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martes, 24 de noviembre de 2015

Cambio climático, desaparición de la casa y extinción de la territoriedad añuu


José Quintero Weir


La Tormenta

“Bueno, el asunto es que lo que nosotros, nosotras,
zapatistas, miramos y escuchamos es que viene una
catástrofe en todos los sentidos, una tormenta.
Pero…resulta que nosotras, nosotros, zapatistas, también
miramos y escuchamos que personas con grandes
conocimientos dicen, a veces con su palabra, siempre
con su actitud, que todo sigue igual.
Que lo que la realidad nos está presentando, son sólo
pequeñas variaciones que no alteran en nada importante
el paisaje.
O sea, que nosotras, nosotros, zapatistas, vemos una cosa
y ellos ven otra. Porque vemos que se sigue recurriendo
a los mismos métodos (…).Y se hacen organizaciones
partidarias, se trazan planes, estrategias y tácticas,
haciendo verdaderos malabares de los conceptos.
Como si fueran equivalentes Estado, Gobierno y
Administración. Como si el Estado fuera el mismo,
como si tuviera las mismas funciones de hace 20, 40,
100 años. Como si el sistema fuera también el mismo y
mismas las formas de sometimiento, de destrucción. O,
para ponerlo en términos de la Sexta: las mismas formas
de explotación, represión, discriminación y despojo”

Sub-Comandante Galeano.

“El Pensamiento crítico frente a la Hidra Capitalista I”.


Primera advertencia: a los lectores.

Herman@ lect@r, antes de iniciar el desciframiento del escrito que sometemos a tu consideración, creemos necesario advertirte de varias cosas que nos parecen importantes; no sólo para que entiendas con propiedad lo que pretendemos comprendas, pues, la presente palabra no ha sido escrita para ser publicada y obtener con ello algún prestigio académico y, mucho menos, económico (de sobra sabemos que esto es casi imposible de lograr, a menos que se haya pactado la entrega del espíritu al diablo del Estado); sino sobre todo, para que puedas en verdad ser recíproco (que no solidario) con nosotros.

Queremos decir, remitimos nuestra palabra no en función del aplauso de amigos que sabemos nos aprecian; pero tampoco para pedir la solidaridad de nadie ya que, a nuestro parecer, la solidaridad suele ser entendida como acción unidireccional o caritativa de aquellos que creen tener el poder de generar acciones hacia los otros; por tanto, lo que en verdad proponemos es algo que, hasta cierto temor nos da ponerlo por escrito, pues, como quiera que sea, puede ser visto como lo que realmente es: algo evidentemente subversivo. Sin embargo, a todo riesgo, les proponemos una reflexión conjunta para una rebelión unida; es decir, si en verdad llegáramos a concordar luego de comprender lo que de seguidas les contaremos, no se atrevan a ser solidari@s con nosotros, sino a intentar juntos la construcción de caminos para rebelarnos como un solo nosotros.

Lo anterior debe llevar a suponer que nuestra palabra debe ser exiliada de cualquier consideración como “ejercicio teórico” generado desde la academia por un académico, pues, se sabe, que cuando un académico escribe, generalmente lo hace para dirigirse a su exclusiva “comunidad académica” que, dicho sea de paso, sólo existe en virtud de la consideración “académica” de su palabra, esto es, está obligado a guardar una debida formalidad a la que ha de ceñirse de manera estricta, a unas reglas ya bien definidas por las llamadas “Revistas indexadas”; de lo contrario, corre el riesgo de que su palabra pueda ser objeto de negación, muy a pesar de que exprese la verdad más enorme.

Pero, como ya han de suponer, no es eso lo que nos importa, sobre todo, porque intentamos recuperar nuestro corazón en lo que es el horizonte ético de la cosmovisión de nuestro pueblo. En este sentido, sabemos que estamos obligados a decir la verdad, por dolorosa que ésta sea, pues, sólo así nos es posible alcanzar la confianza, que no es otra cosa que ser ciertamente responsables por nosotros y hacia los otros ya que es eso mismo lo que nos hace confiables ante los otros; por esa vía, es posible construir juntos: nosotros y los otros, nuestra autonomía, máxima expresión de nuestra consciencia como comunidad humana presente en el mundo.


Ahora que, hablando con propiedad, debemos igualmente advertirles, que nuestro espíritu igual ha sido atravesado por la flecha de la academia y sus formas; quiero decir: Soy añuu y soy wayuu; mi carne es kayushi entre los añuu y es epiayuu entre los wayuu; pero también soy profesor titular de la Universidad del Zulia y doctorado en la UNAM; lo que en modo alguno ni me niega ni me ofende, pues, en todo caso, crecí entre los fogones de mis abuelas pero igual aprendí a comer la comida de los otros; esto, que para muchos puede constituir una terrible crisis de identidad, para nosotros (no sin crisis) se trata simplemente, de tomar partido por lo que en verdad somos, lo que en modo alguno implica negar o liquidar esa parte que debería ser negada por su historia de negación sobre nosotros.

Pero eso no me es posible ya que, si por vía materna soy epiayuu o kayushi, por la vía paterna soy descendiente del negro cimarrón José Domingo Estrella, general de montoneras y padre de generaciones entre las poblaciones de Cabure y La Cruz de Taratara en la Sierra de Falcón; pero también soy descendiente de William Weir, hijo de Henry Weir: escocés miembro de la Legión inglesa presente en la batalla naval del Lago de Maracaibo, en la que se logró expulsar definitivo a los españoles de estas tierras. Pero William Weir fue también contrabandista y eterno bandido en La Guajira.   

