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miércoles, 18 de enero de 2017

Rosa Luxemburgo y la crítica al bolchevismo: Afinidades y diferencias con el anarquismo



Matías Blaustein

* Este post es parte de la ponencia de igual nombre presentada ante el I Congreso Internacional de Investigarxs sobre el Anarquismo (Buenos Aires, octubre 2016), recogiendo las secciones de dicha ponencia tituladas "Rosa y el anarquismo" y "Consideraciones finales".

Hemos pasado revista hasta aquí de la cercanía de Rosa con respecto al pensamiento marxiano y su condena a las posiciones reformistas de la socialdemocracia autodenominada marxista. Se han repasado puntos en común y diferencias con el bolchevismo. Como primera aproximación a la relación de Luxemburgo con el anarquismo me remitiré a las siguientes aseveraciones de Schütrumpf[9]:
«Según el razonamiento político socialdemócrata, con su defensa de la huelga política de masas, Rosa Luxemburg se había atrevido a caminar sobre terreno minado. Dentro de la socialdemocracia la pretensión de realizar huelgas de masas y huelgas generales políticas se consideró como expresión aberrante, contra la cual era necesario luchar con todas las fuerzas: el anarquismo. (…) durante toda su vida, Rosa Luxemburg se deslindó marcadamente del anarquismo y precisamente en forma más enérgica, cuanto más se acercó a éste en sus posiciones ideológicas. Porque su argumentación a favor de más acción y menos cultivo y protección para la organización, con su creciente burocracia y su vanidosa autosuficiencia, y directamente, su defensa de la huelga política de masas, le acarrearon la acusación masiva de querer meter de contrabando al anarquismo en la socialdemocracia y con ello, cuestionar todos los logros hasta entonces obtenidos. Rosa Luxemburg desafío todos estos ataques; lo que le costó quedarse aislada políticamente durante años.»

En efecto, Schütrumpf acierta en poner de relieve la cercanía ideológica que Rosa, como marxista, supo tener con el pensamiento bakuninista. Y a la vez, pone de manifiesto su necesidad política, ante los numerosos embates que sufrió por parte del marxismo de su época, de tomar distancia de dicha ideología.

Al respecto, de manera similar, sostiene Guérin[10]:
«Rosa Luxemburg, en los comienzos de su carrera en la socialdemocracia alemana y, sobre todo, para adquirir en ella carta de ciudadanía, creyó conveniente denunciar a su vez esa “enfermedad infantil anarquista”, admitiendo al mismo tiempo que, con todo ese peligro, era menos grave que el del revisionismo oportunista (…) Sostenía que hacía falta “un completo aturdimiento para continuar aún hoy aferrados a la quimera anarquista” (…) Rosa revisó, a la luz de la revolución rusa de 1905, la tajante condena de la huelga general que su partido había heredado de Engels. “Ciertamente, escribía, la revolución rusa exige una revisión a fondo del antiguo punto de vista del marxismo sobre la huelga de masas”. Llegó hasta hacer una concesión de vocabulario. La revolución rusa había llevado a la maduración de “la idea de la huelga de masas [...] y aun de la huelga general”. Pero para cubrirse de sus adversarios reformistas y antianarquistas dentro del partido alemán creyó conveniente administrarle, al mismo tiempo, al anarquismo, una tanda de palos (…) “La revolución rusa no significa la rehabilitación del anarquismo, sino más bien su liquidación histórica”. “La patria de Bakunin debía convertirse en la tumba de sus enseñanzas” (…) “los anarquistas, en tanto que tendencia política seria, no existen absolutamente en la revolución rusa”. El puñado de “anarquistas”, o pretendidos tales, no hacían más que mantener en algunas ciudades “la confusión y la inquietud de la clase obrera”. Y pasaba de la deformación a la injuria: el anarquismo se había convertido en la “insignia de los ladrones y saqueadores vulgares”, del lumpemproletariado contrarrevolucionario, “gruñendo como una bandada de tiburones en la estela del navío de guerra de la revolución”. Tomando sus deseos por realidades, vaticinaba que “la carrera histórica del anarquismo está lisa y llanamente terminada.»

