viernes, 28 de junio de 2013

Lugares comunes y prejuicios sobre el anarquismo

José María Fernández Paniagua

[Resumen de texto publicado en Tierra y Libertad, # 206, sept. 2005]

Comentaré a continuación algunas opiniones claramente ligeras y esquemáticas hechas por personas corrientes, creo que sin demasiado ánimo de desprestigiar pero con todos los prejuicios que se quiera, y que pueden corresponder a gran parte de las nuevas generaciones. Pienso que, lejos de acusar o despreciar lo que sólo conduce a la marginalidad, merece la pena seguir combatiendo los numerosos prejuicios que existen sobre el anarquismo; si una de las premisas fundamentales del mismo es el culto al conocimiento y cómo conduciría a la autoconsciencia y a la emancipación, es nuestra obligación ser coherentes y establecer una dinámica de aprendizaje mutuo con todos y cada uno de los seres humanos. De esta manera, con un conocimiento sólido de la materia que nos ocupe y con el añadido de nuestras continuas experiencias personales, es imposible mantenerse inmóviles en opiniones que pronto quedarán atrás.

Hace poco, en un chat con Irene Lozano, alguien le preguntó qué opinaba sobre el anarquismo, "una ideología que resultaba ridícula hoy día" (sic). Especialmente triste resulta el comentario y difícil es encontrar el lugar por dónde empezar a refutarlo. Diré que existe un indudable triunfo moral -que se va reafirmando a medida que avanza la sociedad- para el anarquismo y los anarquistas y son los que han demostrado mayor justeza en sus juicios y acciones. Su búsqueda de la libertad, de la justicia y del conocimiento, profundizando y superando el dogma y los convencionalismos hace que, al menos, merezcan respeto a la hora de establecer un juicio serio.


Otro comentario muy extendido es el de que "el anarquismo es un ideal bello pero resulta una utopía". El argumento no da lugar a una conversación demasiado seria; históricamente, no hay un solo anarquismo y, así, se puede opinar e incluso tener una bonita discusión científica o económica sobre que, por ejemplo, una concreción anarquista como es el colectivismo bakuniniano resulta irrealizable -que es el significado que se le quiere dar a la palabra utopía la mayor parte de las veces- o anacrónica pero hablar, así en general, sobre si una sociedad sin Estado es posible, y que tenga continuidad en el tiempo, requiere una preparación que nos sobrepasa. Las sociedades sin Estado han existido durante gran parte de la historia de la humanidad, pero la cuestión estriba en la construcción de una sociedad donde no exista una clase dirigente y con el mínimo de delegación, una sociedad libertaria con todo lo que conlleva la tradición ácrata -aquí, el cientificismo y heterodoxia del anarquismo resultan de vital importancia- sujeta a una constante evolución, a nuevas respuestas que da la misma experiencia -otro punto de vista importantísimo en el anarquismo por su negación de una teoría cerrada dejando campo libre para lo empírico-.

¿Resulta esto una utopía? Está claro que no es esa la cuestión sino el grado de dificultad que suponga su construcción y no creo que nadie afirme que resulte sencillo incluso ante un supuesto vacío de Estado. No se trata sólo de lamentarse por las circunstancias actuales y los numerosos enemigos que tiene el anarquismo sino, también, tratar de confirmar que la forma de ser más libres y más felices, de asentar la base de la sociedad libertaria, es combatiendo las instituciones y superestructuras con sus diferentes formas de dominación, además de huir, a nivel personal, del tutelaje, buscando el máximo de autonomía y aceptando que esa capacidad de progreso es posible en cada persona, sean cuales fueren sus circunstancias. Esto deben ser más que palabras bonitas y quizá pueda calar algo en todas esas personas prejuiciosas con el anarquismo que lo niegan como algo ridículo o irrealizable. Si tratamos de no verlo como una ideología o una doctrina y más como una filosofía o una moral, con su praxis cotidiana, el campo puede estar abonado para una sociedad mejor.

Anarquismo: ¿superado por la historia y ajeno a ella?

"Anacrónico", es otra palabra atribuida con frecuencia al ideal ácrata y, sin embargo, no puede estar, en mi opinión, más cargado de futuro; su búsqueda de justicia social y conciliación con la máxima libertad individual no tiene parangón con ninguna otra forma de organización social. Lo bueno que tiene la democracia liberal -entendiendo esta palabra como una actitud de libertad y tolerancia en las relaciones humanas y dejando a un lado el sistema económico del que hablaré más adelante- ya lo propugnó el anarquismo décadas antes de que los elementos reaccionarios fueran cediendo lentamente ante el progreso. ¿Dónde reside, pues, la extemporaneidad del anarquismo? La explicación más sencilla puede estar en ese razonamiento, al que se llega vía pensamiento único, de "el fin de la historia y de las ideologías"; es decir, no hay otra respuesta a la cuestión social o económica, vivimos en el mejor de los mundos posibles. Afortunadamente, el tiempo actúa como un perfecto erosionador de la estulticia y quiero percibir ya un soplo de aire fresco para estos nuevos dogmas que produce la adoración al llamado mercado libre.