En fin, nuestra palabra no puede ser entendida como “propuesta teórica”, ya que lejos de nuestro corazón está el proponer o crear nuevos conceptos; por ello, evitaremos cuanto nos sea posible cruzar nuestro discurso con citas de autores de los que, sin embargo, somos tributarios a sus cauces. Por ello, de antemano señalamos a Carlos Lenkersdorf nuestro más grande maestro en eso de saber lo que la palabra dice como expresión del pensamiento territorial de las luchas de las comunidades que las crean; pero también, la de Carlos Walter Porto-Gonçalves, nuestro segundo maestro, quien supo vivir ser alumno de Chico Mendes, el más grande defensor de nuestra Amazonía. Otros autores de seguro se asoman, unos con más fuerza que otros: Arturo Escobar, Orlando Fals Borda, Eduardo Subirats; entre otros, a quienes, en efecto, debemos algunos o todos los conceptos con los que sustentamos nuestro atrevimiento de escribir para y por l@s de abajo.


Segunda advertencia:  La Madre de Agua.

De antiguo, los más viejos añuu siempre dijeron que una laguna sólo emerge cuando un hoyo del mundo ha sido tapado por el cuerpo de una hija de la Luna, pues, toda tierra, toda agua y todo lo que sobre la tierra anda o bajo las aguas desanda, todos y todas son hijos e hijas de la Luna. Por eso, cuando preguntábamos, qué cuerpo podía ser tan grande y tan fuerte como para tapar un hoyo del mundo para que así emergiera una Laguna, nuestros ancestros describían a una gran serpiente que llamaban (siempre en voz baja), la Madre de Agua∗.

Así, desde la perspectiva añuu, es el enroscado cuerpo de una serpiente Madre de Agua la que hace posible emerger todas las lagunas que en el mundo existen, sean éstas grandes o pequeñas; claras u oscuras; estén en las montañas o en las planicies; nada importa, ya que en todo caso, una laguna existe porque es el cuerpo de la gran Madre de Agua quien al cubrir ese hoyo del mundo, hace posible emerger las aguas de esa Laguna y luego sostenerlas sobre su cuerpo.

Ahora que, saben igualmente los añuu, que al momento en que cualquier ser humano llega a ver ondulando sobre las aguas el sinuoso lomo de una Madre de Agua, ello no es m´ças que terrible señal de que la serpiente está dispuesta a abandonar su lugar, esto es, dejar de cubrir el hoyo del mundo y, por esa vía, permitir que la Laguna que sobre ella ha crecido, se mude o desaparezca, definitivo.

De estas y otras muchas historias, que a vista de cualquiera resultan siempre extraordinarias o fantásticas, fue alimentado el espíritu de los añuu y, guiados por ese saber, fue por lo que entre julio y agosto de 2004, regresé a la Laguna de Sinamaica para visitar a las abuelas que me enseñaron esas y otras historias, procurando corroborar mi palabra en la voz de las araürakan (Las ancianas). Pero entonces, no más al llegar y encontrarme con Boris (mi eterno acompañante en la Laguna), al responder mi saludo lo noté nervioso y, al preguntar por su actitud me llevó aparte para decirme (en voz baja):

José, algo está a punto de pasar en la Laguna.

¿Por qué?, le pregunté (en igual voz baja).

Porque dicen que Miguelorio ha visto el lomo de la Madre de Agua emergiendo por  los lados de La Boquita.

No dudé en creer la palabra de Boris y, por eso, de inmediato le pedí me llevara donde Miguelorio. Pero, al llegar a su rancho y preguntarle acerca de su visión, Miguelorio me dijo:

¡Ay José! Todos andan diciendo lo mismo, pero la verdad verdaita es que yo no la he visto. Dicen si, que quien la vio fue María Sierra.

Entonces pedí a Boris poner proa hasta la casa de María Sierra; pero de nuevo, al interrogarla, ella igual me dijo:

“José, verla, verla, de verdad, no la he visto, pero quien dicen la ha sentido es el viejo Miguel Ángel Paz…”

En fin, durante todo ese día y hasta llegar la noche, visitamos a todos aquellos que se suponía habían logrado ver, sentir o presentir a la eterna Madre de Agua que, saben los añuu, es quien en verdad cubre el hoyo del mundo que hace posible la existencia de nuestra Laguna en Sinamaica. Es decir, ella es la hija de la Luna que sobre sus lomos lleva el peso de las aguas que dan vida y permiten la vida de todos los seres que en ellas y sobre ellas habitamos; por tanto, el sólo presentimiento de su posible desplazamiento es sin lugar a dudas una seria advertencia a la posible desaparición de todas las comunidades de seres que allí existen, es decir, la muy posible desaparición de todos nosotros.

Tercera Advertencia: El Informe al Pentágono.

A pesar de mi inquietud por no haber podido resolver materialmente la angustia colectiva que la invisible visión de la Madre de Agua pero que, evidentemente, perturbaba a la comunidad añuu en la Laguna de Sinamaica, regresé a mis compromisos. Entonces, recordé que meses antes, exactamente en mayo de 2004, mi maestro Carlos Lenkersdorf me dio a leer la fotocopia de un artículo publicado por la Revista Monthly Review. Se trataba de un trabajo firmado por sus editores bajo el título: “El Pentágono y el cambio climático”♣.

En el mismo se daba cuenta de la iniciativa de los jefes del Pentágono decididos a evaluar las posibles consecuencias a la Seguridad Nacional de los Estados Unidos en el contexto de un cambio climático abrupto. Para ello, el Estado norteamericano decidió contratar a una empresa que, dicho sea de paso, se trataba de una agencia de la Bolsa de Valores de Wall Street quienes, a su vez, subcontrataron laboratorios de investigación independientes cuya labor era: construir un modelo en base a experiencias de laboratorio, capaz de proveer una panorámica de lo que en verdad implica y ocurriría a nivel planetario en el contexto de un cambio climático abrupto y, por supuesto, de sus consecuencias; pero sobre todo, dotar al Estado norteamericano de las recomendaciones políticas y militares para la defensa de su “integridad nacional”.

