Por Pablo Hernández Parra
Una señal inequívoca de la podredumbre y descomposición de un gobierno,
se puede observar con claridad cuando el cinismo y la desvergüenza en las
declaraciones de sus principales
funcionarios se convierten en discurso oficial. Cuando un gobierno se quita su
careta “democrática, constitucional y respetuoso de la ley” y apela al lenguaje
de la delincuencia, del militarismo más vulgar, estamos en presencia de un
gobierno policiaco-delictivo, que asume no solo el papel de verdugo y
administrador de los negocios del capital petrolero, financiero y del
narcotráfico, sino también el de activo defensor de las tropelías, delitos,
robos y asesinatos cometidos por los principales miembros “civiles y militares”
de esa gigantesca banda autodenominada “gobierno revolucionario y socialista de
Venezuela”.
I.- El Obligado Marco Histórico
“Yo, por el contrario, demuestro cómo la lucha de clases creó en
Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje
mediocre y grotesco representar el papel de héroe”.[1]
Hace 160 años un hombre, describiendo una situación parecida a la
que hoy vive la sociedad venezolana, escribió:
“La revolución de febrero cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el
pueblo proclamó este golpe
de mano inesperado como una hazaña de la historia universal con la
que se abría la nueva época. El 2 de diciembre, la revolución de febrero es
escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado
no es ya la monarquía, sino las concesiones liberales que le habían sido
arrancadas por seculares luchas. Lejos
de ser la sociedad misma la que se conquista un nuevo contenido, parece como si
simplemente el Estado volviese a su forma más antigua, a la dominación
desvergonzadamente simple del sable y la sotana...
...La sociedad es salvada cuantas veces se va restringiendo
el círculo de sus dominadores y un interés más exclusivo se impone al más
amplio. Toda reivindicación, aun de la más elemental reforma financiera
burguesa, del liberalismo más vulgar, del más formal republicanismo, de la más
trivial democracia, es castigada en el acto como un «atentado contra la
sociedad» y estigmatizada como «socialismo». Hasta que, por último, los pontífices
de «la religión y el orden» se ven arrojados ellos mismos a puntapiés de sus
sillas píticas, sacados de la cama en medio de la noche y de la niebla,
empaquetados en coches celulares, metidos en la cárcel o enviados al destierro;
de su templo no queda piedra sobre piedra, sus bocas son selladas, sus plumas
rotas, su ley desgarrada, en nombre de la religión, de la propiedad, de la
familia y del orden. Burgueses fanáticos del orden son tiroteados en sus
balcones por la soldadesca embriagada, la santidad del hogar es profanada y sus
casas son bombardeadas como pasatiempo, y en nombre de la propiedad, de la
familia, de la religión y del orden. La hez de la sociedad burguesa forma por
fin la sagrada falange del orden, y el héroe Krapülinski se instala en las Tullerías como «salvador de la sociedad»”.[2]