El anarcosindicalismo puede ser objeto también de este juicio negativo al considerarse el proletariado un concepto difuso actualmente. Discutible es esto, por supuesto, pero de nuevo tomamos una parte por el todo. La sindical es otra forma más de emancipación que traslada las herramientas de lucha del anarquismo -plena autonomía, asambleísmo, acción directa...- a la organización obrera y cuyo afán revolucionario es incuestionable sobre el papel pero que, en la práctica, ha dado lugar a conflictos y polémicas a los que no ha sido ajena la historia. Se puede confiar hoy en la fuerza o viabilidad de la opción anarcosindicalista, pero contemplo el anarquismo como liberador de una manera más amplia superando la visión histórica de que una clase social concreta será la protagonista de la deseada revolución. No obstante, resultan indudables la precariedad laboral y la indefensión del trabajador frente al sistema capitalista, por lo que resulta primordial la labor de un sindicato combativo y transformador.

Otro lugar común en las opiniones populares sobre anarquismo es considerarlo algo similar a otras ideologías "radicales" como el comunismo, confirmado en muchas ocasiones por movimientos sociales que utilizan con alegría una iconografía perfectamente intercambiable a gusto del consumidor. Hay que decir que los anarquistas ya denunciaron y combatieron los regímenes totalitarios mucho antes de su caída definitiva; si la acción libertaria es la lucha contra el poder y su meta la destrucción definitiva del Estado, con mayor motivo abominará de sistemas donde se confía en un poder totalizador magnánimo, por mucho que asegurara Marx que la perfección del Estado haría innecesaria su existencia. La historia está ahí, y es para pensar en el germen autoritario que puede llevar en su seno la doctrina marxista y en el despotismo al que conduce su concreción política, cosa que ya vislumbró Bakunin en la I Internacional dando lugar a la corriente antiautoritaria del socialismo. Resulta imposible confundir ideas que son antitéticas y si algunos pensadores han hablado de un "marxismo libertario" es, quizá, por apertura y acercamiento desde una doctrina cerrada al anarquismo que siempre tendió al análisis y a hacerse preguntas antes que a dar respuestas definitivas. Hoy en día, insisto, el anarquismo posee un indiscutible -aunque resulte difuso y pocos lo acepten- triunfo moral al haber colocado la libertad como valor primordial y puede mirar con orgullo hacia adelante.


Una gran preocupación en las personas es la de una propuesta sólida y moderna de economía que garantice el bienestar -las propuestas históricas libertarias pueden resultar un estupendo referente pero sería bueno estudiar las complejidades de la actual globalización capitalista para combatirla en profundidad, cosa que también realizaron los grandes pensadores libertarios en su momento-. Esto constituye, quizás, una gran asignatura pendiente para convencer de que es posible una alternativa liberadora frente a un sistema que, entre sus grandes capacidades, además de mantener las relaciones de poder, está la inculcación de que no es posible cuestionar al capitalismo desigualitario, depredador, alienante, capaz de fabricar mentes sumisas al tener muchos más recursos y lugares que los tradicionales de la iglesia y la taberna; gracias, en gran medida, a una revolución tecnológica que, lejos de desestimarla como alienadora como manifiestan algunos, debe ser puesta al servicio de las premisas libertarias.

La caricatura o el desprestigio se han volcado en la tesis y el prurito anarquistas pero hay que tratar de superar esta actitud de lamentación constante, siempre apoyada en las perversidades del sistema y de tantas personas, en otra forma de aceptar una derrota que puede que, técnicamente, se haya dado en la historia pero inasumible a efectos morales. El anarquismo, para seguir resultando coherente consigo mismo, debe mirar hacia delante y someterse a una renovación constante en su armazón teórico. Yo pediría que, si bien la tradición ácrata es de una riqueza incuestionable a la que se puede acudir por muchos motivos, tratáramos de ser críticos con la visión anarquista clásica debido, no a su anacronismo, sino a la necesidad de nuevos análisis y respuestas. El estudio y la divulgación histórica son fundamentales pero hay que eludir el peligro de que ello suponga un obstáculo para el progreso dentro de la heterodoxia del anarquismo.

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