En efecto, explica el Informe que a pesar de la natural presencia de gases invernadero ya que,

Un efecto invernadero es crucial para la atmósfera terrestre. Así, el dióxido de carbono, el metano y otros gases invernadero acumulados en la atmósfera, atrapan el calor que pudiera de otra manera ser irradiado al interior del espacio. Este efecto invernadero natural, con la proximidad del sol, sirve para calentar la tierra, haciéndola habitable para la diversidad de especies. Pero ahora, como resultado del aumento del invernadero por la emisión de gases generados por la producción humana, la mayoría por el quemado de combustibles fósiles, este mismo efecto invernadero, soporte de la vida, está empujando el nivel de la temperatura global más y más alto.

Así,

Las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera están en estos momentos, en su nivel más alto de los últimos 420 mil años, y seguramente, de los últimos 20 millones de años. Elevando los niveles del mar, calentando las mareas, cosechando daños, empeorando las inundaciones y las sequías así como las más extremas condiciones ambientales en general; todo esto como resultado del incremento de la temperatura global.

Ahora que, para los añuu, gente del agua, el techo de nuestra casa siempre lo ha sido y será la gran bóveda celeste; por eso, bien entendemos lo que el Sup. Marcos o Galeano dice al mencionar que los de arriba, muy a pesar de saber que el techo de la gran casa se cae, mucho más peso le ponen y, por encima de saber que el calentamiento global implica el deshielo de los polos, que tal deshielo implica el endulzamiento del mar (que por hermosa que suene la frase, implica la desaparición de la sal del mar que, por muy salada que sea, es la que permite el natural equilibrio del efecto invernadero para la existencia de la vida en el mundo); en fin, a pesar de saber que un cambio climático abrupto implica: incontenibles inundaciones en algunos lugares del planeta, desertificación de otras, y grandes heladas en el resto; aún así, la gran preocupación de los de arriba no es cómo detener el derrumbe del techo del mundo sino cómo sobrevivir en medio del desastre manteniendo su poder.

No describiremos las propuestas∗ que el Informe sugiere al Estado Norteamericano para enfrentar el contexto de un Cambio climático abrupto; en todo caso, remitimos al lector al artículo, pues, para nosotros, lo esencial en este momento es llamar la atención acerca de que tanto el Informe al Pentágono como la presentida visión añuu de la Madre de Agua en Sinamaica están estrechamente vinculadas a lo que también las comunidades zapatistas anuncian como su presentimiento de una gran tormenta y que, ciertamente se aproxima sobre todos. Aunque, como veremos, los añuu ya la vivimos y hoy sólo experimentamos la agonía de sus consecuencias. Pero, insistimos, nadie está obligado a creer en las premoniciones de los y las zapatistas, mucho menos, en las visiones del pueblo añuu que a diferencia de los zapatistas no está en condiciones ni tiene la posibilidad de convocar a nadie, pues, nada tienen, nada les han dejado los de arriba, sólo la condena a desaparecer ante el silencio de todos♠.

Sin embargo, no podemos dejar de mencionarlas porque a estas alturas de nuestra historia, todas nuestras premoniciones están vinculadas al hecho concreto del despojo territorial y al vaciamiento de nuestra territorialidad impuestos por la colonialidad del poder y del saber que, como quiera que sea, nos ha llevado hoy día a considerar la posible fase terminal de nuestra extinción como añuu, como pueblo. No de balde, todos en Sinamaica ven/no-ven, sienten/no-sienten a la hija de la Luna, la Madre de Agua que antes y por miles de años hizo posible la existencia de las aguas de nuestra laguna/vida sobre sus lomos, pero que ahora sólo vemos frente a nosotros como calaca de nuestro definitivo rostro.

Por mejor decir, muchas veces escuchamos hablar de la extinción de pueblos y al igual que muchos pueblos sometidos a la idea que la colonialidad del poder y del saber nos dictaba, dábamos por hecho que sólo se trataba de historias muy lejanamente sucedidas a gentes tan alejadas en el espacio/tiempo, que muy seguros nos sentíamos de que lo que siempre imaginamos como una gran explosión de muerte, jamás llegaría al espacio/tiempo de nosotros.

Hoy, tal vez ya tarde, nos percatamos que no es así, pues, ahora comprendemos que la amenaza de extinción no sólo se cierne sobre nosotros como pueblo indígena, sino sobre grandes poblaciones de criollos igualmente condenados a desaparecer por falta de agua debido a la ausencia de lluvias y al progresivo aumento de las temperaturas que, en nuestro tropical espacio territorial, alcanzan a superar los 50º centígrados en tiempos en los que, antes sabíamos, debía hacer fresco por la acción de los vientos o las lluvias.

Pero de eso sólo nos percatamos, exactamente, a fines de 2010, pues, fue entre octubre y noviembre de ese año que las lluvias en las cabeceras del río Wasaalee (Guasare) se hicieron indetenibles, obligando a subir el nivel de las aguas pero que todos asumieron como parte del hacer correspondiente a nuestro tío abuelo Juyakai♦. Pero siguió lloviendo, y las aguas fueron subiendo por debajo de las casas palafíticas y a pesar de que con fe, todos decían: “Seguro que hasta allí llegan”, o, “mañana seguro comienzan a bajar”; no fue así. La lluvia siguió cayendo como diluvio y las aguas de la Laguna seguían subiendo y subiendo y subiendo, hasta que todos debieron abandonar sus casas, pues, las aguas alcanzaron la altura de los techos y a muchos ranchos de enea los derribó la corriente del río; mientras que a otros, los cubrió el barro y el sedimento.

Los hermanos wayuu no sufrieron menos, pues, aquellos cauces de río que creyeron como definitivamente secos o imposibles de revivir, se colmaron de agua y lo que antes estimaban como su geografía conformada por grandes sabanas semidesérticas, de la noche a la mañana, se transformaron en poderosas y grandes corrientes de agua que arrasaron con sus piinchipala (comunidad de casas) o se convirtieron en gigantescas lagunas en las que, posteriormente, flotaban su muerte sus vacas, sus ovejos, caballos y perros que reventaban su muerte ante la desconsolada incomprensión de todos los wayuu.

