Osvaldo Baigorria
El amor que aquí se llama libre es aquel que cuestiona toda doble moral, hipocresía o cinismo. Como dice René Chaughi en “El matrimonio es inmoral”: si dos personas desean unirse ante un dios, nada hay que criticar. Todo lo contrario: el problema es el carácter hipócrita de quienes aceptan someterse al rito religioso sin haber pisado una iglesia desde la primera comunión. La mentira pertenece, en esta concepción, al campo del enemigo. El militante anarco-erótico sería, ante todo, un moralista.
Durante mucho tiempo, amor libre fue sinónimo de unión libre: una relación no sujeta a leyes civiles ni religiosas. En épocas en las que el matrimonio era indisoluble y el divorcio un horizonte polémico, la libertad de dos personas de unirse con prescindencia de la ley y de separarse “cuando el amor llegue a su fin” era motivo de escándalo pero no contenía necesariamente la posterior idea de liberación sexual. Además, era por lo general una definición de vínculo entre un varón y una mujer, no entre dos o más mujeres ni entre dos o más varones. Esa propuesta hoy puede ser vista como una demanda que cuestionaba al matrimonio jurídico y a la moral del siglo XIX pero que, de algún modo, quedaría obsoleta durante la segunda mitad del XX.
No obstante, el amor plural, la camaradería amorosa o el “maridaje comunal” son relatos y prácticas que los anarquistas que más pensaron sobre el tema ya manejaban hace casi 150 años como formas de relación en las cuales la expresión “amor libre” significa literalmente aquello que hoy sugiere a nuestros oídos. Los militantes que defendieron esos modelos intentaron resolver acaso la cuestión más delicada que puede plantearse entre dos que se aman: qué hacer cuando aparece el deseo por otros u otras.
El amor que aquí se llama libre es aquel que cuestiona toda doble moral, hipocresía o cinismo. Como dice René Chaughi en “El matrimonio es inmoral”: si dos personas desean unirse ante un dios, nada hay que criticar. Todo lo contrario: el problema es el carácter hipócrita de quienes aceptan someterse al rito religioso sin haber pisado una iglesia desde la primera comunión. La mentira pertenece, en esta concepción, al campo del enemigo. El militante anarco-erótico sería, ante todo, un moralista.
Durante mucho tiempo, amor libre fue sinónimo de unión libre: una relación no sujeta a leyes civiles ni religiosas. En épocas en las que el matrimonio era indisoluble y el divorcio un horizonte polémico, la libertad de dos personas de unirse con prescindencia de la ley y de separarse “cuando el amor llegue a su fin” era motivo de escándalo pero no contenía necesariamente la posterior idea de liberación sexual. Además, era por lo general una definición de vínculo entre un varón y una mujer, no entre dos o más mujeres ni entre dos o más varones. Esa propuesta hoy puede ser vista como una demanda que cuestionaba al matrimonio jurídico y a la moral del siglo XIX pero que, de algún modo, quedaría obsoleta durante la segunda mitad del XX.
No obstante, el amor plural, la camaradería amorosa o el “maridaje comunal” son relatos y prácticas que los anarquistas que más pensaron sobre el tema ya manejaban hace casi 150 años como formas de relación en las cuales la expresión “amor libre” significa literalmente aquello que hoy sugiere a nuestros oídos. Los militantes que defendieron esos modelos intentaron resolver acaso la cuestión más delicada que puede plantearse entre dos que se aman: qué hacer cuando aparece el deseo por otros u otras.