Al igual que Schütrumpf y pese a las semejanzas ideológicas entre Rosa y el anarquismo, Guérin señala las numerosas acusaciones que Rosa dirigió contra el pensamiento y acción ácrata, cosa que no la salvó de ser vilipendiada por pensadores y sindicalistas vinculados al marxismo:
«Sin embargo, ese sacrificio ofrecido en aras de la derecha de la socialdemocracia alemana no preservó a Rosa de las iras de la burocracia de su partido, y menos aún de los sindicatos. No logró inmunizarla de ser víctima a su turno de la acusación de desviaciones anarquistas y anarcosindicalistas (…) Rosa Luxemburg y Kautsky eran metidos en la misma bolsa y vilipendiados como “anarcosocialistas”. Más tarde, en 1913, sería a su vez Kautsky quien, después de su vuelco, trataría a Rosa de “anarcosindicalista” y acusaría a su folleto de 1906 sobre la revolución rusa de ser “una síntesis de concepciones socialdemócratas y anarquistas”. Las execraciones de Rosa contra el anarquismo, sus esfuerzos por diferenciarse de él, eran en gran medida precauciones del lenguaje, artificios de autodefensa. Queda por ver si en realidad existían tales diferencias entre la huelga general anarquista y la huelga llamada de masas.»

Con todo, podemos enumerar las siguientes coincidencias entre el pensamiento luxemburguista y el bakuninista que la separan del marxismo-leninismo:
- Apoyar la huelga de masas, a criterio de Rosa completamente diferente de la huelga general propuesta por los anarquistas.
- Priorizar la base.
- Oponerse a la dictadura de un conjunto de dirigentes, a la burocratización de la revolución, enfatizando la necesidad de mecanismos democráticos de participación del proletariado (asamblea, soviets, voto no calificado).
- Pregonar el clasismo y el internacionalismo mientras se lucha contra el capitalismo por sobre la liberación nacional, en tanto y en cuanto ésta esté ligada a direcciones burguesas.
- Proponer la socialización de la tierra en lugar de la apropiación privada siendo que esto último favorece la creación de una burguesía agraria.

En relación al punto 1, Rosa criticará la huelga general, ridiculizando las posiciones anarquistas al
respecto. Sin embargo, como plantean Nettl[11] y Guérin, la huelga de masas propuesta por Rosa no será
tan diferente de la huelga general que en realidad formulaban los anarquistas[12]:
«(…) su concepción de la huelga de masas, tal como la había extraído de la revolución rusa se aproximaba mucho a la de huelga general, término éste que por momentos no dejaba de emplear juntamente con el de “huelga de masas”. (…) La lúcida comprensión por Rosa de lo que, a través de la revolución rusa de 1905, ella prefirió llamar “huelga de masas” antes que huelga general, es una valiosa contribución al arsenal ideológico del comunismo libertario. Es al tiempo que un fanal apto para guiar al propio artífice de esta forma de lucha, cada vez más frecuente y eficaz: la clase obrera. En relación al punto 2 y 3, quizás los dos puntos centrales a la hora de señalar las coincidencias con el pensamiento ácrata, Rosa señala a Lenin y Trotsky el error de oponer a la democracia burguesa la dictadura de un “puñado de personas”» [13]:
«(…) es decir de la dictadura según el modelo burgués. Son dos polos opuestos, ambos igualmente distantes de una genuina política socialista. El proletariado, no puede nunca renunciar a la revolución socialista y dedicarse a la democracia. Debería y debe encarar inmediatamente medidas socialistas, en otras palabras, ejercer una dictadura, pero una dictadura de la clase, no de un partido o una camarilla, la participación más activa e ilimitada posible de la masa popular, la democracia sin límites. “Como marxistas —escribe Trotsky— nunca fuimos adoradores fetichistas de la democracia formal.” Ni tampoco fuimos nunca adoradores fetichistas del socialismo ni tampoco del marxismo. ¿Se desprende de esto que también debemos tirar el socialismo por la borda si nos resulta incómodo? Lo que realmente quiere decir es: siempre hemos diferenciado el contenido social de la forma política de la democracia burguesa; Y lo hicimos para impulsar a la clase obrera a conquistar el poder político, para crear una democracia socialista en reemplazo de la democracia burguesa, no para eliminar la democracia. Pero la democracia socialista no es algo que recién comienza en la tierra prometida después de creados los fundamentos de la economía socialista, no llega como una suerte de regalo de Navidad para los ricos, quienes, mientras tanto, apoyaron lealmente a un puñado de dictadores socialistas. La democracia socialista comienza simultáneamente con la destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista. Es lo mismo que la dictadura del proletariado. ¡Sí, dictadura! Pero esta dictadura consiste en la manera de aplicar la democracia, no en su eliminación, en el ataque enérgico y resuelto a los derechos bien atrincherados y las relaciones económicas de la sociedad burguesa, sin lo cual no puede llevarse a cabo una transformación socialista. Pero esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir de la educación política creciente de la masa popular.»