Fue en ese justo momento que, en efecto, por primera vez, luego de siglos de resistencia y r-existencia, nuestro pueblo fue obligado a abandonar lo que siempre consideró como el ombligo de su territorio; esto es, el sitio de origen donde cada familia, luego de establecer su weiraüyüre o nuestro lugar de mirar el techo del mundo, se enclava territorialmente como una constelación familiar que se expande sobre las aguas de la Laguna hasta alcanzar el punto en que, necesariamente, ha de cortarse para continuar compartiendo el mundo con los otros, lo que previamente y por su sabiduría, es configurado por los araürapañakan (ancianos hermanos mayores), precisamente, haciendo coincidir el reflejo de los astros del cielo en el espejo/espacio de las aguas y; por eso, cada familia añuu es en las aguas la constelación familiar que en el techo del mundo brilla.

Pero, el mundo ha cambiado su lengua, y ni los más viejos y experimentados pescadores o las más ancianas y experimentadas cortadoras de enea, logran entender el equívoco de sus palabras del mundo; mucho menos, determinar hasta cuándo y hasta dónde podían llegar los niveles de las aguas del río que nacieron la existencia de Warüshakarü (Nuestra Laguna). Sólo vivimos que la inundación fue terrible y la tormenta en las cabeceras del río seguía. Muchos llegaron a odiar a nuestro tío abuelo Juyakai (El Lluvia); otros odiaron a nuestro padre Joutei (El Viento), acusándolo de no hacer nada para enfrentar a su hermano para salvar a la comunidad añuu: sus hijos e hijas en el mundo. De hecho, luego de varias semanas en las que todas nuestras energías estuvieron dedicadas a reunir comida, vestimentas y medicinas para llevar a los tercos añuu que, en medio del desastre provocado por este singular cambio de lengua del mundo, siempre se negaron a abandonar sus casas, pues, decían: “mientras estemos aquí, tendremos argumentos para acordar con dioses y con humanos”.

Ciertamente, un par de semanas después del desastre, las aguas del río bajaron y todas las familias desplazadas por la inundación intentaron regresar a sus antiguos lugares; pero ya no habían casas que habitar, pues, las que no habían sido derribadas por la corriente fueron sepultadas por el barro y el sedimento de la creciente; en fin, si en verdad queríamos reconstruir nuestro territorio en la Laguna de Sinamaica, estábamos obligados a recuperar nuestras casas. Entonces llegó berrnadoran♠ y su “revolución”…

Cuarta Advertencia: De cómo se acaba un pueblo con una “política pública”.

Ciertamente, todos aplaudimos cuando el mismísimo Presidente Chávez: ¡En vivo, directo, vía satélite chino! (pero con el nombre de Simón Bolívar), luego del inusitado deslave de aguas en La Guajira, se dirigió directamente a nosotros para anunciar dos decisiones que, a su parecer, eran la solución “revolucionaria” y “bolivariana” a nuestra desgracia, pues, según él, nuestro desmadre se debía a un fenómeno físico-natural-incontrolable para su gobierno pero que, además, era nuestra forma de vivir en palafitos de mangle y paja de enea sobre las aguas lo que potenciaba el desastre que ahora la “revolución” debía corregir definitivo para, luego de más de 500 años, enrumbarnos por el riel de la historia del progreso y el bienestar que ya su motor de las tres “erres” había echado andar.

Así, dijo el Presidente, la primera medida era la de reconstruir el “hábitat de la comunidad añuu en la Laguna”, pues, era realmente urgente recuperar para las familias cada una de las viviendas que casi en su totalidad habían sido liquidadas por la “inesperada inundación”. Para nosotros, por supuesto, esa era una resolución evidentemente correcta; sin embargo, supimos siempre llamar la atención acerca de que el problema no se trataba sólo de construir nuevas casas sino que, tal medida (eso exigíamos), debía ser acompañada por una que favoreciera la recuperación total de nuestro territorio y de nuestra territorialidad, esto es, la recuperación del control propio de nuestros espacios de pesca, caza y recolección en toda la cuenca del Lago de Maracaibo como única forma de rescatar nuestra autonomía territorial, es decir, de nuestra dignidad; pero sobre todo, exigíamos la paralización y disolución de todos los convenios de explotación minero-carbonífera en las alturas del Guasare, así como de todos los proyectos mineros acordados entre el gobierno de Chávez con los imperialistas chinos en la cuenca del río Socuy.

De sobra está decir que nadie nos escuchó al respecto. Ni siquiera nuestros hermanos añuu, quienes, sólo respondían al desespero de regresar a la Laguna sobre una nueva casa. Algunas de ellas fueron enviadas por el gobierno de Pepe Mujica (Uruguay) quien, por esta vía, supo bien sacar provecho para su país de nuestra desgracia, pues, a cambio de sus casas de madera obtuvo barriles de nuestro hermano me’ene y, como dicen los zapatistas, seguir (desde la “izquierda”) poniéndole peso al techo del mundo que ya cruje.

Las casas de Pepe Mujica fueron rechazadas por la comunidad, pues, a fin de cuentas, sólo eran “ranchos importados” de una madera desconocida por todos; además, calurosas, pues impiden el flujo de la brisa al que la comunidad, con su casa originaria, está acostumbrada. Nadie puede saber cuántas de estas casas de madera uruguaya se facturaron a costa de me’ene; de seguro, ni Pepe Mujica lo sabe y, si lo sabe, la cifra se pudrirá con su cuerpo en la tumba, pues, tal como la derecha, la izquierda sabe cómo callar sus propios delitos. Sólo podemos aseverar que apenas un par de ejemplares de estos engendros habitacionales permanecen instalados en la Laguna.

