Gabriela Moncau
Traducción: Mariana Petroni, Erneneck Mejía y Joana Moncau
Sao Paulo, Brasil. Si a mediados de mayo alguien hubiera
dicho lo que pasaría al mes siguiente, probablemente lo llamarían loco.
Millones de personas fueron a las calles como hacía dos décadas no se veía.
Multitudes enfrentaron a la Policía Militar (PM), con detenciones políticas y
heridos en todas las ciudades del país. Ocupaciones, bloqueos de las
principales carreteras de Brasil, decenas de manifestaciones diarias en las
calles, trasportes públicos liberados de pagos, incendios en las casetas de
cobro, ataques a los edificios de la clase política, clases públicas, revueltas
alrededor de los estadios, todo en plena Copa de las Confederaciones.
En Porto Alegre (Rio Grande do Sul), el cabildo está tomado
desde el 10 de julio por el Bloque de Luchas por el Trasporte Público, que
reivindica hacer públicas las cuentas de las empresas de transporte urbano,
como también el transporte gratuito (pase libre) para estudiantes y desempleados,
además de que el transporte sea 100 por ciento público.
En la ciudad de Río de Janeiro la asamblea legislativa fue
incendiada. Centenares de personas hicieron un campamento frente a la casa del
gobernador del estado, Sérgio Cabral, del Partido del Movimiento Democrático
Brasileño (PMDB), y se quedaron ahí por 11 días, hasta ser reprimidos
violentamente por el Batallón de Choque de la Policial Militar.
El día 30 de junio, de un lado del muro del estadio Maracanã
– cuyo consorcio pasará a manos de las empresas Odebrecht, AEG e IMX, de Eike
Batista – las selecciones brasileña y española disputaban el título de la Copa
de las Confederaciones. Del otro lado, 8 mil personas – bajo bombas de gas
lacrimógeno y balas de goma de la Policía Militar y la Fuerza Nacional –
protestaban contra el Mundial de 2014 y los excesos de la FIFA.