La concepción libertaria de Rosa es destacada en la selección de textos que realiza Guérin[14]:

- Michel Colinet (Rosa Luxemburg y la revolución rusa):
«Rosa murió antes de poder comprobar hasta qué punto los errores que había denunciado proliferaron, hasta el punto de hacer de Rusia la sede de la contrarrevolución staliniana y, en la internacional, el juego al fascismo y al imperialismo. Era inevitable que la supresión de toda democracia en los soviets y la sustitución de la gestión directa por el pueblo por funcionarios, terminara con la eliminación de toda democracia en el seno del único partido legal que quedó, el Partido Comunista. Hay en esto una implacable dialéctica de la historia. Reconozcamos, sin embargo, que ésta fue singularmente favorecida por las concepciones de Lenin y de la vieja guardia bolchevique de 1903 en favor del partido “jacobino” ligado a la clase obrera.»

- Lucient Laurat (Un máximo de democracia):
«La famosa frase de Marx: “La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos” no es una mera fórmula destinada a la agitación. Encierra la quintaesencia de lo que distingue al socialismo científico del socialismo utópico: nadie, ningún filántropo ni ningún dictador, por buenas que puedan ser sus intenciones, les puede dar a los trabajadores el socialismo servido en una bandeja. (...) A partir de tales consideraciones, que son el abc del marxismo, Rosa Luxemburg extrae sus conclusiones para lo que debería ser la organización socialista. Esta organización debe ser apta para desarrollar al máximo la conciencia socialista de los trabajadores y permitirles que se instruyan mediante la experiencia de sus luchas. Ello implica en el seno del partido (y todo esto vale, evidentemente, también para el movimiento sindical), un máximo de democracia.»

- Georg Lukacs (Sobre Rosa Luxemburg. Rosa Luxemburg marxista):
«Rosa Luxemburg (...) percibe una exageración en el papel central que los bolcheviques asignan a las cuestiones de organización del partido en tanto que coautor del espíritu revolucionario dentro del movimiento obrero. Ella opina que el principio realmente revolucionario debe ser buscado exclusivamente en la espontaneidad elemental de las masas, en relación con las cuales las organizaciones centrales del partido desempeñan siempre un papel conservador e inhibitorio. (...) De ello resulta, de una manera evidente, el rechazo de la concepción bolchevique del partido.»

- Cohn-Bendit (Decapitar al proletariado):
«Toda la ideología leninista está fundada sobre el postulado de la incapacidad de la clase obrera, incapacidad para hacer la revolución, incapacidad de regir la producción (...). Que de tal manera la conciencia socialdemócrata le sea ajena al proletariado es quizás una condenación parcial de la socialdemocracia (...). Por otra parte, el modelo de organización del tipo bolchevique se originó en el atraso de Rusia (...). La teoría leninista que sostiene que la espontaneidad obrera no puede sobrepasar la conciencia tradeunionista equivale a decapitar al proletariado para permitirle al partido ponerse a la cabeza de la revolución. (...) El leninismo fue violentamente combatido por Rosa Luxemburg (...). Ella se lanzó a la pelea contra el centralismo democrático de Lenin y sus concepciones sobre la disciplina (...). En realidad, es la conciencia de Lenin la que no alcanza a superar, en el terreno de la organización, a la de la burguesía.»

En resumen, sin pretender que Rosa Luxemburgo fue una militante anarquista, o que Rosa confraternizaba con las ideas de Bakunin -lo cual sería enteramente inconsistente con lo explicado más arriba-, queda claro que existen importantes elementos en común que acercan el pensamiento de Rosa al del anarco-comunismo. Estos elementos no existen en el leninismo y muchos menos en el reformismo socialdemócrata.