El fracaso de esta política se debió al hecho de que si de algo se precian los añuu es, precisamente, de su milenaria capacidad de transformar la madera del mangle y el tejido de la enea y la majagua (gramíneas) en una estructura habitacional fresca y duradera; de tal manera que, no serían los ensambles uruguayos enviados por Pepe Mujica a cambio de me’ene los que sustituirían su casa originaria por un rancho de madera desconocida, pues, en todo caso, ellos aspiraban a una vivienda equipada∗ similar a la que la “revolución regalaba” a los criollos de la ciudad. Entonces, Chávez les respondió con su gran “Misión Vivienda Venezuela”.

En este contexto, nosotros (siempre ilusos), propusimos a los arquitectos e ingenieros de la “revolución”, la posibilidad de atreverse a pensar en una casa que partiera del dominio tecnológico desarrollado por milenios como parte de la territorialidad propia de los añuu, es decir, hacer del mangle, la enea y la majagua los elementos estructurales para el diseño de una nueva casa añuu que, fuera capaz de cubrir las expectativas de la población pero que los propios añuu, autónomamente, pudieran construirla. Esta fue, al parecer, una propuesta cuya exigencia superaba la capacidad intelectual de los técnicos del régimen o, sencillamente, atentaba contra las corruptas aspiraciones de los grandes jefes de la “Gran Misión Vivienda Venezuela” quienes, a fin de cuentas, sustentan la “política pública” (y su personal beneficio) en el negociado de las varillas de hierro (cabillas, les decimos en Venezuela), y el cemento.

Por ello, las casas que al fin se construyeron (menos de la mitad de las destruidas por las inundaciones del 2010), fueron de concreto armado, es decir, haciendo uso de la tecnología de la colonialidad ajena al dominio de los añuu: eternos constructores de casas; quienes, sólo eran contratados para instalar los pilotes de sustentación de las mismas ya que el piso es una pesada losa de concreto armado y sus paredes son de adobe de cemento, frisados con el mismo material; en fin, una casa de criollos con puertas y ventanas con protecciones de hierro, pero en forma de palafito. Se trató, pues, de una obra en la que los añuu no podían intervenir, pues, se trataba de una tecnología totalmente ajena a su territorialidad. Dicho de otra manera, la “revolución bolivariana” de Chávez fue capaz de generar el despojo del último elemento que permitía al pueblo añuu pensarse y sentirse como un pueblo otro: la construcción de su casa sobre las aguas o el palafito.  

Pero, por si fuera poco, al despojo de construir sus propias casas el ahora llamado “Comandante eterno” decidió acompañar su primera resolución de una segunda; tal vez, más fulminante y mortal para nosotros. Esta fue, el decreto por el que a partir de ese momento nuestro territorio pasó a ser dominio exclusivo del Alto Mando Militar ya que, siguiendo su particular interpretación del concepto de “geometría del poder”∗, éste fue transformado en “Distrito Militar Nº 1”, pues, según él, sólo militarmente era posible establecer el orden en el caos generado por la naturaleza, pero sobre todo, por la “caótica naturaleza de los indios”; por tanto, según el Presidente y la intelectualidad que le sirve, todo indio es susceptible de ser convertido, esto es, de ceder ante cualquier poder y, por ello, resultan incapaces para “defender la integridad territorial del Estado venezolano” y, por el contrario, son capaces de abrir paso a los más abominables crímenes.

Así, desde 2010, luego de la conversión del territorio de La Guajira en “Distrito Militar Nº 1”, nunca han cesado los crímenes cometidos por las Fuerzas Armadas Bolivarianas; de hecho, sólo entre los wayuu se contabilizan unos 16 asesinados, otros 700 se encuentran sometidos a juicio y, por lo menos uno (1) de ellos está certificadamente desaparecido, pues, a pesar de las gráficas que muestran su detención por militares, nunca más apareció su cuerpo.

Entre los añuu sólo podemos certificar 4 (Cuatro) muertos como producto de los allanamientos y persecuciones a los denominados “ranchos de bachaqueros”; esto, porque nadie se atreve a denunciar nada ya que todos tienen miedo. Personalmente, no me es posible cuestionar a nadie por su silencio; pues, es evidente que el silencio que impera entre los wayuu y los añuu se explica en la duda que en su corazón palpita, esta es: ¿en quién confiar? ¿En los líderes de la oposición? ¿En los intelectuales del llamado “pensamiento crítico” como Atilio Borón?, ¿Ana Esther Ceceña?, ¿Enrique Dussel? o ¿Luis Britto García? Todos ellos, reconocidos como “honestos” intelectuales con cerebros cargados de harta criticidad pero que para seguir en el “riel de su progresismo intelectual” se callan y, hasta nos mandan a callar a todos los otros que, sin su “prestigio”, nos atrevemos a hablar de la lucha de pueblos como el nuestro.

Ahora que, hablando con propiedad, debemos decir que peor que estos intelectuales que no son nosotros, también hay muchos de nuestros hermanos que por propia cuenta decidieron convertirse en funcionarios; algunos de ellos son hasta familiares de los asesinados por los militares del gobierno y, lamentablemente, ante esos crímenes cometidos por el Ejército Bolivariano en contra de su propia carne, decidieron callar para sostener su empleo o su condición de favorecidos del gobierno. Entonces, ¿en quién confiar?

He allí, pues, el más terrible despojo al que hemos sido sometidos; esto es, el despojo de lo que para los antiguos añuu es el tercer dedo de nuestro horizonte ético generado por nuestra autónoma mano o territorialidad y que, pensamos, ha de ser la misma mano social generada por cualquier comunidad humana que territorialmente se conforma en el mundo, tal es: el principio de nuestra confianza en los otros, pues, sabemos, que sin confianza no es posible la existencia de comunidad alguna.

