Daniel
Vidal
[1]
La
lectura es una de las prácticas identitarias del anarquismo. Con ella, el
individuo funda criterio, consagra sus ideas y las ensambla con su modo de
vida. La lectura integra el quehacer cotidiano de los libertarios. Sin embargo,
esta constatación general no es suficiente para señalar una actividad privativa
de ellos. La lectura y sus objetivos pueden ser compartidos por otras
comunidades y de ello existen numerosos ejemplos en la historia social.
Pensemos
en los rangos formativo y cultural, en la convicción pedagógica y redentora de
la palabra, en su capacidad de iluminación y de convencimiento, en la dimensión
reflexiva y en el uso que de la lectura hacen las comunidades religiosas, los
sindicatos y otros agrupamientos. Por el camino comparativo no encuentro
indicios de singularidad. Sin embargo, un orgulloso impulso pertinaz me
devuelve a la línea de largada. Renuncio a la búsqueda del espécimen original
en los objetivos, en las formas de la lectura, en su articulación con la vida.
Pero sospecho que si el anarquismo ha demostrado en dos siglos ser una amalgama
ideológica insólita, de contenidos exclusivos, puede que exista un trasiego de
esa excepcionalidad hacia las prácticas sociales en las que se retroalimenta y
una de ellas, axilar, es la lectura. Así por ejemplo las particulares nociones de
autoridad, de libertad y de sujeto son, para mi pesquisa, determinantes. Desde
ellas aspiro a reconocer una acción lectora especial.