Comparemos en este sentido, el análisis de Luxemburgo con el que traza Víctor Serge para describir el proceso revolucionario de la Rusia leninista[15. Serge, de extracción anarquista y formado en las ideas de Bakunin y Kropotkin llega a Rusia luego de participar de la insurrección en Cataluña del año 1917, buscando el aire fresco de la revolución rusa y se incorpora al partido bolchevique. El de Serge es un testimonio valioso en tanto y en cuanto realiza la crítica desde el interior mismo del partido:
«Mi decisión estaba tomada, no estaría contra los bolcheviques ni sería neutro. Estaría con ellos, pero libremente, sin abdicación de pensamiento ni de sentido crítico. (…) Estaría con los bolcheviques porque cumplían tenazmente, sin desaliento, con un ardor magnífico (…) echándose encima todas las responsabilidades (…) Se equivocaban sin duda en varios puntos esenciales: en su intolerancia, en su fe en la estatización, en su inclinación hacia la centralización y las medidas administrativas. Pero si había que combatirlos con libertad de espíritu y espíritu de libertad, era con ellos, entre ellos (…) una vez pasado el peligro mortal, a colocarme del lado de aquellos que combatirán los males interiores del nuevo»
régimen…»

Serge estaba excepcionalmente situado para seguir, en sus propias palabras, “los progresos del mal”;
pertenecía a los medios dirigentes de Petrogrado y estaba en relaciones de confianza con diversos elementos de oposición, anarquistas, socialistas revolucionarios de izquierda y comunistas de la “oposición obrera”. Su descripción da cuenta de la génesis de la burocratización y autoritarismo en los primeros años de la revolución rusa. Describe el encarcelamiento y fusilamiento de los revolucionarios del ejército negro y otros anarquistas y socialistas revolucionarios, así como las mentiras vertidas por el partido bolchevique en relación con los sucesos de Cronstadt, que también derivaron en el asesinato de otros mártires de la revolución. Serge concluye:
«El marxismo ha variado algunas veces, según las épocas. Surge de la ciencia, de la filosofía burguesa y de las aspiraciones revolucionarias del proletariado (…) el marxismo de principios del siglo XX aspira a tomarlo todo, a transformarlo todo (…) Aspirando a una transformación total, era, en el sentido etimológico, totalitario. Ofrecía los dos rostros de la sociedad en ascenso: democrática y autoritaria (…) El pensamiento bolchevique procede de la posesión de la verdad (…) el partido detenta sencillamente la verdad; todo pensamiento diferente del suyo es error pernicioso o retrógrado. Tal es la fuente intelectual de su intolerancia. La convicción absoluta de su alta misión le asegura una energía moral asombrosa – y al mismo tiempo una mentalidad clerical pronta a hacerse inquisitorial. El “jacobinismo proletario” de Lenin (…) me parece indudable que selecciona los temperamentos autoritarios (…) Escribe también [Lenin] en 1918 que la dictadura del proletariado no es en modo alguno incompatible con el poder personal, legitimizando así de antemano una especie de bonapartismo. Hace encarcelar a su viejo amigo y camarada Bogdánov porque ese gran intelectual le presenta objeciones embarazosas. Hace poner a los mencheviques fuera de la ley porque esos socialistas “pequeño-burgueses” están lamentablemente en el error. Recibe afectuosamente al guerrillero anarquista Majno e intenta demostrarle que el marxismo tiene razón; pero deja poner o manda poner al anarquismo fuera de la ley (…) El totalitarismo está en nosotros.»

Consideraciones finales

Rosa Luxemburgo socialista. Rosa Luxemburgo marxista. Rosa Luxemburgo anarquista. Rosa Luxemburgo contra las etiquetas. ¿Cuál es el sentido que motiva la necesidad de clasificar, etiquetar, encorsetar un pensamiento, un autor bajo un determinado “ismo”? Son muchos los debates alrededor de determinadas figuras de la historia que no encajan bajo un rótulo preciso. ¿Ernesto Guevara era marxista, era estalinista, era maoísta? ¿El Subcomandante Marcos es leninista, puede ser a la vez zapatista y guevarista?