Pero en fin, luego de las inundaciones de 2010, tanto los wayuu como los añuu fuimos totalmente despojados de nuestro territorio en La Guajira y, desde entonces, nuestro tránsito es fuertemente custodiado por las fuerzas militares venezolanas que actúan como verdadero ejército de ocupación. Pero además, hasta hoy, cuando escribimos este artículo (noviembre de 2015), ni una gota de agua del cielo ha caído sobre las tierras wayuu y, por supuesto, tampoco en las cabeceras del río que siempre nos ha dado la vida: el Wasaalee; por lo que, luego de cinco años de sequía los rebaños de ovejos, cabras y vacas de los wayuu se han diezmado, pero tampoco han podido sembrar nada de nada.

Por nuestra parte, en una cínica medida de supuesta protección ambientalista de especies como el camarón y la cangreja azul del Lago de Maracaibo, el gobierno “revolucionario” a través del Ministerio del Ambiente, sometió a los añuu a la captura restringida de esas especies durante cortísimos periodos, casi días contados, en una veda estimada en más de cinco años; es decir, se les despoja de la posibilidad de realizarse económicamente en su autonomía en su propio territorio; por tanto, se les deja a la deriva y se les empuja hacia el camino del contrabando o comercio ilícito de gasolina que, dicho sea de paso, se trata de un negocio que sólo manejan las muy altas esferas de jefes militares del “Distrito Militar N° 1 y, por supuesto, del gobernador del Estado Zulia.

Hoy día, el gobierno ahora de Maduro, no sólo se mantiene en la lógica del crecimiento económico a partir de la economía extractivista minero-petrolera, sino que ante el fin de la bacanal de ingresos y su dilapidación, se siente obligado a profundizar la política extractivista no sólo para obtener ingresos que sustenten la caída, sino porque además, está obligado a cumplir con los pagos de deuda externa, especialmente, la suscrita con China, por lo que les asigna concesiones de ampliación de las minas de carbón en la región del Guasare y río Socuy. Para ello, el presidente Maduro emitió el decreto 1650 con el que se daba vía libre al desarrollo de los Proyectos Caño Seco y Socuy-Cachirí con los que se espera pasar de 8 millones de toneladas métricas de carbón a unas 35 millones de toneladas métricas en los próximos 5 años.

Justo es decir, que ante los señalamientos de ambientalistas y organizaciones ecologistas afectas al gobierno, Maduro decidió reformar el Decreto, no porque esté dispuesto a cambiar la lógica extractivista, sino apresurado por un contexto electoral que le es, a todas luces, adverso. Así, a pesar que el Decreto 1650 se encuentra momentáneamente paralizado en su ejecución, para el gobierno no hay otro camino para obtener ingresos en dólares, que la maximización de la explotación de minas no petroleras (carbón, bauxita, coltán, etc.) ubicadas en la Sierra de Perijá, territorio de los pueblos indígenas wayuu, añuu, yukpa y barí. Para lograr su despropósito, actúa mediante el uso sistemático de la fuerza militar represiva y criminal, mezclada con el desarrollo de políticas públicas con las que coopta ambientalistas, ecologistas y otros agentes y, sobre todo, divide a las comunidades para su sometimiento y definitivo despojo. He allí, pues, el camino asumido por los de arriba (de derecha o de “izquierda”) sustentados en una Geometría del poder que ha hecho posible que una supuesta “revolución” “socialista” y bolivariana, haya logrado lo que ni el imperio español, ni la república de los criollos había logrado en más de 500 años: despojar a los wayuu de su territorio y colocar a los añuu al filo del abismo de su extinción cultural definitiva.

El camino de los de abajo.

De acuerdo al panorama anteriormente descrito, aparentemente, el futuro se cierne terrible para todos los pueblos indígenas, campesinos y demás culturas locales en Venezuela, pues, por más de una década, la mayoría de los de abajo apostó su vida a lo que se les planteó como un cambio definitivo en el rumbo por el que se conducía a nuestro país; pero sobre todo, como camino seguro hacia una vida buena; digna de ser vivida por ser autónoma y propiciar la autonomía y, por ser verdaderamente democrática. Fue sobre la base de estos principios o propuestas que todos apostaron por ella; especialmente, porque ya en Febrero de 1989, fueron los de abajo los que entregaron sus vidas en una revuelta que con un número de muertos jamás establecido claramente, logró momentáneamente detener los planes neoliberales generados por el Consenso de Washington para todo el continente.

No obstante, los de abajo se atrevieron a aumentar la apuesta cuando, además de nosotros, países como Bolivia, Ecuador, Brasil y Argentina parecieron decidir tomar lo que creímos era nuestro camino y que, de acuerdo a lo que decían o pronosticaban muchos de los intelectuales del llamado “pensamiento crítico latinoamericano”, parecíamos estar todos enrumbados hacia el logro de esa vieja aspiración de una Nuestramérica que se nos mostraba como alcanzable o finalmente realizable aquí y ahora.

Pero además, si para el momento en que Chávez recibe la presidencia de Venezuela en 1999 el petróleo se cotizaba en unos 8 dólares el barril, con una deuda externa de unos 28 mil millones de dólares pero con unas reservas internacionales estimadas en unos 35 mil millones de dólares; ya en 2000 y los años subsiguientes hasta 2012, el precio del petróleo llegó a promediar; por lo menos, unos 100 dólares el barril, aunque algunos años de este mismo periodo alcanzó hasta los 140 dólares por barril; en todo caso, en su momento y por más de una década, el presidente Chávez no sólo contó con el respaldo total de la mayoría de la población en Venezuela y con el control de todas las instituciones del Estado; además, en un contexto latinoamericano mayoritariamente conformado por los llamados “gobiernos de izquierda” o “progresistas”, y, por si fuera poco, con unos ingresos en dólares realmente descomunales producto de la explosión hacia arriba de los precios del petróleo∗, ¿cómo explicar nuestra crisis económica actual?, ¿cómo explicar el hecho de que el gobierno tenga que cambiar barriles de petróleo por frijoles o café nicaragüense, pollos del Brasil; carne de Bolivia; maíz de Guatemala y hasta arroz de Trinidad y Guyana?

