Alfredo Infante
Allí estaba el autobús de la Guardia
Nacional Bolivariana (GNB) estacionado frente a las oficinas principales del
SAIME (Servicio Administrativo de identificación, Migración y Extranjería) en
el Silencio, frente a la Plaza Miranda, custodiado por cuatro funcionarios
equipados con armas potentes. Los oficiales eran jóvenes, casi adolescentes,
pero al parecer convencidos, por el ceño fruncido y el armamento que portaban, que estaban cual
“Rambo” en una misión de salvación de la Patria.
En el interior del autobús, había un grupo
de 17 inmigrantes afrocolombianos y 1
peruano que miraban a través del vidrio
a sus familias, resignados, sin saber qué hacer, a la espera de que una
decisión de quién sabe quién, cambiara
su destino. Eran las 10:30 de la mañana del día martes 25 de Junio.
Un grupo de mujeres, entre las que se contaban
embarazadas y con niños pequeños, esperaban angustiada la decisión. Me acerqué
indignado y pregunté sobre lo acontecido.
De inmediato Elvira, madre de uno de los
deportados me contó: “El sábado 22, a partir de las 2 de la tarde, hicieron una
redada en Petare, allí cerca de la salida del metro, por la redoma, mi hijo
venía del trabajo, él es constructor y trabaja en la Misión Vivienda.
¡Imagínese! ni así”.