¿Y Luxemburgo? Como se intentó mostrar en estas líneas, Rosa se entendía a sí misma como socialista, buscaba el socialismo. Coincidía con y respetaba a Marx, quizás el mejor de los teóricos del socialismo científico. No gustaba de usar el rótulo de marxista. No pocas veces debatía y se diferenciaba de los ya por entonces autodenominados “marxistas”, de línea reformista. Coincidía y criticaba a Lenin, Trotsky y a los bolcheviques. Ridiculizaba a los anarquistas, pero convenía con muchas de sus posiciones y con sus críticas al leninismo, que en definitiva fue el marxismo que más prosperó a lo largo del siglo XX, al punto de que muchos lo han entendido como la continuación, interpretación y realización natural de las ideas de Marx, despreciando o ignorando posiciones como las de Luxemburgo o como las de Anton Pannekoek.

En definitiva, Luxemburgo era Rosa. No era ni Marx, ni Lenin, ni Bakunin. Y no pertenecía a ninguna escuela, logia o iglesia que los supusiera como alguna suerte de semidiós. Esa necesidad de etiquetar, tan típicamente asociada a la búsqueda de construir una identidad homogénea, a la búsqueda de construir una alteridad a la cual despreciar, a la cual combatir. No hablamos ya de una alteridad burguesa. Mucho menos fascista. Hablamos de entender al compañero o compañera que piensa de
modo similar pero diferente (marxista, trotskista, anarquista, etc.) como un otro al que vilipendiar, calumniar, perseguir, encarcelar, asesinar.

Rosa pensó como Rosa y actuó como Rosa, es decir luchando, no por Marx, ni por Lenin, ni por Bakunin sino por el socialismo. Por sus ideas de justicia, de igualdad y libertad. La lucidez y originalidad de sus pensamientos; la capacidad de elogiar y criticar sin obsecuencias ni necedades; su valentía, abnegación y coherencia la erigen como una figura digna de admiración. El haber formulado los planteos que realizó, desde su condición de mujer, en un mundo machista y patriarcal, en un movimiento revolucionario que adolecía y adolece de muchos vicios patriarcales, la convierten en una compañera ejemplar e irrepetible.

Su asesinato, perpetrado en connivencia con sectores de la socialdemocracia alemana inaugura un periodo nefasto de la historia de la humanidad en que la virulencia con que los socialistas se critican entre sí, se traslada de la pluma a la realidad, pasando de la burla al asesinato. Se persigue por pecar de algún “ismo”. Se tortura por portar la etiqueta equivocada. Se fusila, en definitiva, por pretender aunar, en un mismo pensamiento, socialismo y libertad.

La crítica a los aspectos autoritarios y burocráticos del bolchevismo de los primeros años, al leninismo, desde la mirada de socialistas de cuño marxiano adquiere muchas veces mayor potencia y eficacia que la que se puede formular desde el propio pensamiento ácrata. A su vez, presenta para el anarquismo un cuerpo teórico interesante a la hora de desarrollar herramientas multitendenciales en lo ideológico y a la hora de defenderse de posiciones reformistas por un lado, y autoritarias por el otro.

Notas

[9] Jörn Schütrumpf, Rosa Luxemburg o el precio de la libertad, Berlin, Karl Dietz, 1978.

[10] Daniel Guérin, Rosa Luxemburg
  y la espontaneidad revolucionaria, Buenos Aires, Colección Utopía Libertaria, 2004.

[11] John Petter Nettl, Rosa Luxemburg, Oxford, Oxford University Press, 1966.

[12] Daniel Guérin, Rosa Luxemburg y la espontaneidad revolucionaria, Buenos Aires, Colección Utopía Libertaria, 2004.

[13] Rosa Luxemburgo, La revolución rusa, Obras Escogidas, Madrid, Ayuso, 1978.

[14] Daniel Guérin, Rosa Luxemburg y la espontaneidad revolucionaria, Buenos Aires, Colección Utopía Libertaria, 2004.

[15] Víctor Serge, Memoria de mundos desaparecidos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.

[El texto completo de la ponencia es accesible en http://congresoanarquismo.cedinci.org/wp-content/uploads/2017/01/actas-final-congreso-anarquismo.pdf.]

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