
Bastante se ha hablado y escrito en los últimos días sobre Manuel Fraga Iribarne, el recien difunto facho-falangista reciclado en "demócrata de toda la vida", que jamás rindió cuentas por su pública complicidad en las tropelías del tardo-franquismo y la sedicente "transición" española, entre otros pendientes de su prontuario.
La derecha le ha recordado con ropajes de sabiduría y moderación, mientras que la izquierda autoritaria repite las acusaciones que acostumbra para personajes de este talante cuando pasan al otro barrio. Pero muy poco o nada dicen unos u otros de un vínculo notable y continuado que mantuvo Fraga a lo largo de su trayectoria pública: las relaciones estrechas y de vieja data con Fidel Castro, que hicieron que desde los años 60 fuese operador fundamental en las conexiones entre el Reino de las Españas y el gobierno cubano, tanto en lo que corresponde a asuntos político-diplomáticos como en tramoyas de "business".
Queriendo subsanar en parte ese curioso "olvido", aquí van dos notas del periodista gallego Manuel Jabois referidas a cómo se manifestó cálidamente esa entrañable complicidad a raíz de la visita que en 1992 hiciera Castro a la península ibérica y al terruño de su padre, donde fuera huesped más que festejado de Fraga, quien compartía con su invitado la condición de cacique máximo casi-eterno, uno en la isla de la Caridad del Cobre y el picadillo, otro en la comarca de Santiago y la empanada.