Pero, cuidado, la misma situación podríamos señalarla para Brasil, economía mostrada como ejemplo de un “gobierno progresista” que de acuerdo a todos los pensadores y analistas de izquierda y derecha nos mostraban como “el milagro económico, ejemplo para toda América Latina”, y a su presidente Lula, como el gestor del “milagro” del “hambre cero” que, al parecer, se ha convertido en franquicia utilizada hasta por Peña Nieto. Hoy día, Brasil se muestra como un globo que se desinfla, como una economía en recesión, con una alarmante tasa de desempleo y una elevadísima inflación; amén de los escándalos de corrupción por los que líderes del PT y presidentes de empresas se encuentran presos o sometidos a juicio. Pero, ante la crisis, la fórmula es hacer pagar a los de abajo mediante impuestos todo lo que el gobierno de Lula, Dilma y sus más íntimos dilapidaron o corruptamente se repartieron. Semejante situación parece vivir el Ecuador de Correa (cuya economía se sustenta, igualmente, en el extractivismo), y la Argentina de los Kichner (con su economía “extractivista” de la soja).

Nosotros creemos que, en verdad, ninguno de los llamados gobiernos de “izquierda” o “progresistas”, desde el “milagro brasilero” hasta la “revolución bolivariana de Chávez”, jamás se propusieron iniciar un otro camino sino que, convencidos de que no hay otro o porque tal como dice el Sup., confunden Estado; gobierno y administración, se creyeron eso de que sólo se trata de administrar, controlar y distribuir los ingresos obtenidos mediante la explotación de la naturaleza. Dicho de otra manera, y otorgándoles el beneficio de la duda, digamos que se creyeron el mito de que la libertad, la dignidad y la democracia se basa en la obtención de unos ingresos vía exportación de materias primas y comoditis; y mediante políticas públicas controladas administrativa y políticamente, drenar recursos a sectores populares y medios con el fin de mantener el control del poder; pero sin provocar ningún cambio en la producción, ni en las relaciones sociales de producción, y, mucho menos, en la distribución internacional del trabajo.

En este sentido, tal vez, el único balance crítico con el que hasta ahora contamos acerca de los llamados gobiernos “progresistas” o de “izquierda” en América Latina fue el realizado por Santiago García Álvarez y otros profesores de la Universidad Central del Ecuador acerca del gobierno de Rafael Correa; no tenemos conocimiento de un balance similar para los gobiernos de Lula y Dilma en Brasil, los Kirchner en Argentina, la Bolivia de Evo Morales y, podemos certificar, no existe para la Venezuela de Chávez y el dúo Maduro-Cabello; en todo caso, los autores del Balance Crítico al gobierno de Rafael Correa concluyen diciendo que:

La presente investigación ha podido demostrar que la matriz productiva en el período de Correa no muestra señales de transformación, sino más bien una profundización de las actividades extractivas. El patrón de reproducción del capital primario exportador se mantiene, sin vulnerar las relaciones sociales típicas del capitalismo: la explotación laboral y la promoción de ciertos grupos económicos. (García Álvarez y otros; 2014: 126).

Tal conclusión nos parece inalterable si quisiéramos referirnos a Brasil, Argentina, Bolivia y Nicaragua. Para el caso venezolano creemos que debe agregarse, además, la conversión del aparato del Estado en instrumento de dominio del narcotráfico y sus aparatos paramilitares, exactamente igual que el Estado mexicano dirigido por Peña Nieto.

Pero, en todo caso, luego de más de una década de transitar por el camino del “progresismo” de los gobiernos de “izquierda” que el llamado “pensamiento crítico latinoamericano” justificó como el camino de nuestra dignidad y que, además, en todos los casos resultó siempre luego de la lucha y el sacrificio de la vida de muchos de los de abajo en cada uno de sus países; en verdad, nunca se planteó rehacer el mundo desde abajo, sino en dar continuidad al mundo impuesto por los de arriba sin llegar a pensar que, muy a pesar de que ellos llegaran a ocupar posiciones de arriba en cada uno de nuestros países, jamás llegarían a entrar en el pequeño espacio de los verdaderamente de arriba que gobiernan al mundo, es decir, para los verdaderamente de arriba ellos seguían siendo de los de abajo, aunque, de cierto, tampoco ya pertenecían a nosotros los verdaderamente de abajo.

Hoy, herman@s, sabemos que se acerca una tormenta y que además, parece definitiva. Hemos probado y comprobado que el camino de las llamadas “políticas públicas” hartamente defendidas por los gobiernos de “izquierda” o del “progresismo” y sustentadas por el llamado “pensamiento crítico latinoamericano” no sólo sirven al propósito de los de arriba de dividir a los de abajo  sino que les imposibilita poder erigirse, autónomamente, desde un rumbo propio, es decir, lo que antiguamente los añuu denominábamos como nuestro wakuwaipawa (nuestro hacer camino por nosotros o para nosotros), palabra que ya nadie en nuestra comunidad recuerda, pues, ella estaba vinculada a nuestra capacidad de poder pescar, capturar yaguasas, recolectar jabas, cazar babillas, construir nuestras casas; en fin, generar nuestro alimento y nuestra vivienda sobre las aguas en el ejercicio de nuestra propia territorialidad en el control político, económico y cultural de nuestro territorio.

Pero, de todo ello hemos sido despojados por los de arriba de la derecha y también por los de la izquierda; quienes, desde la misma colonialidad, sólo nos han dejado el camino de la desaparición definitiva. Tal desaparición, extinción o etnocidio, ha sido traducida siempre como “nuestro libre ejercicio del derecho al voto”, o, más recientemente, como “nuestra conversión en población urbanísticamente acuática”, o más patrióticamente, “como nuestra integración intercultural en el contexto de una sola raza bolivariana”; en fin, en todo caso, se trata de que dejamos de existir como nosotros, esto es, como añuu, como gente del agua, pues, sencillamente ya no hay agua, los de arriba se encargaron de destruirla al exiliar a juyakai y a joutei, nuestros ancestrales padres; de envenenar nuestros ríos (eimakan) los maridos de la tierra; en fin, de desaparecer no sólo los elementos que materialmente nos dieron milenariamente la vida, sino que simbólicamente nos conformaban como un solo y único  espíritu, indivisible y eterno.

