martes, 25 de junio de 2013

Debate: A propósito de la agresión a la UCV: Callarse es un modo de mentir

 Jerónimo Alayón Gómez

Los tiranos odian a las universidades, salvo cuando se les arrodillan.

Ocurrió en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, un ahora lejano 12 de octubre de 1936. Algo que podría tomarse como el símbolo del enfrentamiento entre la barbarie y la academia. El General de la Legión Española José Millán-Astray se había robado el derecho de palabra y no fue poca cosa lo que dijo: gritó “¡Viva la muerte, abajo la inteligencia!”, pero además a quien le había usurpado el derecho de palabra era don Miguel de Unamuno, quien había empezado con aquello de “Quedarse callado equivale a mentir”.

Unamuno terminó su intervención con uno de los mejores discursos improvisados en la historia de la oratoria académica y política: “Éste es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

El miércoles 19 de junio de 2013 escuchamos una vez más el grito de la barbarie en la Universidad Central de Venezuela. Bien ha acertado Rayma al reinterpretar El grito, de Edvard Munch, con el reloj de Villanueva y Otaola al fondo. Los bárbaros de hoy no se conforman, como Millán-Astray, con gritar. Cumplen su grito. Matan y matan de un modo peor, porque matan el arte, el saber, la memoria cultural que se nutre de los valores civilizatorios.

Los bárbaros que incendiaron el Rectorado de la Universidad Central de Venezuela, además de dañar el edificio, infligieron seriamente el mural de Oswaldo Vigas Un elemento-personaje vertical en evolución horizontal (1954), que forma parte del Patrimonio Mundial que es la Ciudad Universitaria de Caracas. Y uno recuerda a Unamuno atizando el verbo para no mentir con su silencio de aquiescencia.

No hay modo de vencer si no es convenciendo. Unamuno hablaba de esa erótica verbal que es la persuasión, de ese modo sutil de violencia con que los griegos sustituyeron la violencia ostensible del grito. Persuadir es, además, una erótica del pensamiento. Por eso los tiranos odian la universidad, porque ellos sólo saben gritar: son heraldos de un silencio amordazado con palabras traicionadas.
Cuando se haga la historia de esta salvaje imposición de un pensamiento único se dirá, como Emilio Lledó dice hoy de la España franquista, que fue un tiempo gris.

La historia no perdona.
No importa cuán bonito hablen los autócratas y sus fantoches en la universidad. La historia es un rastrillo que limpia de disfraces el discurso efectista de los funestos. Quienes intentan acallar a la universidad olvidan aquello de George Steiner sobre el silencio impuesto: sería un silencio “desesperado por el recuerdo de la palabra”, y la universidad es el hogar natural de la palabra universal, crítica e insumisa.

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