Álvaro Girón
Hace más de una década comenzaba a dar los primeros pasos en lo que
acabaría por convertirse en una larga indagación sobre Piotr Kropotkin. Por aquellas fechas, recién instalado en
Inglaterra para una estancia postdoctoral, uno tendía a pensar que pocos serían
los interesados en un teórico anarquista décadas después del colapso final del
breve renacimiento ácrata posterior al 1968. Parecía que solo quedarían –como
mucho– algunos rescoldos humeantes, convenientemente triturados en aquellos
tiempos en que la ortodoxia thatcheriana –modernizada con convenientes ropajes
blairistas– imperaba en la Gran Bretaña y más allá. Pues bien, pronto caí en la
cuenta de que en la isla donde él vivió durante más de 30 años de exilio –desde
1886 a
1917– nunca se le olvidó del todo.