Tal vez a estas alturas y en medio de nuestro desmadre, los añuu no tengamos oportunidad de regresar a nuestro corazón; no lo sabemos. Sin embargo, los muy pocos que quedamos en conciencia de ese, nuestro corazón perdido, estamos obligados a dar nuestra última batalla para lograr la recuperación de nuestro corazón para nuestros descendientes. De seguro, otros pueblos están hoy en mejores condiciones de lograr esa vuelta al corazón que, sabemos, es el único camino posible para reconstruir el nosotros de todos los que en Abya yala hemos vivido, sobrevivido y r-existido una y otra vez y, por ello, de seguro, como el caimán, tendrán la fuerza para regresar con su dura piel y firme corazón a la lucha.

Pero, en todo caso, de lo que sí estamos convencidos es que nuestro camino, el de los de abajo, nada tiene que ver con el control del poder del Estado y/o su gobierno; mucho menos, con la administración de los recursos provenientes de la explotación de nuestra madre tierra,♠ pues, sabemos, todo ello responde a una lógica establecida por el dominio y pensamiento colonial como “único” o “natural” camino a ser obligadamente a ser aceptado y transitado por todos.  

Así, la rebelión que proponemos comienza por la necesidad de recuperar nuestro propio corazón, lo que no es otra cosa que recobrar nuestro sentipensar con la tierra. Esto supone, desechar cualquier ilusión de riqueza basada en la explotación de los hasta ahora llamados “recursos naturales” y entender que, de lo que se trata, es que cada pueblo o comunidad pueda ser capaz de generar su sustento material y ordenar sus vidas en una relación de respeto con su espacio territorial.

Pero además, rescatar nuestro sentipensar con la tierra supone la necesidad de construir una alianza desde abajo por los de abajo, esto es: indígenas, campesinos, comunidades negras, culturas locales, pobres de las ciudades, en fin, de todos aquellos y aquellas ajenos al poder de los Estados-gobiernos, su política y su economía. Con ello no nos referimos a la construcción de una única organización con aspiraciones de poder, sino a la necesidad de un permanente intercambio de experiencias organizativas autónomas en la construcción de cada una de las autonomías.

¿Cómo lograr esto? La verdad, no sabríamos cómo responder a esta pregunta, pues, certeramente no lo sabemos. Pero, lo que sí sabemos es que solos no podemos; por lo menos, nosotros: añuu, wayuu, barí y yukpas de la cuenca del Lago de Maracaibo, no podemos. Sabemos que la restitución de nuestras economías propias ya no depende sólo de nosotros, sino de una necesaria alianza con los campesinos pobres de nuestra región y del país; pero también de otros grupos locales y también de los pobres de las ciudades quienes, a fin de cuentas, tienen su sentipensar originario sembrado en los campos de todos nuestros países.

Sabemos que recuperar nuestro corazón o nuestro sentipensar con la tierra no es, en modo alguno, una pieza de un solo acto; por el contrario, estamos seguros de que ello implica un proceso de sanación de todas las heridas que la colonialidad del poder y, sobre todo, del saber, ha provocado en nuestro espíritu; por ello, le estamos apostando a la formación de nuestros más pequeños hijos e hijas, nuestros hermanitos menores, con quienes hemos iniciado la enseñanza/re-aprendizaje del horizonte ético creado por nuestros anteriores como la mano que nos hace ser lo que somos: miembros de la comunidad humana emparejada con las otras comunidades de seres que en el mundo están presentes a través de un hacer que es siempre complementario y compartido; es decir, sabemos que nuestro horizonte está en nuestro pasado.          

Finalmente, sabemos que a la par de enseñar/aprender estamos obligados a actuar; sobre todo, porque terriblemente igual sabemos que el tiempo se acorta, pues, la tormenta ya está cerca. No sabemos si contaremos con el tiempo suficiente como para levantar el espíritu de todos; no sabemos si aún nuestros hermanos logren escuchar la voz de los ancestros, pues, muchas son las voces que “pagadas” o no, se hacen oír y suenan fuerte, y si no logran acallarnos por lo menos logran confundir.

Pero sabemos que así es la lucha, porque ciertamente toda lucha verdadera nunca es fácil de librar; por ello, estamos convencidos de que no hay otro camino para los de abajo, sino dar esa batalla, aliados y emparejados, autónomamente dispuestos a construir una nuestra casa aparte.

Bibliografía

BORÓN, Atilio: América Latina en la geopolítica del Imperialismo. Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Caracas, 2013.

ESCOBAR, Arturo: Sentipensar con la tierra. Nuevas lecturas sobre desarrollo, territorio y diferencia. Ediciones Unaula. Colección Pensamiento vivo. Colombia, 2014.

GARCÍA ALVAREZ, Santiago y otros: Balance crítico del gobierno de Rafael Correa.      Universidad Central del Ecuador. Quito, 2014.

LENKERSDORF, Carlos: Cosmovisiones. Conceptos. Universidad Nacional Autónoma de México. Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades. Coordinación de Humanidades. México, 1998.

MASSEY, Doreen: Hacia una nueva geometría del poder. Ediciones de “El perro y la rana”. Caracas, 2008.

MONTHLY REVIEW: The Pentagon and Climate Change. Vol.  56- Nº 1. May 2004.

PORTO-GONÇALVES, Carlos Walter: Territorialidades y lucha por el territorio en América Latina. Geografía de los movimientos sociales en América Latina. Unidad de estudios de Culturas Indígenas. Universidad del Zulia. Ediciones del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). Caracas, 2009.  

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