abierto a la economía política marxista; que prefiere las comunidades de escala reducida, pero no descarta necesariamente la conveniencia, también, de comunidades mayores; que pone bajo sospecha las estructuras de autoridad, sobre todo del Estado, pero no niega necesariamente la conveniencia de algún tipo de poder estatal. El anarquismo «realmente existente» ha cambiado, igual que ha cambiado el marxismo «realmente existente». Los marxistas que participaron en los movimientos de la década de 1960 tienden a apreciar de forma más aguda la importancia de la igualdad social y cultural, igual que el hecho de vivir el presente según los propios valores, más que muchas de las personas que formaron parte de anteriores generaciones de activistas marxistas. Si de la lucha contra el neoliberalismo y contra las corporaciones transnacionales surge un nuevo paradigma para la izquierda, es probable que estén presentes elementos de sensibilidad anarquista, tanto como de análisis marxista.



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